El árbol de la vida
Acabo de llegar del cine. Esta vez el "árbol de la vida", esta película polémica que me ha dejado en estado shock. Con un rooibos delante y unas obleas dulces, tratando de tranquilizarme, me dispongo a intentar comprender qué demonios me ha pasado con esta película. En medio de la oscuridad, cuando empezaban a salir los títulos de crédito, una emoción intensa recorría todo mi cuerpo, toda mi esencia y de pronto no podía parar de llorar.
Qué tiene esta película, para que a mí me provoque esta ola de emoción, mientras al señor de al lado le provoca inquietud y ganas de hablar. La fuerza de los sentimientos y las imágenes era tan enorme que lejos de darme ganas de matarle, conseguía abstraerme ante sus ruidos y movimientos extraños.
Es cierto que tenía el día, que me planté en el cine descansada y dejándome fluir por un discurso onírico, poético y lleno de sentimientos. Supongo que la capacidad para conectar con esencias y sensaciones. La capacidad de hacernos sentir pequeños, ante un universo que nos muestra la micromagnitud de nuestra existencia. Su relatividad espacial y temporal. El convertirnos en unos seres que carecen de importancia con una perspectiva más amplia, todo explicado con unas imagénes oníricas, poéticas y llenas de simbolismo. Para después penetrar en un micromundo de cualquier lugar, en un aparente mundo armonioso en el que no pasan grandes cosas más las que fluyen por nuestras interioridades. En las interioridades de unos seres mínimos que amplifican su importancia a base de amor, represión o frustraciones. Para hacer esos sentimientos universales y sentirnos en comunión con el mundo.
La conexión con el yo niño que todos llevamos dentro, su convivencia permanente con un adulto entregado a tareas más o menos triviales, más o menos gratificantes. Encerrados en edificios de cristal en los que se reflejan los árboles, los árboles de la vida en otro lugar, en otro tiempo, en otra infancia que nos dejó marcados para siempre. Conviviendo eternamente con los que nos marcaron de por vida, para bien o para mal. Porque parece que el niño nunca muere y siempre aflora parte de su esencia.
Pero la frustración, el amor que hace que la vida no pase en una centella, la educación forzada por un futuro que nunca es el esperado dejando a un lado condescendencias más felices y más humanas, no tienen la más mínima importancia a la vista de los árboles, de esos árboles que permanecen erguidos y constantes. Dando sombra al pasado, al presente y al futuro. Cobijando temores, momentos felices y dinosaurios.
Y entre tanta frustración; el amor hace que nos sintamos vivos, los hijos es lo único que tenemos, pero en realidad nada es realmente importante porque somos una pequeña brizna de polvo en el espacio. En ese espacio de hoy que desaparecerá o nunca existió en el mañana o en el ayer.
Y siendo uno tan irrelevante ya puede seguir viviendo, con su niño dentro que le condicionará en función de otras vidas que no son la suya, sino la de otros adultos que fueron también niños. Adultos que se cobijaron en esos árboles que casi ni miramos, pero que permanecerán ahí hasta que las muelas del juicio se hayan extinguido por completo.
Termino de escuchar la música y leo detrás de mis lágrimas los títulos de crédito, intentando entender qué me ha pasado. Por qué no puedo dejar de llorar. Sensaciones y reflexiones que todos hemos tenido alguna vez. La esencia del ser humano reflejada en una pantalla, a la vez que dos dimensiones que se hacen protagonistas de la película: el espacio y el tiempo. Poniéndonos de una vez por todas en nuestro lugar. Cosa extraña en una obra realizada por el ser humano. Abandonar por completo nuestro alimentado egocentrismo con una absoluta sensibilidad.
Ver esta película es como ir a un concierto de música clásica, contemplar una obra de arte abstracta o disfrutar de una poesía.
Bravo.


Honey dijo
Probando, probando...
5 Noviembre 2011 | 08:21 PM