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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

11 Junio 2011

Viaje al centro de la tierra

Suena el despertador. No quiero ni oír hablar de levantarme. Ayer me dieron las tantas escribiendo a la luz de la noche y en plena galerna. Hoy nos levantamos con el volcán del glaciar de Snafaelness mucho más nevado. Estoy literalmente agotada. Casi como ahora, que vuelvo a estar delante de un ventanal gigante, sentada en un cómodo sofá y escuchando una música súper agradable mientras veo un mar infinito de olas que brincan en un azul añil que se junta con el cielo azul claro en el horizonte.

La tarde ha quedado estupenda, pero la mañana se levantó revirada. Lluviosa, con niebla y ese vendaval de la zona que te deja ese peinado tan de aquí..."wind-brush" al más puro estilo Chus Lampreave bajando de una motocicleta en "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Emprendemos ruta. Preguntamos si se puede subir al glaciar, pero nos dicen que no es posible por el tiempo. Debe de ser complicado y realizarse en escasas ocasiones.

Subimos hacia el norte de la península, ya dentro del parque nacional llegamos hasta la desviación de una playa. Damos un paseo entre la lava. Aquí el aspecto de las cosas, aunque volcánico, es bastante distinto que en Mytvätn; un volcán nevado y montañas de mil colores, rojas, ocres y verdes rodean la zona. Muchos montecitos con aspecto de mini cráteres siembran el parque.

Paseamos en esta primera parada de la carretera hasta una playa negra con dos pequeñas lagunas cristalinas. Restos oxidados de un barco naufragado hace lustros están desperdigados y dotan a la playa de un aspecto un tanto desolador. La belleza de lo siniestro. Un cartel avisa de que está prohibido bañarse, hay corrientes el agua está fría y la profundidad cambia. No hay nada que se me ocurre me pueda apetecer menos que bañarme aquí. Dos formaciones volcánicas grandes sobresalen del agua. Una trolesa varada en la orilla del mar. Aquí son todo historias de sagas, troles y el Dios Tor. Lo cierto es que empiezo a adivinar troles y orcos por todas partes y que a los locales les empiezo a ver como pequeños elfos. A los niños, solo les faltaría tener orejillas apuntadas.

Damos un gran paseo, de esta playa a la siguiente (Dalvik) subiendo por acantilados. El sol empieza a aparecer, aunque todavía está ventoso el día. La siguiente playa era una playa de pescadores hasta el siglo dieciocho. Algunas piedras perduran de las viejas cabañas. La imagen del musgo verde sobre piedras volcánicas negras, las piedras rodadas negras de la playa el mar claro y los troles-roca que emergen de forma fantasmagórica resultan un tanto hipnóticos y merecen este buen paseo.

Seguimos un poco más, hasta el siguiente faro. Anuncian que hay una playa de arena junto a acantilados. Una vez allí, nos encontramos con unos franceses que estaban en nuestra parada anterior. La última vez que les ví, estaban en ropa interior mirando por la ventana la irrupción asombrosa del Gran Sol. Ahora les digo por la ventana "Comment ça va?" a lo que sonríen con un "ça va bien!".

Volvemos por la misma carretera en dirección al volcán. Por el camino, sembrado de mini cráteres decidimos subir a uno de ellos. Lo que nos gusta subir a un cráter, madre... Por supuesto, una vez arriba se te vuelan hasta los pensamientos. Y el gorro que me acabo de comprar intenta irse con el que he perdido, yo creo que de un golpe de viento, en alguna parte.

Otra vez en ruta, vemos una pequeño entrante en la carretera. Paramos a ver qué es y un chico dentro de una furgoneta, nos pregunta si queremos entrar en una cueva. A estas alturas del viaje, ¿qué creéis que hemos hecho?. Sí, estaba claro, a los cinco minutos ya estábamos con un casco de minero con frontal, cinturón con linterna incorporada y nuestro cántico a risotada limpia de "yo soy minero".

Justo antes de entrar, tuvimos que pasar por el lavabo; léase por el cráter de la esquina con el riesgo de partirse una pierna al pisar un musguillo lava que se hunde o parte hacia abajo.

