Confundida en mi periplo
Ya estoy en casa.
En un rato tengo dos cumpleaños distintos. Celebran su cumpleaños cinco amigos. Algo debe de tener la Semana Santa para que tantos padres de amigos decidieran ponerse manos a la obra con los juegos de cama. Pero a mí se me acumula el trabajo en estos días navideños. Y eso que no tengo ni cenas, ni celebraciones especiales como casi todo el mundo tiene. Sosa que es mi empresa.
Como ya os dije en otra ocasión, llevo una racha sin ganas de escribir. No le veo sentido. Como todas mis aficiones, esta vive una época baja. Llego a rastras a baile y apenas sigo la coreografía. Lo peor es que lo hago con tan poca gracia. Llego aquí y escribo por eso de no sentir que dejo nada. Porque como siga desapareciendo esta afición se va a diluir en la inactividad. Desaparecer lentamente y de manera silenciosa. Tampoco siento que lo haga ni con gracia ni con tino especial. Si es que alguna vez lo tuve.
Total, que me veo sosa sosísima últimamente, como esa pieza comodín que encaja en todas partes y ninguna. Sin sensación de pertenencia, como perro verde en cada contexto. Me salva últimamente la Pandilla Maravilla, que me saca de mi realidad laboral estresante y racional, para llevarme a lugares en los que yo habito cuando soy feliz. Esos a los que últimamente voy poco.
Quizá sean los efectos secundarios de mi último periplo. Un viaje mitad de trabajo mitad de placer que me llevó una vez más a Londres, tan grande, tan fotogénica, tan dura, tan habitada y me llevó a Amsterdam a reencontrarme con mi holandés-sorpresa de la temporada.
Londres trancurrió bien; interesante, con ganas de hablar ese perfecto inglés que parece imposible para protestar, para defender a mi país de esa corriente opositora, parte real parte tan británica. Pero los nervios se los llevó todos Amsterdam. Tras dos meses desde nuestro encuentro esperando este momento, me encontraba como un auténtico flan. Tiempo de expectativas mutantes. Tiempo de mensajes cortos y correos que se me hacían aún más cortos al carecer de límites en su extensión potencial.
Tenía que ir a verle. En Madrid me quedé en ese estado de imbecilidad supina tan agradable cuando conoces a alguien que te gusta. Con mi cabecita inventando cuentos de hadas y haciendo planes imposibles. Estupideces para los que una usa esta absurda imaginación. Y solo quería verle. Su reacción pareció parecida. Un holandés errante por el mundo durante dos meses; Filipinas, Hong-Kong, China, Vietnam, Camboya. Dos meses interminables, para él llenos de experiencias. Para mí llenos de invenciones y esperas.
Y apareció en el aeropuerto a buscarme. Yo nerviosísima y con una maleta que había hecho y deshecho ciento cincuenta veces. Con mil vestidos absurdos para un clima infernal, de nieve, viento y cielo encapotado.
Y vivimos juntos tres días. Y me enseño fotos. Y me cocinó. Y compartimos baño y cama. Y tomamos café durante largas mañanas. Y vimos molinos, anduvimos en bicicleta y contemplamos cuadros maravillosos. Fuimos a cenar atravesando canales y hablamos de nuestras vidas y familias. Conociendo nuestros entornos. Demasiado pronto, demasiado rápido. Y tuve momentos de pánico en los que me pregunté una y otra vez qué demonios hacía ahí. Echando de menos mi sol y mi cielo de Madrid. Mi casa acogedora, mis zumos de naranja y mi aceite de oliva. Recordándome un poco mi inmersión alemana. Mis seis meses en la oscuridad de un invierno del Ruhr, comiendo salchichas y aprendiendo ese idioma tan difícil. Y cuando ya estaba hecha y mi cabeza había dejado de dar vueltas. Cuando estuve tranquila y a gusto, con un comportamiento de pareja de hace mil años, hubo que marcharse.
Y ahora estoy aquí, intentando entender qué pasó y que quiero que pase, mientras trabajo como una loca y no le saco el sabor a mis actividades favoritas. El prepara un nuevo viaje a la India.
Imagino que esto de ser ciudadanos del mundo es lo que tiene. A veces desearía tener más prejuicios, una mente más estrecha, más tranquila y simple. Supongo que entonces no me pasarían estas cosas. Para algunos la vida parece mucho más sencilla en su pertenencia a grupos con todo precalculado.
Y yo aquí me hallo, repartiéndome entre países y cumpleaños. Divina o maldita dualidad.



misscalamar dijo
pues yo creo que lo haces todo con mucha gracia... y con mucho tino. tenemos que vernos guapa.
18 Diciembre 2010 | 11:06 PM