Hipnotizados por el Gran Cañòn
Salimos de Las Vegas un poco mas tarde de lo habitual. Despues de un copioso desayuno, en el que esta vez consigo encajar los eggs Benedict, nos dirigimos hacia nuestra pröxima etapa: el mítico Gran Cañón del Colorado.
El viaje transcurre apacible. Con alguna siestecilla por mi parte. Largarnos de Las Vegas, en busca de un paraiso natural parece una liberación.
Hoy nos toca comer en un mugriento Kentucki Fried Chicken. Y digo mugriento, no solo por el pollo grasiento y los acompañamientos malos de solemnidad, sino por el propio lugar. La américa profunda es realmente cutre. En su cultura del plástico y del "sírvase usted mismo" han olvidado limpiar las papeleras pringosas donde todo se deposita y las bandejas y mesas con restos de esas salsas suyas pegajosas. De momento, no he pasado por un solo sitio donde fuera capaz de vivir, desde San Francisco y Sausalito.
La llegada a Tusayan, el pueblo al borde del parque donde nos alojamos es casi a las seis menos cuarto de la tarde. Queríamos llegar a la puesta de sol, pero como siempre, el día nos ha comido con patatas. Llegamos al hotel y nos enteramos de donde ir para la verla. Decidimos ir con el equipaje para ver si conseguimos llegar.
Nos perdemos por el camino. Entre comprar la entrada al parque, unos ciervos gigantescos que nos encontramos y las indicaciones de las carreteras del parque, el sol va cayendo en picado mientras nosotros nos vamos perdiendo el espectáculo.
Llegamos al punto. El sol se está tirando en picado. A lo lejos parece verse el famoso acantilado. Nos vamos acercando como poseídos. Es él. No cabe ninguna duda. Esa impresión que parte del estómago y sube hacia arriba del pecho, no deja lugar a duda. Estamos ante esta maravilla natural. El Gran Cañón, se presenta ante nosotros, anchísimo y de mil colores, mientras el sol va recorriendo en su huída las últimas cúspides de esta formación. Es la primera vez que la grandiosidad está por debajo de mí. Tan profunda, tan ancha, tan preciosa. Una de estas cosas que has visto cientos de veces en reportajes y documentales y no por ello deja de sorprende un átomo.
En la despedida del sol, la gente se situa al borde del acantalido y algunos adoptan lugares imposibles. Más de uno se despeñará hacia abajo llamado por el abismo, en búsqueda de su foto perfecta. Una chica vestida con un top de colores, shorts y sombrero de cow-boy posa al borde del acantilado con su mejor sonrisa de anuncio, sujeta con unas sandalias que parecen resbaladizas, otros van bajando hacia otras cúspides. Muy abajo, el río colorado, se ve solo en un recodo. Fangoso y oscuro, allá, en el abismo más profundo.
Percibo energías por segunda vez en el viaje. Debo de tener algún antepasado indio o algo así. En realidad, mi padre siempre fue "Gran pico de águila" en mis juegos de niña. Lo mismo algo hay, pues ambos perseguimos al sol de madrugada y de noche como si nos fuera la vida en ello.
Espectacular. El Gran Cañón merece un viaje a Estados Unidos por sí solo. Algo que no se puede dejar de mirar. Hipnótico como el Perito. Una maravilla natural del mundo, como las cataratas Victoria, las que ví hace unos meses. Impresionantes, pero se disfrutan mucho menos por el punto de vista.
Nos vamos al hotel, a desembarcar y ponernos decentes para irnos a cenar al hotel Tovar, un hotel de principios de siglo veinte que conserva todo su sabor.
Situado al borde del acantilado, y construido con el típico estilo alpino de troncos entrecruzados. Sus motivos decorativos indios, murales y venados disecados en las paredes, te dan una impresión acogedora y distinta. Un lugar muy especial. El comedor es elegante, mesas redondas y cómodas. Muy bien servido y con una buena vajilla que se agradece más que nunca después de varios días sumergidos en el plástico. Los murales son escenas de la vida de los hopi, los nativos del lugar. Me como una trucha de la zona, otros pescados, salmones de Alaska y un plato vegetariano, constituyen el resto de una cena en la que lo mejor es el lugar y el servicio.