Pero enteritas y con nuestro kit de espeleólogas (lo que nos gusta un disfraz...) nos disponemos a bajar al centro de la tierra, en este lugar en el que se inspiró Julio Verne para su famoso libro. Totalmente inspirador. Me parece hasta poca imaginación después de haber pasado por la zona. Björk debe de tener aquí tanta imaginación como Bisbal en España. No tiene más que darse un paseíto por su tierra. Yo también me disfrazaría de pollo, de oveja o incluso de ballena que parece que abriga más para estos vendavales que se gastan.

El caso es que ahí, nos encontramos las tres con nuestras linternas en los cascos dispuestas a bajar a unas cuevas formadas por erupciones volcánicas de hace 3000 años y que acaban de ser abiertas al público. El guía es un Elfo con nombre de Trol. Un Trol asesino o mártir o algo así; "no es muy agradable, lo sé" dice el rubicundo y translúcido Elfo. Una vez dentro nos explica un poco. Bajamos ocho metros y luego creo que dijo otros treinta por una escalera de caracol profunda que es la única intervención aparente aparte de nuestras linternas. Es muy curiosa la formación de estas cuevas, formadas por lava que se enfría y endurece para dejar paso a un río subterráneo de lava como túnel en su interior que desaparece dejando estos extraños huecos. Y nosotras aquí estamos dentro. En la parte más profunda, nos dice que mantengamos unos minutos de silencio y apaguemos las luces. Un tintineo de gotas de agua en la más absoluta oscuridad parece una canción ancestral. Una canción que de pronto nuestro guía Elfo acompaña con una melodía suave nacida de su tierra élfica para llamar a sus congéneres cuando están por el campo. O eso me pareció a mí, claro... (inciso: creo que el viento está teniendo un efecto pernicioso para mí, y ya ha llegado la hora de abandonar este país, antes de que me convierta en trolesa, elfa o simplemente en una especie de Björk agitanada).

Salimos de la cueva y nos despedimos muy sonrientes después de pedir una foto al grupo espeleólogo. Primero se sorprenden, luego se animan a hacerse ellos también.

Dejamos con dolor de corazón las linternas y cascos (creo que cuando vuelva a la oficina, me voy a ir a donde el de mantenimiento para robarle el mono y algún utensilio de los de verdad, leche!) para dirigirnos a nuestro hotel a comer algo (ya estamos desfallecidas y a hacer un paseo de una hora al borde del mar entre nuestro hotel-pueblo y el de al lado que la Lonely pone que es precioso. Nos pasamos sin querer nuestra desviación (aqui son todas 180 grados y el copiloto tiene que hacer "ras" para llegar a tiempo) y acabamos en el pueblito de al lado (por llamarlo pueblito). Ponemos gasolina y entramos en un restaurante muy mono con tejados de turba y musgo y nos comemos una sopa de brócoli que nos sabe a gloria bendita. Las camareras, muy monas, también han estado en España. De hecho una de ellas acaba de volver de cerca de Alicante y tiene buen color, aunque nos dice que la ha hecho malo. De qué cosas se entera una en Islandia, del tiempo en Alicante!.

Volvemos otra vez al punto A y empezamos nuestro paseo desde el hotel. Es cierto que es precioso. Un paseo al borde del mar, con rocas volcánicas y pequeños acantilados de roca. Aves anidadas en las cavidades de la roca. A un lado el volcán nevado, a otro los mil colores de otros montes, el musgo extraño, el mar, al fondo en una pradera se alza una iglesia, de esas de aquí, que parece una casita de madera. La tarde ha mejorado mucho y hace sol y menos viento. De pronto nos vemos sentadas mirando un rato el paisaje. Una marina extraña en la costa del centro de la tierra de Verne. Una curiosa mezcla.

De vuelta al hotel, me pego la gran ducha antes de cenar. Estoy reventada. La cena es buenísima. Por fin, encontramos los mejillones que decían que comían por aquí. Dos raciones de entrante y una especie de lenguado con alcaparras. Una cena excelente a la luz de la noche frente al mar.

Mañana es nuestro último día. Y ya casi estamos echando de menos este país extrañamente entrañable.

Tags: viajes, islandia

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Señorita Honeychurch

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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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