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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

30 Mayo 2010

Los horizontes infinitos de Namibia

Escribo ahora sobre el recuerdo reciente del recién llegado. Todavía con imágenes frescas ya pasadas por el tamiz del reencuentro con tu realidad. Una vez en casa, con el sol de junio madrileño y tras dos cafés en el bar de enfrente leyendo el periódico para aterrizar sin prisa y sin pausa en la verdadera vida. La verdadera vida que se retoma después de un paréntesis que ya parece un sueño.

Este viaje he estado medio aletargada. No sé bien lo que me ha sucedido. Probablemente el contraste de lo nuevo con la tristeza de los días previos. La rapidez de los acontecimientos frente a mi necesidad de lentitud y parsimonia. El contraste de la necesidad de silencio y abstracción, con el bullicio y pragmatismo de mi grupo de amigos, que han vivido un viaje muy distinto al mío, me han hecho sentirme ajena y sumergida en mi interior, cada vez más dentro y cada vez más insegura y letárgica.

Si me tuviera que quedar con algo del viaje, elegiría los espacios; esos espacios infinitos y deshabitados, donde todo puede suceder y donde casi nunca nada sucede. Espacios infinitos llenos de dunas de colores ocre, donde un río existió alguna vez, desembocando en arena y polvo, hasta llegar al mar por un cauce subterráneo que parece inexistente. Amaneceres y puestas de sol de colores engañosos que se suceden. Colores del amarillo al rojo según la luz, con un cielo azul salpicado de nubes, que nos hicieron experimentar la lluvia en el desierto, algo que pocas veces sucede, y que a nosotros nos dejó sin montar en globo en el Namib Naukluft Park.  Recuerdos de Orix con sus miradas frontales y su cabeza regia y elegante. Señores de chaqué salpicando las dunas de una vida que parece un milagro, a juzgar por la sequedad del terreno, en la que cuatro matojos parecen ser tan alimenticios, como para albergar Orix, Springbox, y avestruces trepadoras de dunas; tan curiosas como nosotros, en una procesión de plumas y patas hasta lo alto de dunas arenosas de vértices abruptos, donde ver la puesta de sol, que a ellas también les gusta.

Paseos por cañones y vuelos en avioneta para ver los límites de un desierto que termina en el mar. Como diseñado por un arquitecto de los extremos, al que le gustasen combinaciones de parajes imposibles, dunas donde morir asfixiado, mares temerarios donde morir ahogado y un círculo blanco en medio en donde una vez hubo vida, representada por árboles disecados como fantasmas moviendo sus brazos para asustar, en medio de un lago blanco y seco, con montañas de arena ocre y un cielo azul mágico detrás. Es Dead-Vlei, una representación de la muerte, en la que la vida de unos pocos turistas extasiados, fotografía como un lugar inhóspito y fotogénico. A su lado Sossusvlei, se rodea por unas dunas gigantescas despidiendo lo que alguna vez fue un río que murió en la arena. Un río que todavía es capaz de alimentar algunas plantas poco sedientas adaptadas a un medio seco en el que la vida parece imposible. Desde la avioneta, pilotada por un jovenzuelo sudafricano, llamado Roland, al que yo pregunto si tiene suficientes horas de vuelo mientas le palpo el brazo, se divisan pequeños círculos en el terreno, un paisaje lunar, en el que determinados animales, auténticos supervivientes de la escasez, originan paisajes extraños; los círculos de la hadas. Las dunas gigantescas terminan en un mar bravo, creando precipicios unas veces, en las que parecería posible rodar como una croqueta hasta caer al mar. Pero las alturas y la fuerza de los elementos, lo harían imposible.

Un intento fallido de globo que nos hizo levantarnos a las 4 de la mañana y tener un día elástico e interminable por un parque infinito de vistas excéntricas e inimaginables. El día anterior subimos a la Elin Dune a toda velocidad para llegar a tiempo al cierre de puertas del parque. El día siguiente, apuramos todas las horas al máximo; los primeros en entrar y los últimos en salir. A la puesta de sol en las dunas, se junta el "momento Asimbonanga, auténtico grito de guerra del viaje, mientras bailamos mirando las sombras del horizonte. Nuestro hotel está a una hora en coche de la puerta del parque. Conducir de madrugada por carreteras de grava, en las que se cruzan animalitos para poder llegar a un amanecer frustrado en globo, supone un extra agotador a un viaje lleno de madrugones.

Solitaire está de camino a la nuestro siguiente destino, en teoría un pueblo, que no es más que una panadería regentada por un alemán que alguna vez, antes de probar todas sus tartas, fue delgado, y una gasolinera junto a un cementerio de coches, que le dan un aspecto desolado, a la vez que pintoresco. Los panes del alemán gigantesco, además de una rica tarta de manzana junto con el surtido de ibéricos que traemos, nos salvarán de unas cuantas pájaras ante la soledad del camino hasta Walvis Bay. Un camino de paisajes infinitos, con playas gigantes y mar a un lado y dunas doradas al otro. Un camino inhóspito, en el que los distintos elementos se vuelven extremos; el mar infinito y enfurecido, la tierra, presente y amenazadora. Llegamos a Walvis Bay y nos adentramos en unas salinas de un color rojo sanguinolento. El rojo de alguna bacteria o algún bicho muerto que comen las hordas de flamencos que invaden una bahía inhóspita. Flamencos que cuanto más comen más rosados vuelven sus plumajes. Al lado grandes bloques de sal blanca. El blanco y rojo se juntan en otra extraña combinación de la naturaleza. En Walvis Bay tomamos una Coca-Cola en un club naútico lleno de rubiales. Serán sudafricanos o namibios de primera clase. Un retrete cubierto de una felpa de camuflaje nos hace pensar que algún antecedente inglés, con su pasión por las moquetas, existe en el Club al borde de la bahía.

