Pienso en Salvador y me da calor
Escribo en estos días de frío invernal sobre el lugar más caluroso del mundo. Evoco el lugar, donde el calor nada tiene que ver con las temperaturas medidas en grados centígrados, sino con el que desprenden unos seres humanos movidos por la pasión, el baile, la capoeira y los ritos religiosos de la más pura tradición africana.
Salvador es todo eso y seguro que mucho más. Lo que pudimos comprobar una vez volvimos de la boda y nos alojamos en nuestro hotelito del Carmo, un barrio céntrico, a un paseo del Pelourinho (el famoso Pelo o centro colonial de la ciudad) con un toque un poco más bohemio y escogido.
Tras una cena frugal con los dos Fernandos, Blanche y yo intentamos meternos en algún concierto de los que Salvador está lleno. Llegamos tarde a uno de un grupo africano. Pero el portero vio que éramos carne de cañón de mendigos y estafadores en la puerta del local y nos dejó entrar. Dentro, sudor denso, baile al borde del éxtasis y mucho manoseo, gay, no gay, negro, no negro, guiri, no guiri; todo este tipo de combinaciones diversas en este lugar de perdición llamado Salvador, donde dos escenarios cobijaban a unos percusionistas que retumbaban y unos cantantes dando botes al más puro estilo tribal que respondían con estribillos rítmicos e hipnóticos. La elección de unas sandalias negras atadas a la pantorrilla que dejaban mis pies al ras de un suelo en el que chapotear en charcos de cerveza, agua y demás líquidos que no quiero investigar, fue como mínimo inadecuada.
El empedrado de Salvador es resbaladizo por empinado y requiere suela gorda o actitud vital de negación del sufrimiento, o del disfrute del esparcimiento permanente que allí se vive. Terminado el concierto, los cuerpos sudorosos se abrazaban, morreaban y sobaban mientras que cuatro guiris con unas cuantas copas de menos pululaban completamente fuera de lugar.
A la salida, quisimos dar una vuelta hacia donde se dirigiera el ambiente. Pero Salvador es más de juerga tempranera o permanente, como si no hiciera falta la llegada de la luna para desvariar o dejar salir la parte salvaje de cada uno. Una parte salvaje que parece estar siempre presente, para bien o para mal. De ahí la cantidad de policía que ha inundado las calles maravillosas y pintorescas del Pelo, que antes eran más difícilmente transitables que en la actualidad.
En Salvador pasan cosas como encontrarse a Manu Chao tomando una cerveza con su banda mientras escucha un grupito tocando en directo y el batería desparrama bailando en medio de la calle. Pleno de dos: desde que pisamos Bahía nos hemos encontrado con Carlinhos y con Manu, cualquiera diría que Michael Jackson se ha escondido de su fama y va a aparecer cantando por una de sus cuestas empedradas seguido de Olo-Dum y sus tambores de colores.
Ya cansados, en el fondo estábamos en el día de resaca post-boda, decidimos irnos a dormir.
Al día siguiente, Blanche y yo deambulamos por un Salvador más tranquilo en fase de mañana. Muchas iglesias están cerradas porque es un día festivo. Paseamos por el empedrado, disfrutando de la belleza de esta ciudad detenida en el tiempo, mezcla entre Cádiz y Lisboa. Bajamos a la Ciudade Baixa por el ascensor del 1900. Cerca del Mercado Modelo, lugar original del tráfico de esclavos africanos que hizo de Salvador la ciudad negra que hoy es, hay un auténtico bullicio. Día festivo, de mercadillos y botellones, día de bailes lascivos y capoeira peleada o bailada en las calles. Cuerpos que parecen inexistentes, en los que las chocolatinas se acompañan solo de un poco de piel, negra como el sin leche, musculadas y fibrosas sin ningún exceso que mañana se vaya a convertir en grasa por dejar de bailar. Nada sobra. Nada falta. Ellos. Ellos son los que destacan con sus cuerpos imposibles de superhéroes de plástico. Pero son de piel y se mueven con la elasticidad del viento y con la ligereza de las olas del mar. Su mirada, unas veces desafiante y otras juguetona, hace desorientarse al guiri que mira desconfiado, sin saber si recibirá una patada o un abrazo de ese ser poderoso. Recibe la petición de un donativo. Una extranjera regordeta y rubia, que alguna vez dio clases de capoeira por las tardes en la universidad, se mete con un par de ovarios en la rueda de negros sobrehumanos. Hay espacio para todos, pero hay que guardar un turno, un ritual. Por suerte hay una especie de maestro de ceremonias que se lo indica.
