De toallas, marchas y agujetas
Esta semana he vuelto a bailar, o a intentar hacerlo. Es un gusto sentir el cuerpo de nuevo, aunque sea a costa de forzarlo un poco. O un mucho, dada la coreografía excesivamente difícil y permanentemente a ras de un suelo que provoca moratones y excelsas agujetas.
Pero el baile me da energía y aunque dolorida y machacada, curiosamente por la mañana tengo más ganas de currar y por la noche más ganas de darme una ducha después de la paliza para salir a tomar algo.
Y a cenar quedé el martes con mis amigas. Sofia estaba un día aquí dispuesta a aprovecharlo. Mamá perfecta en Alemania y amiga perfecta en cualquier lugar, venía dispuesta a quemar Madrid. Y a juzgar por las horas que le dieron, seguro lo quemó. Y digo seguro, porque yo me retiré a tiempo. A tiempo de no quemar todas mis naves, para estar viva al día siguiente. Las dejé - a Ro y a ella- a las puertas del templo del swing. A las de ese templo a la que fui adicta y parroquiana durante mucho tiempo, pero que mi cuerpo molido y mis perspectivas del día siguiente no quisieron penetrar.
Y allí quedó el saxofonista - figura omnipresente en este blog, últimamente- que casualmente estaba tocando por allí, y otra fauna, que debió de ser muy interesante dado que la marcha acabó en desayuno a horas tempranas del día siguiente. Y todavía estoy esperando el parte, que solicito urgentemente desde aquí.
Antes cenamos y arreglamos un poco el mundo. Nuestro pequeño gran mundo particular. Y hablamos de la vida, de la evolución de las ilusiones con la edad, de hijos, de parejas estables y de parejas inexistentes. También de belleza y toallas. Sí, las toallas tuvieron un lugar predominante en la conversación. Contra todo pronóstico, se convirtieron en símbolo de previsión, generosidad o exageración. De todo hubo, en un restaurante al que no creo que volvamos porque yo me quedé con más hambre que Tarzán. En el que el decorado tomaba un lugar predominante, junto a la escasez de las raciones y la lentitud del servicio, a pesar de que nuestra mesa estaba casi en la cocina.
Y sacamos a relucir nuestras preocupaciones, nuestros momentos vitales y nuestra capacidad de reír. Y hablamos de todo como siempre, pero con más edad. Con percepciones que evolucionan de forma natural y coherente con cada una. Porque somos las mismas y somos diferentes. Gracias a Dios. Mantener esencias y evolucionar supongo que es la base para madurar de forma positiva, sin solo hacerte vieja. Porque estancarse no es bueno y renunciar a quien se es tampoco. Y por eso estos ratos se convierten en referencia y contraste.
Porque son ese camino que se anda y, a veces, se bordea. Que se junta y, a veces se separa. Pero que siempre hay que tener a la vista. Para tenerlo de referencia. Como las viejas fotos, tu habitación de pequeña o aquella canción que te transporta en el tiempo como la magdalena de Proust.
