De boda en Praia do Forte
Solo con coger un taxi en Salvador para que nos llevara a Praia do Forte, una percibe que ha cambiado de atmósfera. La samba ha penetrado en el vehículo nada más arrancar y el conductor ya es un negro muy bien hecho que puede llevar nuestras maletas con un solo dedo y al que entendemos mucho peor.
El portugués de Salvador lo entendemos peor que el de Rio, cosa curiosa, pero también todo el mundo parece sonreir mucho más. La llegada a la Pousada ya es con sonrisas. Un regalo de bienvenida y un programa para los eventos nos auguran unos días fabulosos. Todo detalles que te recuerdan a los novios. Todo cuidado y con mimo. Nos dirigimos a la pousada de al lado, lugar donde se alojan la mayoría de los invitados y donde tendrá lugar la celebración de la boda. Preguntamos por Rómulo. Nos dicen que se ha ido todo el mundo a Salvador. Por lo visto, son las fiestas de Santa Barbara y Bahía es un auténtico fiestón. Luego nos lo contarán nuestros amigos.
Blanche y yo decidimos dar un paseo por el pueblo y tomar algo. Nos encontramos con un escenario en la plaza con un festival de jazz. Bahía es música, Bahía es calor.
Por la mañana, después de un sueño reparador, nos vamos encontrando con el resto de los invitados pululando por el pueblito. Un pueblito que yo esperaba más pueblo real y menos turístico, pero que hace fácil los encuentros. Vamos a ver la reserva de tortugas del proyecto Tamar dedicado a su protección. Toqueteamos lo que nos dejan, una especie de babosas gigantes y estrellas de mar, como dos niñas traviesas en el museo de la Ciencia.
Luego tomamos algo con los amigos. Estupendos, aunque un poco cruditos para el sol bahiano. Llega la hora del destape, un poco extraña acostumbrados a una relación mucho más textil. Blanche y yo caminamos por la playa hasta encontrar el paraíso. El paraiso se encuentra a 15 minutos andando desde el pueblo. Una playa larga, desierta, llena de palmerales y un río inesperado. Allí, por fin nos bañamos. Praia do Forte tiene una costa llena de rocas. Dicen que se forman piscinas naturales, pero las que yo vi eran como charcas calentorras donde no me apetecía nadar. A mi me gustan los espacios amplios.
La tarde llegaba y todavía no habíamos comido nada. Nos compramos un salgado y una coca cola y nos sentamos cerca del escenario del festival de jazz. Como si todos los tópicos hicieran su aparición de repente, Carlinhos Brown está ensayando su actuación de la noche. Como quien se come un bocata escuchando el loro del vecino, Carlinhos nos cantaba en directo mientras tomábamos la Coca-Cola con vistas al mar. Así es Bahía, música y casualidad.
En esas estábamos cuando nos dimos cuenta de que no nos iba a dar tiempo para arreglarnos para el Luau (fiesta en la playa al atardecer con vestimenta blanca para ofrecer flores a Yemanyá y pedir un deseo).
Nos vestimos y fuimos a la puerta de la Pousada de la boda para que nos recogieran y nos llevaran en tuc-tuc hasta el lugar de la fiesta. Unas bahianas nos recibían poniéndonos collares y sonriendo. Nos dieron un regalo que resultó ser unas havaianas blancas con un pin con el anagrama de la boda (sí, también hicieron un anagrama; sus iniciales realizadas con caligrafía japonesa). Todo detalles una vez más.
La luz del atardecer, el mar de fondo, todos de blanco y una barra de cocteles y una mesa con mujeres vestidas de bahianas preparando "acarajé", una especie de masas redondas fritas que luego se rellenan de unas salsas y de camarones. A una determinada hora, nos repartieron flores para ofrecer al mar. Nos dirigimos a la orilla y cada uno con su deseo tiró las flores al mar. Flores blancas navegando con deseos hacia las olas. A la mañana siguiente nos pareció ver dichas ofrendas traidas a la orilla mientras paseamos por la playa. El resto fue fiestón, música brasileña, caipiriñas hasta que por fín se disparó el baile y estalló la fiesta.
A la vuelta, nos acercamos a ver si continuaba Carlinhos cantando, pero ya era demasiado tarde. Nos dimos una vuelta de sábado sabadete para ver el ambientillo. Un ambientillo de cuerpos esculturales - más de hombre que de mujer, para mi gusto- muy expuestos. Pero al final, ya cansada me fui a dormir. También había que dejar a los chicos por si querían ligar a su aire.
El domingo playa y relax para estar descansada para la boda. Ducha con el vestido en el baño con vistas al autoplanchado (tantos días con el modelito en la bolsa de viaje...).
Nos arreglamos y fuimos a la Pousada. Toda engalanada esperaba el gran evento. El novio saludaba a los invitados. No he visto novio que haya disfrutado más de su boda. Tan feliz, tan a su manera.
La ceremonia tuvo lugar, un poco a la americana, pero con el toque español de un cura que casi se arranca a bailar un "zapateao" en cuanto empezó a sonar la guitarra española. Un altar montado en el jardín, con unas sillas y una cubierta. Una ceremonia corta, que se remitía prácticamente al casamiento. Discurso entrecortado y emocionado de Iván, el hermano emocionado y sensible del novio que casi nos hizo a todos llorar. Y el amor que fluía, las vibraciones positivas de amistad, cariño y emoción que recorrían el aire y la cara de los novios.
Y casamos a Rómulo. Y lo dejamos en Brasil. Y nos alegramos porque está feliz, y nos apenamos porque se queda lejos. Mucha emoción me recorrió por un amigo mágico al que quiero. Un amigo de no hace tanto tiempo como complicidad.
Y la celebración transcurrió entre caipiriñas y barras de sushi, entre olvidos del segundo plato y gafas de cotillón, entre chaparrones inesperados que caldeaban más el ambiente. Entre bailes, fotos de los amigos, discursos de los novios y un buen ambiente general. Gente estupenda en la boda. Gente inteligente, factor común. Y al terminar la música, irrumpió una amiga con los cantos regionales, los cantos regionales de casi toda la geografía española. Silencio interrumpido por el "yo soy minero" y un montón de temazos que podría cantar Carmen Sevilla. Cuando ya parecía que se acababan, recurrimos a las canciones de campamento y groserías varias. Todo para no irnos a dormir, en un huso horario que amanece en cuanto te descuidas. Cuando Jorge estuvo en el agua de la piscina, me fui a dormir.
Al día siguiente, continuó la boda gitana; plan de feijoada y baños en la piscina. Plan de música en directo y despedida general. Tranquilidad, resaca y agua. Sensación de adiós de campamento de verano. Pena de crío pandillero envuelta en estoicismo de adulto civilizado. Abrazos a los novios, abrazos a los que parten, abrazos a los que se quedan. También parto yo.
Caida la tarde, nos dirigimos a Salvador de Bahía, una ciudad en la que la música, el sexo y lo primitivo tratan de camuflarse con la civilación. A duras penas lo consigue. Ni falta que hace.


blogmulo dijo
Un placer singular revivir la propia Boda-Sarao a través de tu mirada...
Gracias por tu dulzura y por tu Amistad!
Has escrito algunas frases para enmarcar que me hacen sospechar que volverás a Bahía... :-)
4 Enero 2010 | 11:06 PM