De charla con los lugareños
Segundo día en Islandia y ya hemos vuelto a hacer de todo en un día. Ahora estoy sentada en un hall desangelado de este hotel-granja con un ventanal gigante. Intentando escribir algo, mientras un islandés con un par de litros de cerveza en el cuerpo le da al palique conmigo, y me filosofa sobre la vida, el tiempo, Pink Floyd, los políticos y los bancos. Me intenta dar recomendaciones de lugares que tengo que buscar en la guía, porque sus nombres son impronunciables para mí. Ni siquiera soy capaz de imaginar cómo se escriben. No sé qué demonios tengo, pero cuando he llegado al salón, Blanca estaba tranquilamente escribiendo correos y usando Internet y cuando he llegado yo, Internet ha dejado de funcionar y los dos pavos locales que tomaban cerveza y se echaban eructos se han puesto a rajar conmigo en cuanto me ha dejado sola. Siempre me pasa lo mismo, debe de ser que me gusta. Por fín, uno de ellos – el qué más palique me daba- acaba de cerrar la puerta del salón y se ha marchado. Hemos hablado de algunas partes de la isla, del sol, de llevar bien o mal los eternos inviernos sin luz, de auroras boreales y de fuegos artificiales del día 31 de diciembre. Se han reido de mí cuando les he dicho que esta mañana había llovido bastante. Y yo les he contestado que soy española, que ya me gustaría a mí verles con 40 grados al sol, que a ver si así se reían.
El día ha vuelto a ser estupendo. Hemos visto varias cascadas de nombres impronunciables. Ahora solo recuerdo Skogarfoss. Estamos en las faldas de las montañas de las tierras altas, unas montañas que esconden volcanes y glaciares gigantescos que se asoman tímidos o amenazantes en algunos puntos concretos. A veces, se deshacen en cataratas limpias que caen a gran altura con la fuerza de la pureza de la montaña, formando riachuelos y llenando de un verde ácido la superficie alfombrada de estas montañas negras. El cielo gris se confunde con el mar, la tierra negra se cubre con un manto verde de temporada, y el agua se escapa como de una bolsa de agua perforada que emana chorros en forma de cataratas.
La sensación de frescor es enorme; entre la llovizna y el agua del deshielo estamos conservadas de lo más terso. Sin embargo, un poco más arriba está el volcán que tuvo en vilo una semana a todo el mundo: el Eyjafjallajökull. Fenómenos naturales en estado puro: fuego, agua, tierra. Todo nos rodea con una pureza de nuevo mundo.
De cascada en cascada, tenemos que parar en un café. Una casetita en mitad del campo que nos ofrece un café y una tarta de chocolate con nata, que se va a convertir en nuestra comida. No es fácil poder elegir. Esta es la comida que encontramos hoy. Bienvenida.
La lluvia amaina y nos damos un paseo hacia una cascada escondida tras una roca. Subimos unas rocas para ver con perspectiva su caida.
El día dos ya estamos andando con crampones por encima de un glaciar medio negro. Divertido. Caminamos como el gato con botas, pisando fuerte como nos gusta. En la cumbre se divisa la pequeñez de nuestra hazaña. El glaciar es pequeño pero infinito. Más arriba otros son interminables en este país de naturaleza de hielo. El blanco ha quedado deslucido por la ceniza del Grimsvötn, pero a lo lejos se ve el mar, la montaña está verde y negra y el aire está fresco y parece que puro.
Otro día para dar las gracias.
