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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

31 Octubre 2011

La magdalena de Proust

Hace poco le decía a una amiga: "lo que he perdido el tiempo, ¿cómo demonios he llegado hasta aquí?". Hoy leo a otro ciberamigo (fé de erratas: ex-ciberamigo), reflexionando sobre tal magnitud, pero dándole un significado bastante diferente a lo que a mí me acontece. Imagino que son cosas de la edad, de sentir que ya te queda un poco menos para hacer esas cosas que siempre tuviste en mente hacer más adelante. Edades en las que relativizas lo conseguido y lo pendiente, en las que la balanza se vuelve más cruel y te mete un poco de presión.

Si lo analizo fríamente, nunca perdí un segundo, pero perdí el tiempo por no perderlos. Esta contradicción podría explicar la vida de este ser inquieto y activo que soy. De este ser que pierde la paz en una actividad permanente en la que no encuentra muchas veces la armonía.

Siempre fui una empollona. De esas que dan asco, porque además de sacar todo sobresalientes, era deportista y seguía la moda. Pero siempre me sentí sola. Imagino que cuando el marear la perdiz, tontear con el vecino de pupitre y fumar en el recreo se sustituyen por leer libros un poco tempranos para tu edad, entrenar tres horas haciendo gimnasia rítmica o escribir poesías cursis algo tiene que pasar con tu carácter.

Siempre fui una persona con gran carácter pero muy sensible. Tuve una gran preocupación por el saber, por crecer, interés por el mundo, por ser mejor. Ya de pequeña mi rebeldía era fuerte pero se contenía con la docilidad de la perfección de cada logro, refrendado por cada nota, cada satisfacción de los que me rodeaban; padres, profesores que dijera lo que dijera me ponían un diez, yo creo que más bien por cómo lo decía, porque esta facilidad para escribir me viene de lejos. Por lo que siempre me preocupé por mí. Mi rebeldía y una fuerza de voluntad extraordinaria, me hacían alcanzar los logros más costosos. Dedicando esfuerzo a las asignaturas que más me costaban para lograr esa nota mágica que me consolidaba como "chica de oro". Curiosamente, de esa manera, es posible que fomentara más mis defectos que mis virtudes. Porque claramente, mi vocación era humanista y literaria. Mi sensibilidad siempre salía por alguna parte y me la jugaba de vez en cuando. Las injusticias siempre me han puesto enferma y me cuesta su asimilación. La matemática abstracta siempre se me dio bien, pero yo creo que porque entronca más con la creatividad y la imaginación más platónica que con la práctica numérica. Porque el cálculo siempre se me dio mal.

Un expediente diez, tenía que hacer una profesional diez. Y ahí seguí día tras día. Cumpliendo expectativas también en la carrera. Una carrera que pensé dejar unas cuantas veces por aburrimiento. Allí no había poesía, ni humanidad, ni siquiera la matemática abstracta era lo suficientemente abstracta para acabar en la ensoñación. Y, allí vino mi primer bajón, mi prueba de teatro con una botellita de ginebra en el bolso, y mi balanza compensatoria con la frivolidad. Noches de marcha universitaria eternas, risas y libertad con mis amigas de siempre. Una vez abandonado, una vez más, mi entorno más clasista y pijo que siempre, desde el colegio, me ha resultado sumamente aburrido.

Intento entender el porqué de mi soledad. Por qué esos años nunca estuve pendiente de otras cosas, porqué nunca hice caso al corazón. Y creo que entonces era necesario. Porque siempre he sido un pez mono pero raro. Un pez camaleón capaz de estar en cualquier lugar. En palacio o en las cocinas, pero que casi nadie considera de su especie porque siempre puede pegar un salto y cambiar de pecera. Y eso es muy incómodo.

Y cuando terminé esta carrera sosa y aburrida, no supe qué hacer. Me fui a Alemania y volví. Y como eran años de paro, seguí mi ruta establecida. Esta vez una multinacional, que me dio formación y muchas horas de trabajo. También buenos amigos que han perdurado desde entonces. Pero siguió desnaturalizando mi esencia. Mi humanismo, mi sensibilidad. Aunque yo sea como soy en todas partes y lo lleve de forma innata en cada cosa que hago.

