26 Agosto 2009
Sigo en Cerdenya. Ahora mismo en Alghero. Acabamos de volver de una de esas playas fabulosas de la isla, esta vez cerca de Oristano y todavia estoy llena de sal y sin cenar.
Tengo que escribir este post en los 10 minutos que tengo antes de que me toque el turno de ducha y podamos irnos a rellenar nuestros cuerpecillos de pizzas de lujo, de pastas marineras o de melanzzanes de todo tipo y condicion.
Olbia nos recibio con el paseo calle arriba y calle abajo de toda ciudad de veraneo y con un gran atasco de vuelta de la playa. Los tacones de las italianas no resisten cualquier empedrado, aunque su capacidad para moverse con ellos como si vinieran incorporados con sus piececillos al nacer, me ha dejado pasmada. Tanto como los modelazos de lentejuelas con unico fin de pasearse por la calle principal comiendo un gelatto para irse a la cama y sacar el cincel para despintarse la cara que llevan pintada como una puerta.
Las playas de los alrededores tienen aguas cristalinas, y yo en lugar de lentejuelas me he venido con aletas, gafas y tubo, asi que me estoy convirtiendo en un pececillo buceador a medida que incremento mi color. Es decir, por fin soy una "morena".
Las orillas de las playas, por màs que nos alejamos hacia el infinito por carreteras de montana y curvas, siempre tienen muchos italianos adormecidos debajo de sombrillas de colores y chiringuito. No falta en ninguna playa algo que beber, o algo que comer, aunque es cierto que no estan metidos en la misma arena.
El top less no se estila, pero en cuanto veo una persona con poca tela, me apunto a su pandilla con alegria que para eso este ano casi no tengo marcas.
Hemos cogido ferrys, visitado calas y una cueva impresionante (la grotta di Neptuno), hemos visto acantilados, montanas y cabos.
Nos recorremos la costa de playas infinitas e interminables. Aguas claras, unas veces mas verdes otras mas azules. De tierra adentro no vemos mucho, porque hace mucho calor.
El pececillo, fue perseguido por un tiburon unos cuantos metros. Al grito de "ves algo" tuve que contestar que peces, aunque le hice nadar unos cuantos metros al tiburon por mi sordera acuatica.
La isla està petada. Hay que meterse en el agua y ver la playa desde el horizonte. Justo al reves. Asi se aprecian, pinos, bosques y arenas blancas. Es una isla preciosa.
Pero ahora me tengo que ir a cenar. Es mi turno de ducha.
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19 Agosto 2009
Veo el mar al fondo que se confunde con el horizonte, palmeras frondosas acá donde canta el gallo y una taza de café en primera plana.
Me he traido el ordenador y un par de libros, por eso de abandonarme a la lectura y tener armamento necesario en caso de que me entren ganas de vomitar palabras al exterior.
Estoy en mi casa, agradable y espaciosa, con una azotea enorme en la que hago yoga a la puesta de sol mientras veo el sol que se mete tras las montañas y el cielo se queda rojizo. Al relax final ya llego viendo las estrellas y completamente comida por los mosquitos que vienen de los campos de naranjos de alrededor. Tengo todas las tardes un momento místico de comunión con la naturaleza que se ve interrumpido por abones como pelotas que empiezan a picar y que me hacen no fundirme con la esterilla y las estrellas en el relax final.
Porque a eso de las ocho de la tarde, la menda se sube por una escalera de caracol a la azotea con una esterilla de yoga y un loro con un CD de una clase completa de mi centro de yoga. Y es estupendo. Pero tantos viajes a Asia, no evitaron ayer que se me olvidara la vela de citronella para que esos insectos asesinos se dieran ese pedazo festín. Mi culo parecía haber pasado por una operación estética de infiltrado de silicona, para aparecer más redondo y lustroso, pero picaba sin parar lleno de abones redondos y rojos mientras algún mosquito se tomaba sal de frutas para evitar una indigestión.
Y es que esta vida de princesa en su torreón, que a veces se transforma en maruja cuando hay que limpiar las terrazas o ir a la compra, tiene esos pequeños inconvenientes de pequeños seres incontrolalbles, ora un gallo cantarín, otrora unos mosquitos asesinos, allá unos perros-patada ladradores, acullá unas palomas en fase de ligoteo ruidón. Y es que el campo tiene estos ruiditos que nada tienen que ver con los pitidos de borrachos que salen de las fiestas de Chueca, de cánticos regionales animados por el alcohol o de conversaciones de barrenderos aburridos sobre su vida.
