Katmandú
Acabo de volver de ver la película de Iciar Bollaín "Katmandú" y vuelvo en ese estado extraño, en el que me siento de repente llena de amor.
La película no es buena. Aunque me encanta la directora, a esta película le falta empaste. Es extraño pero sí, creo que le falta un catalizador que dé más unión al guión. Como que lo guíe por una balsa avanzando en una dirección. Que una la sucesión de escenas y acontecimientos dentro de una salsa que le de un sabor y un discurrir más armonioso.
Pero la película me ha llevado a allí. A sentirme libre cuando viajo. A la indignación por las injusticias. Y sobre todo me ha llenado de amor. Me he sentido muy identificada con algunas cosas. He revivido la sensación de impotencia de una cultura milenaria pero injusta. Y he vuelto a sentir la solidaridad con esas mujeres de vidas duras y tratamientos injustificados. En esas sociedades cuya idiosincrasia cuesta tanto entender.
Y he vuelto a respirar el Himalaya, y la gente sencilla de mejillas curtidas y mirada franca. Ojos que suspiran por sobrevivir y se alegran con cosas que nos parecen nimias. A nosotros, occidentales malcriados, que se olvidan de su propia esencia, de observar sus costumbres y viajan ligeros de equipaje habitando el lado luminoso de la vida sin darse cuenta de su propia luz.
Pero sobre todo lo que he sentido es mis ganas de dar. Ese amor inmenso que a veces se me sale por los poros. Esa sensación de proteger y dar a todo el mundo lo que esté en mi mano. Y eso me ha emocionado y hecho feliz por unos instantes. Porque me he vuelto a dar cuenta, de que no me hará falta ser madre o mujer o pareja de nadie para poder dar amor a quien lo necesite. Es algo que se me había olvidado y así he vuelto a recordar.
En cada uno de mis viajes siempre he querido ayudar a alguien o llevarme a un niño en la maleta. Me han dado ganas de arar con las mujeres en la India, esas que miraban con ojos tímidos y sumisos, sonrientes con cualquier acto de humanidad. Y cada niño de Katmandú que sonríe y usa su picaresca para sacarte alguna moneda, o a los que te revuelven cuando los ves en Thamel esnifando pegamento. Hay tanto por hacer en tantos lugares. Bután, Indonesia, Birmania, India, lugares en los que siempre vi unos ojos limpios, unos ojos sufridores y una bonita sonrisa. La misma que yo devolví, sintiéndola ahora como si fuera ayer dentro de mi. Una sonrisa interna llena de amor y ganas de abrazarlos a todos.
Y creo que me voy a poner a ver un montón de fotos dentro de poco; la de esos rostros del mundo. Esos rostros que me inspiran lo mejor de mí. Eso que siempre podré dar mientras me queden energías. Y ese amor sí depende solo de mi voluntad y de lo que sale de mi alma. Y me hace llorar de alegría.
Creo que se está reactivando mi espíritu viajero...
PD: Hace ya bastantes años apadriné un niño en la Fundación Vicente Ferrer. Mañana voy a apadrinar a otro y me voy a enterar del proyecto "Mujer a mujer", porque ellas me conmovieron sobremanera cuando estuve en India y siento que debo ayudarlas. Una amiga acaba de estar por allí, en Anantapur, y ha vuelto también conmovida de ver lo que allí se ha hecho. Si podéis, no dejéis de colaborar por favor.
