De compañías y soledades
Reflexiono estos días sobre la soledad en compañía, sobre ese sentimiento que va por libre y se adhiere a ciertas personas como mezclándose con su sangre.
Después de días en los que he visto amigos y más amigos. De sentirme querida, de querer a todos y cada uno de ellos por sus particularidades, sus diferencias y sus circunstancias personales. De verlos alegres y tristes, sobrios y borrachos, enteros y quebrados. Reflexiono yo estos días sobre la soledad, o sobre el sentimiento de soledad, que puede superponerse de forma simultánea a la compañía física.
El porqué supongo que se encuentra, en que no siempre la compañía física llega al alma de cada uno, a sus fantasmas y soledad intrínseca, a esa cuyas razones cada uno conoce o trata de conocer y que son siempre de lo más diverso y particular. En unas fechas en las que la familia se hace muy presente, estas nuevas familias hechas por amigos se reunen y se emborrachan, no se sabe si para celebrar la libertad del que se cree sin ataduras o el consuelo del que siente que, por unas u otras razones, es incapaz de formar la suya, una que le satisfaga en todas sus vertientes.
Quizá seamos una generación de insatifechos crónicos, una generación de malcriados emocionales, enseñados a valorar tantas cosas que ahora las creemos indispensables para sentirnos completos. Somos tantos con el corazón de cristal, quebradizo y sensiblón, corazón amurallado por el miedo. Por sentir que si se rompe otra vez nunca más se podrá reconstruir, ni con superglue. Individuos tocados, o individuos temerosos a lanzarse al vacío y darse con el suelo, sin tener mucha fé en poder volar, en que una ráfaga de viento les lleve al infinito, a ver el mundo en toda su magnitud desde el aire.
Y es que tenemos un espíritu nómada y unas necesidades burguesas, una curiosidad insaciable y un miedo a que nos penetren el corazón, protegido por mil capas de experiencias y sueños incumplidos. Somos todos unos cobardes, unos seres vulnerables que deambulan flotantes por el mundo en busca de una salvación mágica. De una salvación soñada en silencio, sin tener forma ni sustancia, sin tener localización. Una salvación errática por poco material, y vaga por no vislumbrarse en forma de objetivo por el que luchar.
Y los individuos andamos solitarios por el mundo, disfrutando de lo que nos dá y esperando un sentido superior que nunca llega, porque somos demasiado cobardes para dárselo nosotros mismos, y dejarnos el corazón al aire, a la intemperie de una pulmonía, un simple catarro o un ataque que nos deje muertos. Muertos de amor, de desamor o de placer integral, de ese que te recorre el cuerpo y el alma al mismo tiempo y que da tanto miedo como esas montañas rusas que parecen que se van a salir de los railes, como esos momentos que si fueran eternos pareciera que a uno le sería imposible aguantar tanta intensidad.
Pero somos más fuertes de lo que creemos, y tenemos que ser valientes, porque la vida no es un paseo por unas nubes planas y sin vegetación, la vida es una cordillera, llena de picos, rocas y praderas, y tenemos que ponernos todos de una vez las botas de montaña y empezar a subirla, con un bocata en la mochila.
PD: Dedicado a todos mis amigos solteros, que vagan en soledad por las montañas.


Ismael dijo
Me suelen gustar tus posts, pero este ya es como para imprimirlo y subrayar unas cuantas frases.
Después de releerlo un par de veces, creo que en algunos párrafos das en el clavo (o en unos cuantos clavos de los que llevamos dentro). En otras cosas nos echas demasiada culpa encima, quizá.
Queda apuntado para debatirlo con un vino delante.
Gracias mil, en cualquier caso.
11 Enero 2010 | 10:17 PM