Tengo a Liz Wright sonando, mientras una brisita fresca anuncia un día de playa espectacular. Son días de aguas transparentes en los que llevo tubo y gafas. Ayer un amigo cogió dos pulpos que luego soltó. Y el tiempo va lento y cunde. Y ya no puedo correr a ninguna parte, porque no tiene ningún sentido. No hay prisa, no hay tiempo, no hay nada importante que hacer. Y el ser humano se acopla a todo; unas veces corre sin parar y otras se recrea en su propia indolencia, en su lentitud más placentera.
Y hoy comeré fideuá al borde del mar. Y daré paseos sin rumbo. Y avanzaré en mi libro. Y respiraré despacio. Y me estiraré despacio.
Y saludaré al sol.
Embadurnada de eau de rélec.
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5 Agosto 2009
Nos gusta vivir en el centro. Madrid es protagonista en nuestras vidas. A la vez que se transforma y evoluciona, nosotros también lo hacemos, porque somos personas permeables que interactuamos con el medio. Siempre he pensado que mi barrio me ha ido transformando poco a poco; el diálogo con el frutero, el de la tienda de alimentación, los pescaderos castizos. El predominio de una realidad variopinta y versátil, voluble y caprichosa. El permanente cambio con el que el barrio se viste unas veces de lujo de Soho neoyorkino y otras de cutrerío cañí del más auténtico sabor a aceitunas y vermouth. Y casi todas sus facetas nos encantan. Aguantamos los desmadres de las fiestas de Chueca, cuando los fiesteros hacen sus necesidades en los portales. Escuchamos los comentarios de las vecinas de toda la vida, ya entraditas en años, sobre los descubrimientos escatológicos que realizan en sus escaleras, mientras compramos cuarto y mitad de tomates y llenamos el carrito de la compra.
Y nos hemos acostumbrado a soplar al oído a los ciegos los obstáculos mutantes que se van encontrando por la calle. Sin tocarles, que no les gusta. Porque el barrio también tiene un sinfín de andamiajes y excavaciones petrolíferas que se suceden, no sé si para dar trabajo a los obreros o a los sanitarios del servicio de traumatología, a juzgar como se colocan los pasos para peatones.
Pero todo esto lo entendemos. Sabemos que para que las cosas mejoren hay que invertir en ellas. Aunque se pueda hacer mejor, con más consideración hacia las abuelillas que se encuentran con obstáculos permanentes y con descarrilamientos de los carritos de la compra.
Lo que resulta complicado de entender, porque no le vemos ningún fin, aparte del posible renacimiento del "arte povera", es la acumulación de porquería en nuestro querido centro. Nuestro pequeño reducto de sabor madrileño, nuestro cogollito de libertad que, en cuanto se descuida, se convierte en libertinaje, en una pocilga de guarros que no pueden tener cariño a este asfalto de muchos años, a este escenario de vidas que siempre acoge a aquel que desea integrarse en su paisaje voluble, variable, caprichoso y sobre todo vivo.
Por eso, los que queremos al centro de Madrid, vamos a exigir cambios al Ayuntamiento. Pedirle que cuide la limpieza, la contaminación de todo tipo y sobre todo la educación de los ciudadanos y visitantes. Porque Madrid acoge a todos, pero quiere recibir con sus mejores galas, no como si tuviera el complejo de Diógenes. Para ello un amigo querido ha abierto un grupo en Facebook que se llama "Ciudadano Apestado", y en el que se pretenden subir fotos y comentarios sobre lo que cada uno vayamos detectando respecto a este tema en nuestro Madrid. Pretender ser un altavoz único y organizado. Así que estáis todos invitados a colaborar.
Muchas gracias
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3 Agosto 2009
Fue flechazo a primera vista. Desde el momento que la vi entrar, supe que seríamos amigas. Se movía con swing y sus ojos traslucían su espíritu alegre desde el minuto uno.
Nos pusimos a hablar, quería saber mi nivel de inglés y terminé dándole la dirección de mi escuela de danza.