Y siguiendo el camino, sin desviarme, sin ver los bosques a mi alrededor pasé a la acción. Entré en una start-up con pedigree y seguí hacia adelante. Nos compraron unas cuantas veces y viví diez años en una situación insalvable y extraordinaria. Y en un hueco, hice un MBA, para pasear los casos de aquí allá por el puente aéreo, que entonces no existía el AVE. Y seguía cubriendo huecos, dedicando energías a lo que era urgente, dejando para luego lo que era yo. Salpimentando el estrés con bailes que a veces me relajaban y otras fomentaban otra vez mi capacidad de superación. Y mi primer gran palo vino con la muerte de una tía muy querida. Simultaneado por una putada de un tipo deplorable con el que salía por entonces y cuya naturaleza desconocía. Y de pronto, sentí lo corta que era la vida, algo que de una u otra forma siempre había llevado en mi esencia. Esa especie de sentido trágico lorquiano. Herencia de una abuela andaluza.

Y por entonces empecé a escribir de nuevo. Y abrí este blog. Y conecté con Honey que soy yo dejando trajes, números y frivolidades varias. O acogiéndome a esas frivolidades varias. En esas en las que soy divertida. Y volví a mis reflexiones. Fueron años de mucho viajar: por placer y por trabajo. La curiosidad me hizo dar casi la vuelta al mundo y escribir crónicas desde los cibercafés más variopintos del mundo. Pero poco a poco, me pareció escapar. Sentí que las realidades eran otras, los aprendizajes muchos, pero que la esencia del ser humano era la misma en todas partes. Necesidades básicas, pertenencia, salud, amor y descendencia. No sé por cual orden. Pero de pronto, me sentí una rica occidental muy coja en algunas de estas necesidades esenciales. Y vi los viajes como escapismo. A pesar de que mis ojos siempre intentan ir más allá. Y me sentí vacía. Y me hizo daño la incomunicación con los otros.

De pronto un día saqué la cabeza de la manta. Y me di cuenta de que era mayor. Y de que ni había plantado un árbol, aunque me hubiera comprado un coche que al hacerlo lo garantizaba, ni había escrito una novela, aunque hubiera escrito mil páginas y sobre todo, no había tenido un hijo. Y eso sí que era grave. Porque todo se complica mucho más cuando se es mujer y se tienen sentimientos como éstos.

Y aquí estoy en busca del tiempo perdido...

servido por Honey 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Maite

Maite dijo

Yo creo que el tiempo nunca es perdido. Ya sé que es simple, pero sea como fuere, es necesario para llegar hasta donde hemos llegado interiormente; y cada cual tiene su propio, particular y necesario proceso. Ocurre que a los exigentes se nos complica todo un poco más. Aunque estoy segura de que, de todas maneras, algo nos dejamos en el tintero, porque nadie es infalible; y todos, absolutamente todos, venimos aquí con cosas que aprender, y cosas que enseñar. Ni dudes que sentimientos como "éstos" te abrirán las puertas de par en par a muchas de esas cosas que aprender y que enseñar; ni que, a qué engañarse, el proceso no será fácil. Pero... ¿quién dijo que había de serlo? Si fuera así todos seríamos sublimes. Además... cuanto más avanzado es el alumno... más difícil es el examen ;-) Toda la suerte del mundo en esa fase de recuperación del "tiempo perdido" (con todos los ejems expresados).... Y un beso muy fuerte.

1 Noviembre 2011 | 11:51 PM

Honey

Honey dijo

Maitexu mía!.

Qué gusto, que os animéis a comentar como antaño. Mira que últimamente veo bastantes entradas pero nadie se anima. Y a mi me anima a escribir o a pensar si no he escrito ninguna tontería...que siempre pienso que es así.

Tienes razón Maite, tú que sí que sabes. Te tendré de "consejera independiente" en mis próximas evoluciones. Porque tienes razón que el tiempo siempre es "invertido" y no perdido.

Besazos enormes!.

2 Noviembre 2011 | 12:15 AM

Honey

Honey dijo

Probando, probando : señores cocteleros, ya no mantiene la Cocte como antes y mis coleguis no me pueden comentar. Esto es caca!.

5 Noviembre 2011 | 08:22 PM

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Señorita Honeychurch

madrid, España
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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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