Una camarera ecuatoriana nos cuenta sus planes de futuro. Montar un restaurante en Guayaquil con su madre con abundantes raciones. Es ingeniera de no se qué cosa muy larga. Agradable, la hacemos entretenerse más de la cuenta y no para de decir "permiso" para seguir con sus tareas. A la salida, las estrellas lo han invadido todo.
De vuelta al hotel. El día siguiente nos levantamos muy temprano. Tenemos una excursión contratada para recorrer el cañón en avioneta y navegar por el Colorado. Con la pestaña pegada todavía nos dirigimos al aeropuerto. Sobrevolar el Gran Cañón al amanecer es de las mejores cosas que se pueden ver en la vida. La avioneta está tuneada y tiene ventanillas más grandes de lo normal. Sobrevolamos todo tipo de formaciones, todo tipo de colores, todo tipo de paisaje espectacular.
En algunos puntos se ve el río, en otros no. Meandros que giran, acantilados que se abren y se cierran. El río Colorado, a veces es colorado y en un punto parece unirse a otro de un color más verde. Subimos hacia Glen Cañon y llegamos hasta Page, lugar donde está el aeropuerto y una presa (menos espectacular que la presa Hoover que vimos al salir de Las Vegas) que forma un lago gigante de unas formas curiosas. Una parte del cañón sumergido, da lugar a la vida. Barquitos y un puerto deportivo cambian el paisaje semidesértico.
Del aeropuerto nos recoge Leonard o Slow Horse, un navajo que nos sube en unos autobusitos abiertos para conducirnos a Antilope Canyon. Un cañón con mil formaciones maravillosas en el que penetrar. El un personaje curioso. Nos cuenta algunas tradiciones navajas mientras se toma su tiempo en enseñarnos formaciones y en hacer fotos con las cámaras de todos los visitantes. No está permitido el flash, pero los distintos tonos de luz permiten escoger el conveniente para cada foto. Y él conoce cada lugar. Tras un rato con él, volvemos como el ganado dando tumbos por el desierto. Esta vez toca embarcarnos por el Colorado.
Nos llevan en una autobús a un lugar donde nos esperan unas embarcaciones peculiares, como unas zodiacs de tres cuerpos, en las que los pasajeros invadimos la parte central con asientos o los bordes neumáticos de la embarcación.
La población excursionista es de cortarse las venas. Una pareja gordísima, con la que nunca querrías subir en una barca, es depositada en la parte central. No sé si para mantenerla equilibrada en el centro. El barquero un individuo sonriente y con bigote, nos da la bienvenida. Una familia de origen indio o paquistaní da el toque de color junto a nosotros, a una población del yanqui más profundo. Gorras, kilos de más y esos atuendos tan favorecedores invaden la barca de un amarillo también muy estético. Todos con nuestra cajita del lunch. Agua y unas limonadas colgadas en una bolsa para que vayan refrescandose en el rio.
Recorremos Glen Canyon, un cañón mucho más estrecho y menos espectacular que el maravilloso Gran Cañón. Aquí el río es claro y de tonos verdes. Se ven peces y algo de vegetación. El Colorado no hace honor a su nombre y el cañón tiene dimensiones más parecidas a las que alguna vez haya podido recorrer o al menos imaginar.
El guía no para de hablar y salpica todo su discurso de un montón de chistes malos. La galería se ríe sin parar. El paisaje no acompaña las risotadas. Nos enseña formaciones con formas variadas. Habla poco de geología y mucho de caras o formas curiosas en las rocas.
Desembarcamos para ver unos petroglifos. Embarcamos de nuevo para continuar un poco más de recorrido. Paramos a comer en la propia barca para buscar una sombra. Meciendonos en ese agua transparente con las paredes del cañon rodeándonos, el cielo sobre nuestras cabezas en una naturaleza abrupta y peculiar. El momento requiere silencio. Esos momentos de paz comiendo un sandwich que te sabe maravilloso. El pesado del guía no calla. Ahora se saca un papel de la manga y nos lee una especie de cuento. Que infravalorado está el silencio. Escuchar la naturaleza cuando estás en su espacio. Respetando sus sonidos y respirando el aire que te regala. Las risas y los gritos contaminan como tirar los papeles al suelo. Otro tipo de contaminación que todavía no se percibe como tal. Tiempo al tiempo.
