Vuelvo sin volver en mí
De pronto he necesitado volver. Escribir algo en esta casa que siempre me acogió en familia. Que escuchó mis quejas, reflexiones e idas de olla. Que leyó mis crónicas de viajes como si fueran esos vídeos de las bodas que, por lo menos antes, tenían fama de ser la tortura de los invitados (a mi nunca me pasó).
Y de pronto, sentí otra vez la nostalgia, el estado anímico y el tono al que me llevaba este blog. Como de un estado meditativo se tratara. Intentando separarme y pringarme al mismo tiempo de y con la realidad. Será que vuelvo de yoga después de uno de esos días de mal humor. En el que voy a mi oficina reluciente, a mi despacho reluciente y a los mercados locos. Esos días en los que intento empujarme el interés hacia este mi oficio que me da bien de comer corporalmente pero me vacía un poco el alma. Y entonces, necesito ignorarlo, retomar las raíces, saludar al sol y relajar las posibilidades y las ambiciones. Abandonarse al suelo. Como si la superficie dura fuera la única realidad existente. Porque está ahí y no va a moverse a ninguna parte. Y porque nada importa demasiado.
Y es en este estado cuando me apetece ser yo, buscar palabras, disfrutar el arte, vivir la vida. Mirar el futuro próximo con sus muchos planes de vida. Y asirme a la poesía. A esa que se me olvida cuando miro una pantalla de la bolsa. A esa que me rescata de presupuestos y cifras. De legislaciones y reguladores. Esa poesía que me recuerda quien soy yo. La que siente cuando se relaja. La que disfruta con el arte, la tonta que llora con un cuadro en teoría hiper-realista de Antonio López. Porque debajo de ese hombre desnudo, de esa esquina de la Gran Vía, hay vida, hay poesía y yo sin saber muy bien ni cómo, ni porqué, ni qué significa exactamente la percibo y me penetra. Y entonces sí soy yo. Y camino más ligera. Me deslizo por el Paseo del Prado, contemplo el cuadro de Gran Vía al natural, abrazo mentalmente a Cibeles sin altares ni parafernalias y llego caminando en una noche cálida madrileña a mi casa. A mi casa ecléctica y viajera. Con mis recuerdos de tantos lugares del mundo. Esos que me recuerdan otra que soy yo: la curiosa. La de la curiosidad por la humanidad.
He pasado una época extraña. Llevo unos años complicados que se dirigen a un cambio transcendental. Lo percibo y lo vivo no siempre igual de serena. Me gustaría ser más sabia. Pero la madurez no siempre transforma las canas en memoria, ni en sabiduría. A veces, nos da miedo y nos quita energía. Pero yo estoy decidida a crecer. Necesito extraer algunas conclusiones y energías de tanto vivido y de tanto dejado por vivir.
De pronto he sentido la necesidad de volver. De saludaros a todo y de saludarme a mí, a Honey. Esta paranoica tan entrañable. Rescatando su sensibilidad y sentido del humor.
Transformándome en mi coherencia.




srta desconocida dijo
Aayyyy, Honey, yo no sé si aquí seremos más nosotras que en la realidad o si solo proyectamos una parte, pero a mi este trocito de ti siempre me ha enamorado.
Bicos gordos gordos!
19 Septiembre 2011 | 11:34 PM