Funambulista
Camino estas últimas semanas por la cuerda floja. Camino con mucho cuidado, sin red y sin arnés, con toda la técnica aprendida en bastantes años de experiencia. Abajo el precipicio, en el camino el tanteo, el tacto del cable en mis zapatillas ligeras que no interrumpen con ninguna suela las presiones sobre el pie, las sensaciones de donde están los límites a los que agarrarse sin llegar a caer. Delante veo claro el camino, las cosas que me interesan, y cada vez más claras las que no. Eso ayuda, supongo.
Las rutas, las direcciones, el caso omiso a los entretenimientos superfluos, el ubicar a cada uno donde en realidad está, son aprendizajes de funambulista madura. Imagino que aquí estoy yo. Ya he llegado a este punto, donde todavía tengo un cuerpo musculado y más armónico que nunca, y una cara y una mente que denotan el paso de la edad. Me caeré menos, sonreiré menos por estupideces. Gajes del oficio de cumplir años, supongo.
Ando últimamente entre varias aguas, sintiéndome pez invertebrado que se adapta a cualquier medio sin problemas, pero que no vive casi ninguno como propio. Pez que sabe demasiado para poder escuchar opiniones banales sin ningún fundamento y demasiado exótico para vivir en un mundo de peces de pecera. O quizá debatiéndose si, en realidad, merece la pena ser tan exótico y no habrá llegado el momento de encontrar una pecera acomodada a su tamaño y color. Con ganas de pertenecer a alguna parte, porque nadar en solitario es un poco cansado y ya ha visto muchos mares.
Dispuesta a ver unos cuantos más, pero con esa sensación de cansancio que da el estar siempre atenta a no caerme, a no perderme en otros mundos, a estar tan porosa a cuanto estímulo exterior me sacuda, empiezo a pensar en replegarme.
Tomando perspectiva sobre mi espíritu y mis decisiones sobre él. Entendiendo porqué mi carga es más dificil de llevar sobre el cable que la de otros que parecen caminar ligeros sin ningún problema de equilibrios. Porque ser independiente, tener una opinión propia, muchas veces contraria a la de la mayoría que se respalda en mantras y doctrinas, y extraordinariamente coherente solo conmigo misma, es mucho más cansado. Porque no delego nada.
Estos días ando entre muchas aguas, sin pertenecer a ninguna, sintiéndome vieja y joven a la vez. Muy lejos de jóvenes malcriados y mucho más cerca de mayores descreídos pero generosos. Generosidad, qué bien más escaso, que virtud más dañina para uno mismo. Porque dar y dar y dar, sin esperar nada a cambio, es una actitud demasiado cristiana, y demasiado idiota para el mundo en que vivimos. Solo conozco otra persona que lo haga aparte de esta funambulista estúpida. Mi Blanche. Mañana cocina un cocido para 15. Porque sí, porque ella lo vale.
Reconozco que estos días ando con el ánimo un poco flojo pero con el espíritu luchador. Reconozco que estoy en uno de esos momentos en que la vida y la muerte están presentes todo el día en mi cabeza. Y ante estos asuntos, casi todo me parece insustancial. Ando preocupada y triste. Pero también siento que se empieza a imbricar en mí una nueva serenidad. La serenidad de la madurez.


Maite dijo
Bienvenida... y tranquila; a días se pasa ;-) Anímate pececito maduro, que vales un montón, pero un montón aún más grande cuando sonríes. Un besazo.
17 Febrero 2010 | 11:09 PM