Un señor de Burgos
Esta noche me han pedido un post. Algo pequeñito, para leer por la mañana mientras desayuna. Antes de ir a trabajar, a la pelea diaria sobre costes y tijeretazos.
Lee post de Honey de hace muchos años y la va descubriendo. Prometió no hacerlo, pero ha sido incapaz de contener la curiosidad.
Tostadas, aceite y mermelada. Las manos pringosas pulsan el ratón y buscan en el índice algo que dé una pista, sobre la curiosa naturaleza de este personaje.
Parece que la pierde. Que se va diluyendo en una duda gigantesca. Y no sabe qué hacer. Porque él no sabe lo quiere y no está exento de mil miedos. De los miedos de todos y de ninguno en particular. De los miedos del corazón partido y las vidas complicadas.
Ella mientras intenta descubrir a alguien que no le pega nada. No le pega pero no puede dejar de conversar con él. Porque desde el primer momento la conversación fluye como un caudal inagotable y no se lo explica.
Vidas distintas, ciudades distintas, historias distintas.
Y por eso se lo escribo para decirle que no pasa nada, que cada uno es como es, y que los destinos se van escribiendo palabra por palabra, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo.
Sin saber si este libro será la historia de una verdadera amistad, la aventura de un barco pirata o el amor más romántico y apasionado. O un culebrón chusco de lectura infumable después de comer.
Todo puede ser, todo puede no ser. Desde el mundo de lo efímero y lo permanente. Desde el olor a mar al olor a morcillas y corderos.
Porque este señor es de Burgos. De la tierra en la que no nací. De milagro.
¿Será un señal?