El primitivismo de botellón, me hace sentirme un poco como en las fiestas de la Latina o algo así, aunque a Blanche empieza a horrorizarle el ambiente etílico y sudoroso.
Ya de vuelta en el Pelo, comemos algo en un café muy mono. Una española surge de un ordenador y se pone a hablar conmigo. Me cuenta que vive en Londres y que se va a pasar ni se sabe cuánto tiempo de vacaciones. También nos cuenta que se va a venir a vivir a Brasil porque le encanta. Lo entiendo. Salir de la nube londinense llena de educación británica contenida y empezar a ver cuerpos bronceados, lustrosos y firmes, con un gran sentido del ritmo, puede cambiar la perspectiva a cualquiera (por eso yo tengo un profesor de baile brasileño, claro). También nos cuenta, como si no le importara lo más mínimo que le habían robado prácticamente todas las pertenencias. Y tan contenta la chica. Ese es el estado de ánimo que transmite esta ciudad. El de necesitar poco más de lo que se tiene en un clima de alegría, buen tiempo, buena comida y seres pasionales. Está claro, que si todos los lugares del mundo fueran así, el mundo sería incapaz de avanzar lo más mínimo envuelto en una complacencia absoluta y hedonista.
Por suerte, todo acaba y ahora estamos en la nevada del año, con pereza casi de salir de la oficina.
Por la tarde, nos dirigimos al concierto de Manu Chao, incitadas por Fernando y el resto de la troupe de la boda que anda pululando por Bahía. Rómulo ha configurado un nuevo grupo de amigos que no se conocían hasta hace dos días y que ahora saltan y bailan con Manu en un concierto con energía y marcha mientras se intercambian cervezas.
El público del concierto es mayoritariamente blanco, cosa que no deja de resultar sorprendente, teniendo en cuenta la proporción de población negra de la ciudad. El precio, o el músico parece que no acaban de convencer en un martes en el que las calles están llenas de conciertos gratuitos.
Después de botar y pasárnoslo como enanos, volvemos al Pelourinho y nos sentamos a comer algo en una terraza cerca de otro concierto callejero. Cuando acabamos tropezamos con una timbalada o tamborrada super-bailonga que empatiza con nosotros y nos vuelve a hacer bailar. Salvador es mejor método anticelulítico que he visto en mi vida. Hace muchos años ya lo experimenté en un viaje de fin de carrera en el que el resultado de una semana bailando fue similar al que tienen Carmen Sevilla cuando va a la Buchinguer en vacaciones. Una especie de rebanamiento de muslos que dejaron a mi madre sin habla con fue a recogerme al aeropuerto. Ahora en menor medida – porque me alimento mejor- mis piernas me pesan de tanto baile (y eso que estoy acostumbrada).
Después decidimos dar una vueltecillas por las callejuelas para ver el ambientillo que se cuece. Mucho vicio. Bebida, drogas y sexo. Unos transexuales muestran sus incipientes pechos al mundo, indicando que todavía no son mujeres. Porque si lo fueran estarían en top-less algo prohibido en Brasil. Prohibición que se solventa con mínimos bikinis, en los que la parte de arriba y de abajo son telillas evanescentes.
Si uno mira un poco más allá, la noche muestra su cara más sórdida: adolescentes en la calle con comportamientos que solo explican las drogas, compra venta de carne no sabemos a qué precio y miseria que se borra por bailes rítmicos y un sentido vital lleno de alegría.
Eso es lo que engancha de Salvador. La más básica y terrenal representación de la vida.

blogmulo dijo
Tiene gracia, yo no tengo las mismas vivencias de Salvador... Debe ser por mi vida bohemia en Madrid que ya casi nada me asusta :-)
O quizá la relación con los soteropolitanos (gentilicio para los oriundos de Salvador) sea diferente cuando vas de la mano de una de ellos...
Este año vamos a pasar el Carnaval en Salvador, el mayor espectáculo de calle del mundo!
4 Enero 2010 | 11:25 PM