En un entorno de números, stress y obligaciones, irrumpió como una brisa fresca de buen rollo, de un alma limpia e inquieta. Nos vimos sin accesorios inmediatamente. Reconocimos a una igual a pesar de ser de distinta raza y nacionalidad. Porque nos une algo universal. La libertad de la valentía, de hacer las cosas sacándolas jugo pero sin quemar la tierra, ni matar las plantas, ni contaminar las aguas con nuestras miserias.
Y hablamos de música y tradujimos canciones de Amy Winehouse, antes de que yo la conociera, la ayudé en su periplo de compañeros de piso asesinos o ladrones y hablamos de hombres y de paranoias. Nos reímos de nosotras mismas hasta el infinito disimulando cuando alguien se asomaba por la puerta de cristal de mi despacho. Repasamos absolutamente todo; nuestra común afición a la escritura, a la lectura y nuestra visión de la vida. Conoció mis desastres amorosos y los destripamos sin un Cosmopolitan en la mano, por eso de estar en la oficina. Nos reímos de nuestra hipocondría con el sexo, de nuestra necesidad de plastificar a hombres que salen rana como si estuvieran envasados al vacío para no tener paranoias. Y casi me tronzo el día que se cayó al suelo después de darse cuenta de que al intentar ligar con un español le había ofrecido una mamada al intentar traducir "french kiss" con una intención mucho más inocente. Claro, que mi mirada de estupefacción no hizo más que crecer el día que ese mismo sujeto la abandonó después de explicarle que un gurú de la India le había aconsejado la abstinencia.
Porque si no fuera por ella y por esas conversaciones sobre los hombres de allende los mares y los de aquí, que nos hacen quitarle hierro a nuestras desventuras quijotescas, nada sería lo mismo. Ahora andamos intentado encontrar una explicación al grado de desconcierto en el que halla sumido nuestro producto nacional. Intentamos entender el porqué se hallan paralizados a mitad de camino, sin saber a dónde ir, sin saber cómo comportarse y dejándose vagar por un mar cálido de amigos que regalan sus oídos y madres que alimentan sus estómagos. Ayer, mi querida Skyller, entabló una conversación con una francesa de 60 años casada con un español. Fue radical. Le dijo que los españoles no saben cómo ser independientes, que necesitan siempre dirección, que alguien les diga lo que tienen que hacer.
Me niego a pensar que esto es así, aunque sospecho que algo puede haber de cierto. Las madres protectoras que les han hecho el rey de la casa y los grupos de amigotes, han protegido a aquellos sin las suficientes agallas para querer crecer e inventarse como individuos.
Mientras, Skyller y yo bailamos música negra y nos vamos de conciertos. Yo me voy acercando cada fin de semana a su color, con cada rayo de sol del Mediterráneo. Y juntas planeamos un fin de semana en NYC donde seremos las nuevas protagonistas de "Sex & City", con o sin "Cosmopolitans".
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28 Julio 2009
Julio es un mes de conciertos, de movimiento, de mucho trabajo. Un mes de fines de semana en la playa y de domingos de "todo incluido"; paddle mañanero, playa, comida en la terraza de mi ático viendo el mar, tren a Madrid y fin de fiesta con algún concierto estival.
El pasado domingo fue Gilberto Gil. A un mensaje encargando cervecita y sandwich para amenizar la velada, mis queridos amigos me recibieron con un asiento en tercera fila con las viandas preparadas y un espirítu de buen rollo ya instalado en sus cuerpecillos. Porque Gilberto fue todo buen rollo, pero éste cala más o menos en función de la atracción que encuentre en el polo opuesto de los que están enfrente, en esas sillas de plástico en las que han convertido el patio de butacas aterciopelado de los teatros, en esas gradas empinadas cuyas tablas suenan con los bailes y la reclamación de los bises. Y entre nosotros Gilberto, con su cuerpecillo delgado de junco mecido por el viento, sus bailes arrítmicos y simpáticos, caló rápido con su buen humor. Nos habló, nos cantó, nos bailó, aunque no hablara tan bien español ni bailara como Madonna.