Decidimos hacer un picnic debajo de un árbol con vistas a una bahía, de mar calmo y viento suficiente para hacer kite surf. Un espectáculo muy distinto al de las avestruces haciendo trekking, que habíamos visto en la parada anterior. Seguimos de camino a Swakopmund, donde nos espera un apartamento de unos azulejos espantoso por fuera y de un lujo de decorador en el interior, junto con mil mandos a distancia entre los que se incluye un rojo-alarma que no hay que pulsar. Lástima que solo una noche no nos de tiempo de usar la bañera de un moderno colonial y reirnos más de las lucecitas que adornan el cabecero de la cama de Jose, como si de un picadero de soltero se tratase. Tras un paseo por la playa, unas cervezas cuajadas de risotadas, ante la mirada indignada de un alemán estreñido en busca de paz y una cena de un pescado insípido en una especie de camarote de barco en la que se ha convertido la barra de un restaurante,  nos vamos a dormir, para hacer al día siguiente un nuevo intento de globo, gestionado por Patricia, la anfitriona del hotel-apartamento supereficaz que nos había recibido a la llegada.

Esta vez lo conseguimos. El madrugón se ve acompañado de un Lawrence encantador. Lobo de mar volador, de orígenes africanos variados y todos blancos, que nos acompaña en nuestro camino hacia la costa de los esqueletos buscando el viento adecuado para una subida en la que nosotros insistimos una y otra vez. Después de echar a volar un par de globos de colores para ver hacia donde nos llevaría el viento, decide que sí, que podemos intentarlo. El viaje en globo es suave y plácido como volar en una pluma, en una alfombra mágica que sigue los dictados de la física y los designios del aire caliente. El mar a un lado, el desierto al otro y nuestra sombra redonda haciéndose cada vez más pequeña. Por fin lo conseguimos, y el aterrizaje resulta de lo más divertidos, todos encogidos en la cesta como enanos protegidos por un mimbre duro que la investigación de materiales no ha conseguido sustituir. Abajo nos espera un desayuno de champagne y embutido al más puro estilo alemán. Lawrence es simpático y servicial, con la gracia justa de quien tiene ya unos cuantos años y sigue siendo un aventurero. Me hace una foto haciendo un equilibrio sobre la botella de champagne ante la infinitud del paisaje. Conduzco yo por el desierto siguiendo las huellas de los coches de Lawrence hasta la carretera principal. Al entrar piso sin querer el acelerador, Lawrence quiere ponerme una L detrás.

El resto del camino, es un día de paisajes infinitos e inhóspitos, un viaje de polvo y horizontes sin fin. Entramos en la costa de los esqueletos, donde barcos varados hace mucho y hace poco tienen distintos estados de descomposición. Donde viven elefantes que se esconden sin saber cómo han podido adaptarse a un medio seco sin aparente vida. La vida marina de los leones marinos de Cape Cross, sin embargo parece abundante a juzgar por el hacinamiento de miles de ellas en el cabo, como si de una manifestación pacífica se tratase. Seguimos conduciendo por este paraje solitario; el mar a un lado, el polvo del desierto al otro. Una puesta de sol entre formaciones montañosas y espacios desolados, nos hace jugar con las sombras de nuestros cuerpos sobre el terreno rojizo y seco.

Saliendo de la costa de los esqueletos seguimos ruta hasta Damaraland, concretamente hasta Palmwag, donde reside nuestro próximo destino. El camino, nos depara oscuridad y unos badenes llenos de charcos gigantes difíciles de franquear con un coche que va cargado y no es 4x4. Por un momento, nos vemos tirados en mitad de la nada. Nos bajamos del coche y atravesamos a pie el río formado entre la grava dentro del badén. Jose pasa el coche por un lado que parece menos profundo. Unos perros se oyen ladrar cerca, la noche nos ha invadido. No hay luz, ni gente, ni ayudas posibles cerca. Al rato otro obstáculo similar. Demasiado tiempo en coche para encontrarnos con esto al final del día. Superada esta última prueba, llegamos a nuestro lodge en Palmwag, donde nos recibe un blanco gay y borde que no supera nuestras expectativas de premio a la llegada de un día eterno lleno de obstáculos, altibajos, nuevas experiencias y un paisaje lunar, desolado e inhóspito, un paisaje de muerte y soledad, que dará paso a nuevos paisajes los días siguientes.

Paisajes también infinitos, en los que la búsqueda de animales y los amaneceres y atardeceres de luces mágicas sucederán al desierto, en un país de horizontes infinitos.

Tags: viajes, namibia

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Señorita Honeychurch

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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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