Maternidad
Hace tiempo que vengo dándole vueltas. Siento algo interno e íntimo que no es fácil de explicar porque atiende a mi parte más irracional. El lado de las emociones, siempre lo he dejado yo un poco abandonado para atender inquietudes intelectuales o frivolidades varias. Siempre me han enseñado cómo hay que ser, cómo hay que pensar, cómo hay que vivir. Qué es lo correcto atendiendo a una moral muy elevada y exigente que yo me he ido construyendo a mi imagen y semejanza, incorporando las novedades que requieren nuestros días, unos tiempos complejos y cambiantes.
Los sentimientos, mi enorme sensibilidad y las emociones los aparqué porque hacían sufrir. Siempre habría tiempo para atenderlos. Porque equivocadamente pensé que estos asuntos no se trabajaban, simplemente existían, estaban ahí y punto. Sin embargo, tras años haciendo miles de esfuerzos, construyendo una especie de super-yo que nunca era suficiente para tan alta exigencia, miles de actividades, miles de viajes, miles de personas, me encuentro sola y vacía. Inmadura dentro de unas emociones intensas que intento dominar como jinete inexperto subido a caballo salvaje. Muy madura en mi reflexionar, siempre bien construido y racional. En mis análisis valientes en los que me veo desnuda delante de un espejo y me veo como una niña de 15 años. Porque en algunas cosas, parece que ahí me quedé. Tampoco tuve la suerte de otras personas, que encuentran quien les empuje a caminar por amor. A mi más bien siempre me paralizaron cuando iba a dar el siguiente paso.
Y lo curioso es que a veces pudiera parecer un ser viejo y sabio, y al segundo parezco una niña consentida. Me gusta mantener a la niña en las ilusiones, en la capacidad de disfrutar, en la sorpresa que me produce la naturaleza y la belleza del mar. En los milagros cotidianos que cada día me sorprenden, en el ansia de conocer y aprender.
Ahora me encuentro sola y vacía, con necesidad de amar. Ya no pienso que a un hombre, he perdido la esperanza. Hasta me da pereza volver a empezar. Siento que al final todos marchan sin grandes respuestas. Dejando interrogantes e ilusiones rotas en unas sábanas arrugadas. Supongo que el problema es mío. Seguro que sí, porque la cantinela se repite demasiado como para que el azar sea tan cabrón. Pero ya me da lo mismo. Tiro la toalla.
A lo que no quiero renunciar es a amar de forma incondicional, a entregar mi alma y a dar lo mejor de mi misma a un ser que lo merezca. O que no lo merezca, pero no lo pueda elegir. En esto los padres siempre tienen ventaja. Y yo quiero también aprovecharme de ella. Igual suena patético, pero yo quiero dar amor y la forma más incondicional que conozco es teniendo un hijo. Ya he hecho un razonamiento perfectamente construido para una necesidad. Una voluntad de ser madre que siento en mis entrañas y a la que no quiero renunciar porque sí. Porque no me veo peor que otra para serlo. O quizá sí y estoy tentando al destino que por algo me deja sin hombre.
Es mi espíritu inconformista el que se niega a aceptar la realidad que muchas de mis amigas apenas se plantean. O simplemente no cuentan, porque no son tan libro abierto como yo. Y ya estoy con los trámites de adopción y dando vueltas a la posibilidad de inseminarme. Y cuando digo ésto me siento como una vaca en una industria cárnica o lechera. Pero ya me he estado informando. Para empezar es mucho más seguro que hacértelo con tu pareja, que a estas edades puede venir ya con cualquier cosa.
Pero tomar una decisión así equivale a rubricar la falta de esperanza. Hace un año me parecía algo egoista, pero ahora, sobre todo viendo las dificultades para adoptar, no me parece más egoista o generoso que lo que puedan hacer dos en una pareja. Un poco raro, eso sí. Lo de llevar en el vientre al hijo de alguien a quien no conoces. Pero, hay tantas parejas que nunca se conocen. Tantas parejas que luego pelearán por la custodia de los hijos y se tirarán sartenes a la cabeza. Qué quizá mi opción no sea peor que la de otros.
Tengo también el embarazo sola, las tardes sola, el parto sola, las enfermedades sola, las decisiones sola, metidas en la cabeza. Y las renuncias. Renuncias a mis viajes lejanos y mi sensación de libertad, renuncias a mis planes frívolos, mi posible novela que nunca escribiré, las fotos que nunca aprenderé a hacer o el vagueo deambulante por mi casa. El posible adiós a un barrio que a mi me ha transformado en parte pero que seguramente no fuera el más apropiado para un crío. Y la renuncia al amor de un hombre, que si ya sola es complicado, mucho más lo será con una mochila. Y las ayudas necesarias, las zancadillas en el trabajo y el no llegar a nada a tiempo. Todavía menos a tiempo que ahora.
Todo eso rula por mi cabeza estos días, apenas me deja dormir algunas noches. Me tiene revuelta y rumiante. Rumiando lo que será una decisión que marcará mi vida inconformista.
Pero tengo claro una cosa: quiero ser madre.



Ismael dijo
Un post duro pero bonito. Describes perfectamente una sensación que están experimentando últimamente más de una amiga. Alguna está ya en el proceso, y este fin de semana otra me ha estado contando los mismos planes. Y las mismas preocupaciones.
Yo no veo que sea para nada algo egoísta (incluso todo lo contrario), y creo que hay que renunciar a algunas cosas, pero lo mismo no a tantas como tú planteas. En cualquier caso, las renuncias por deseo propio no son renuncias realmente, si no cambios.
Es una gran aventura, sí, pero me parece que tú eres una buena aventurera.
8 Noviembre 2009 | 11:23 PM