A ella fui a verla el jueves, con su parafernalia, su montaje alucinante, sus bailarines mágicos y sus audiovisuales fantásticos. Todo estudiado, todo programado, todo producido por una maga inteligente que sabe sacar siempre lo mejor de cada momento, de cada milisegundo de su vida que pudiera ser octogenaria si fuera por acumulación de lo vivido. Pero no hubo lugar a la química, ni a la simpatía, ni a la humildad. Madonna es una diva y eso es lo que hay. Ni lugar para un bis, ni saludar a los aplausos. Aplausos bastante más templados de lo que cabía esperar, en cualquier caso, o eso me pareció. El Vicente Calderón no estaba lleno, las vacaciones, la crisis y el precio de una entrada cuyo precio mínimo eran 100 euros y que imagino dará derecho a bajarse toda su discografía. Ella potente, con un físico fuerte imprescindible para aguantar esas exigencias, impresionante para su edad y en términos absolutos, provocaba y reinventaba algunos de sus temas clásicos. Muchos empeorándolos, al menos para mí, pero Madonna está en el presente y en el futuro, el pasado le interesa poco o nada. Pero quizá debiera empezar a aprender de Gilberto y de otros viejos músicos, clásicos y simpáticos, comunicativos, y dejar su frialdad que le va a requerir bailes imposibles cuando pase de década, porque se está metiendo en un lío imposible de ejercicios, dietas y provocación cuando solo queremos que nos hable. Y hablar es más duradero que un buen cuadriceps, por fuerte que sea.
Y entre concierto y concierto, mi desconcierto con los hombres no hace más que crecer. Reencuentros ilusionados, que pronto fueron desilusionados, personas que pasan de no saber qué quieren a no reconocer que tienen miedo a vivir. Que se instalan en lo vulgar porque es más fácil, porque lo valioso siempre cuesta más. También sabe más. Pero hay gente que prefiere ubicarse en lo insípido y pensar que no sabe lo que quiere. Como si fuera a tener una revelación por arte de magia. Uno se hace eligiendo. Uno elige como es y como no quiere ser. Y lo que no le gusta intenta cambiarlo. Con humildad y valentía. Reconociéndose en los errores y las debilidades. Decidiendo como quiere ser y como quiere estar. Y esforzándose aunque cueste. Y ante los bloqueos y el desánimo, 60 euros la sesión y no complicar a nadie. Y no ilusionar a nadie con milongas.
¿Se podrá elegir ser lesbiana?
servido por Honey
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20 Julio 2009
El miércoles lo corroboré en un concierto de esos que los veranos de la villa te regalan cada año. El homenaje a Nina Simone se convirtió en un derroche de voces y fuerza racial. No las conocía, pero unos amigos de los que me fio y otra negra maravillosa me lo habían recomendado.
Y allí me planté después de salir de trabajar, todavía con la cabeza llena de números y un agotamiento de esos que produce la regla cuando te exprime como una naranja.
Liz Wright es terciopelo, una caricia que huele a sándalo y a rescoldo de chimenea. Una voz profunda, en la que la frivolidad y los agudos desentonarían como unas tachuelas en su vestuario de diosa griega. Una diosa de ébano, nada de rubia descafeinada. Café muy cargado y aromático. Me relajo y me dejo llevar. Su música me hidrata y parece que hasta recupero líquidos. Ya me encuentro mejor.
Liz fue la primera que cantó, la primera que presentó un maestro de ceremonias con ese look simpático de blanco del jazz entrado en años. Un vejestorio entrañable que llevaba una camisa estampada en rojo, como africana y que hacía las veces de director de circo. Aunque aquí había solo leonas. Unas leonas poderosísimas.
Cuando la hija de Nina salió a cantar, metió un poco de gracia y simpatía. Canciones más conocidas y un cuerpazo que se movía con estilo y ritmo. Actuación alimenticia pero no delicatessen como la de Liz.
Y de pronto llegó Africa, con Angelique Kidjo bailando con esos saltitos contagiosos que te hacen desear saltar a la pista de baile y quitarte los zapatos; ponerte un turbante en la cabeza de muchos colores y sentir tus curvas más allá de los límites de una ropa lo suficientemente ceñida como para sentir las costuras de la tela.
Y en plena fiesta africana apareció Dianne Reeves, como una especie de tarzana de otro mundo, de ese del que saca su voz poderosa. Una caja torácica con resonancias tan sofisticadas y potentes como esas que manejan las nuevas tecnologías con sus amplificadores, sintetizadores y "cablerío". Pero ella con abrir la boca se basta. Ni más ni menos. De esas que al susurrar te levantan las pestañas como de un golpe de viento. Qué poderío, Dianne!.