La excursión resulta de todo punto aburrida. Una actividad que podría haber resultado agradable durante una hora, se convierte en una pesadilla alargada como el chicle.. Junto con una parada en un establecimiento Navajo para turistas, convierte la excursión contratada en un error. Para colmo la vuelta en autobús resulta larga. Llevamos un conductor impresentable. Fisicamente con aspecto desaseado, lleva coleta y barba, con esas fisonomías bastas que constituyen una tipología particular en este lugar. Es un borde. Lo he notado desde el primer momento que ha visto que éramos extranjeros. Le pregunto si nos puede dejar en algún lugar para ver la puesta de sol. Me dice que no. De pronto dice, justo después de pasar por varios en los que poder verla, que podemos coger el autobús. Corriendo salimos del autobús para intentar perseguir de nuevo la puesta de sol. Volvemos a llegar tarde. El sol está dejando sus últimos reflejos y esa luz suya del final del día. Parece que las puestas de sol no se nos dan bien este viaje. Finalmente buscaremos de nuevo el amanecer.
Derrengados por un día eterno, cenamos en un restaurante mexicano enfrente del hotel.
El día siguiente comienza a las seis de la mañana. Un despertar en busca del amanecer. Nos situamos en otro punto al que todavía no habíamos ido; el "Mather Point", en el mirador una horda de japoneses, esta vez sorprendentemente ruidosos para lo que suelen ser. Buscamos un lugar donde estar más apartado. Encontramos un peñasco que sobresale un poco del borde del cañón. Así la vista es mucho más amplia. Me siento en la punta del saliente. No me atrevo a estar de pie, pero sentada la vista es maravillosa. El sol se asoma por mi derecha iluminando todo el extremo contrario del cañón. Poco a poco, de pronto parece que se acelera. De unas pequeñas cúspides iluminadas a todo el enorme acantilado. Es espectacular. Otro momento energético con el que llenarse de esa energía telúrica que te hace conectarte con la "Madre Tierra". Tranquilos lo vemos hasta que el sol está en lo alto, quedándonos con esa visión gigantesca y de luz móvil.
Desayunamos de vuelta en el hotel. Después de hacer el Check Out hacemos una última excursión por el parque. Volvemos al hotel Tovar. Por la mañana es todavía más bonito, y se ve el porqué de su construcción. Está al borde del Cañón. Un emplazamiento mágico, que ya decidieron en 1905, el año de su construcción.
Caminamos por un paseo al borde del cañón. Buscamos el camino del Angel, uno que baja hasta el Colorado, lleno de andarines, mochileros y mulas. Las mulas tienen preferencia, reza un cartel. Andamos un par de horas por el camino. La bajada es preciosa, porque aparte de más relajada las vistas te tienen entretenido.
Al contrario de una montaña, en la que lo más duro - aunque no lo peor para las rodillas- suele ser la subida, el cañón ofrece la cara inversa de la moneda. Ese es el peligro del cañón. Lo anuncian por todas partes. Entre los que se despeñan, los que les dan golpes de calor y los asesinados (sí, curiosa estadística...), tienen un cierto historíal negro que luego veremos editado en un libro muy morboso. Lo cierto es que recomiendan bajar un día, acampar abajo y subir el día siguiente. Tiene que ser precioso. Además, siempre puedes coger una mula para subir...
Después del paseo nos tomamos una aperitivo en el Tovar. Me encanta ese lugar. Con su aire de balneario alpino del mil novecientos. Con su porche y sus mecedoras, hasta no me molestan los bichos disecados que normalmente odio y casi no puedo ni mirar. Después del aperitivo en la terraza, con sus sillas de mimbre y su vista espectacular, picamos en la tienda del interior. Compramos algunos recuerdos muy originales ante la mirada divertida de una de las dependientas ante nuestra euforia colectiva. Si alguna vez vuelvo al Cañón, me alojaré en el Tovar.
Después de recoger las maletas, emprendemos nueva ruta hacia a San Diego. Un paseo por Arizona.
Pero eso ya es otra historia.
