Fluir o remar
Eterno dilema que últimamente me persigue. Para una campeona de remo resulta un poco complicado sentarse en una balsa, agarrarse a unos tablones y dejarse fluir por la corriente.
Supongo que llevo demasiado tiempo remando y remando y me encuentro en alta mar. Aquí lejos de la orilla, donde las corrientes pueden ser peligrosas y el oleaje es azaroso, es imposible dejar de remar a buen ritmo a riesgo de hundirse sin remedio. Por eso por mucho que ahora intente fluir, dejarme llevar por un vaivén de mecedora, de aguas cálidas cercanas a la orilla, protegidas por un arrecife de coral, fuerte y compacto, ahora no puedo hacerlo. No en alta mar, una vez saltado el arrecife en busca de nuevas islas, de nuevos parajes, de nuevos aromas. Lugares que ví, aromas que pude experimentar, sabores que me transportaron a lugares lejanos mucho más allá de mi balsa. Agradecida por tantas experiencias, ahora me veo un poco a la deriva, echando de menos mis palmeras, mis arenas blancas y mis aguas transparentes y cálidas donde construir esa casita blanca donde acurrucarme bajo el sol y esa hamaca entre dos árboles donde contar estrellas fugaces.
Para ello tendré que volver remando. Una y otra vez, derecha e izquierda, uno dos, con sudor, con callos, con lágrimas. Ubicarme en una pelea sin fin, donde cada logro implique una gota de sudor y unos metros de distancia ganados hacia mi isla bonita y luminosa.
Y cuando llegue, igual puedo fluir, dejarme mecer por ese viento que aquí es brisa cálida, y dorar mi cuerpo largo al sol, cambiar de raza mientras se me riza el pelo secado al aire cubierto de sal. Nadar con los peces y buscar caracolas en la arena, hacer el muerto sintiéndome más viva que nunca. Y por fin amar. Amarlo todo con ganas. Y dar y dar y dar. Porque solo dando uno es feliz de verdad. Entregándose entera a una causa posible: la vida.
Y creando mi mundo, seré más yo que nunca, fluyendo y saltando las olas, hasta que de pronto me de por saltar de nuevo el arrecife y asomarme de nuevo al otro lado. Y entonces espero saber el camino de ida y de vuelta a mi pequeña isla bonita.
La del sol piadoso, el agua clara y la brisa que acaricia mi cuerpo moreno y largo.