Y tras varias actuaciones alternándose el final es conjunto. Los abuelitos de Nueva Orleans, musicazos que tocaron con Nina, defensora de los derechos de los negros, cantante, compositora y dueña de canciones fabulosas, junto con las cuatro panteras negras. Cuentan historias de mujeres, historias personales de desgracias, agravios e injusticias y entonan su blues en homenaje a las víctimas como bandera de lucha. De lucha por los derechos de los negros y de las mujeres. Y por eso yo me uno.
Porque hoy me siento más negra que nunca.
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8 Julio 2009
He venido flotando a casa. El taxista colombiano que me ha traido no ha existido, mientras hablaba y hablaba yo seguía en una nube de algodón de azúcar, etérea y frágil. Una nube de una sustancia espumosa, capaz de mantener tu cuerpo en estado de flotación, ingrávido como en un viaje a la luna.
Porque a la luna fuimos y volvimos, en una especie de sueño, a veces agudo y otras acompañado por un coro de mil voces mucho más densas y graves. Muchas voces que, en realidad, eran una; la de un Anthony que abarca todo el espacio con su 1,90 de voz. Con su corpulencia de pivot en el que retumba la sensibilidad de un poeta romántico, lleno de paisajes y seres pobladores de un mundo onírico lleno de hadas, faunos y seres extraños venidos del más allá.
Ni siquiera había escuchado su segundo disco, el primero lo machaqué hasta la extenuación, pero si te engancha una vez, lo hace para siempre, con su suavidad, sus lamentos que llegan al alma y su música que se siente en el vientre, allí donde dan ganas de reir o llorar cuando de verdad se hace con ganas.
Quise matar a cuantos entraban y salían sin parar en el circo Price. Estar al lado de una de las salidas, tuvo su precio. Despistados y tardíos buscaban sillas entre la pista del circo, en una configuración simpática pero poco práctica cuando se requiere silencio. Y yo quería silencio, sentirme arropada por su voz y por el atisbo de su alma, arrullada y abandonada a las melodías.
Al principio del concierto, una especie de danza extraña realizada por una anoréxica con coleta gigante embaduranda por un maquillaje corporal dorado, me dejó un poco descolocada, con esa sensación de no saber si abuchear por la parida o empezar a introducirme en la ensoñación personal de esta particular persona.
Qué dificil le ha tenido que resultar encontrar su camino. Tan especial, tan femenino, metido en un cuerpo gigante de imposible camuflaje. Imagino que la música y su mundo especial, debieron resultar un refugio precioso donde esconderse en las épocas de encuentro con uno mismo. Y todo esto me lo imagino yo, que también creo ser sensible y con mi casi 1,80 también me resulta, a ratos, dificil ser femenina. Y si no que se lo digan a mi profesor de baile. Entre todo ésto no puedo evitar que me recuerde a Falete.
De teloneros tuvimos un regalito; Russian Red, aunque yo creía que era más morena. Me gustaron. No desentonaba con la onda posterior. Resultaba un buen amansafieras para llegar al recogimiento final. Porque ya se sabe, nosotros las fieras, antes de semejante alimento para el alma, nos hemos puesto hasta las cejas de cerveza - con el circo convertido en una especie de café bar- de bocatas de lomo y de pinchos de tortilla.
Y aun asi sigo flotando en una nube con Anthony (& the Johnsons, off course!).
servido por Honey
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2 Julio 2009
Escribo ahora mismo, reencontrada con un catarro de verano de los que hace mucho no me cogía, sobre reencuentros y despedidas.
Volvió mi Maitexu, en una visita express muy bien aprovechada. Dice que mi casa le da paz y creo que debe ser porque apenas dejo que la pise, envuelta en una vorágine de planes y paseos madrileños. Tuvimos una velada especial, con la aparición de Calamarita en la pantalla de mi portero automático. Intentamos arreglar el mundo. Y si alguien lo hizo fue ella, la pipiola rajaba y rajaba mientras las senior nos la comíamos con los ojos mientras comíamos un trozo de pizza. Velada especial que a punto estuvimos de prolongar hasta el infinito a pesar de tener un fiestón en unas terrazas en una azotea de la calle Arenal. Más madrileño imposible. Con el reloj de la Puerta del Sol asomando, iban pasando un sin fin de representaciones de tatuajes (amor de madre, Gun's & Roses, Love& Heat, Antonio...) en una de estas fiestas geniales y estrambóticas llena de gente libre.
El jueves el reencuentro había sido en la Fiesta Coctelera, con mi Nick, mi Gonci, mis queridas Lucía y María y algunas nuevas adquisiciones, Marilia, Ryu, el amigo guapo de María cuyo blog no recuerdo, Blat y otros cuyos blogs no leo, porque últimamente estoy muy dejada en esto de leer. Me encanta verlos. Me llenan de energía. Me hacen ubicarme con perspectiva y ver lo que tengo en común con gente con la que aparentemente no me une nada. Y pensando y pensando, creo que lo que tenemos en común es la fantasía. Sí, esa especie de búsqueda infantil y esencial sobre la vida. Ese intento de mostrarnos y comunicarnos con nuestros semejantes. Porque va a ser que nuestros semejantes nos interesan. Un ego un poco quebradizo o muy solvente, que en función del viento que tome la vida se infla o desinfla buscando aliento.
Así que ante el rumor de la muerte de Michael Jackson se originó un revuelo buscando confirmación. Confirmación que no tuve hasta el día siguiente. Y lloré a otro personaje infantil buscando fantasía. Me acordé de mi colección de Superpops llenos de fotos y de las coreos que me sabía de sus vídeos. Siempre pensé que era un poco friki - eran los 80 y no había negros en España, porque Michael todavía lo era, además yo iba a un colegio muy pijo - y ahora me he dado cuenta de que supe apreciar la genialidad. Qué penita. Hoy me ha escrito una amiga de la infancia, que se ha estado acordando de mí a cuenta de lo superfan que yo era. Así que Michael está siendo estos días un reencuentro y una despedida al mismo tiempo.
El domingo estuve en Paris, y en Trocadero no había más que Michaels bailando Billy Jean con la Torre Eiffel al fondo. Tengo unos cuantos videos que no pude dejar de grabar. Paris, otro reencuentro.
Paris me dio cuatro meses de belleza y frialdad, de paseos y escapadas agresivas. Me dio noches de bengalas en el Pont des Arts y dias enteros absorbida por las maravillas del Louvre. Me dio amigos italianos bohemios y me permitió conocer al senegalés más elegante de la Defénse. Esta vez Paris me devolvió a Yumi. Una nota en la recepción del hotel, me avisaba de una cena a las 20.00 en el Café Marly, un restaurante que está en el Louvre. Allí nos reencontramos ella, Cristina- una italiana que conocimos también en la misma época- y yo. No paraba de mirarme y reirse. Sé que me vio hiperactiva, porque soy así y no paraba de hablar. Mezcla de inglés y francés, porque yo hacía siglos que no hablaba francés y Cristina siglos que no hablaba inglés. Así que hicimos una mezcla curiosa, un esperanto de andar por casa que de vez en cuanto metía una palabra española como "merengue" que inmediatamente entendía la italiana.
Paseamos, nos contamos nuestras vidas y llegamos al Pont des Arts, mi lugar favorito, uno de los más románticos de Paris. Demasiada gente piensa lo mismo que yo, por eso estaba lleno de jóvenes con guitarras, parejas dándose el lote y botellones elegantes. Yumi, vive cerca de Shinjuku, trabaja en un banco y está requetesoltera. Totalmente compatible conmigo y mi vida. Quedamos en que yo tengo que volver a Tokio y ella a Madrid o la casa de la playa. La pregunté si sigue viajando con una minimochila y me dijo que sí, que lleva muy poco equipaje. A ver si me da unas clasecitas. Le dije que había escrito sobre ella en mi blog y sobre como nos conocimos una vez fue capaz de salir de la ducha compartida con turbante y todo, tras una hora de afeites. Se reia sin parar. Me dice que parezco más energética todavía que antes, que ya es decir.
Y así transcurrió una velada de reencuentros con una ciudad de ensueño que estaba contenta y veraniega, con un moonwalk masivo en Trocadero y con mi querida Yumi, mi japonesa del turbante en la cabeza y la maleta pequeña.
Al día siguiente, tras una noche de pelea con el edredón del hotel (dichoso invento alemán) y el aire acondicionado, me reencuentro con un trancazo de verano mientras abandono una ciudad que, lejos de escuchar a Edit Piaff, tiene a Thriller de banda sonora.
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servido por Honey
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