Rewind
Rescatar el pasado inmediato cuando se está en medio de una ola dándote un revolcón puede resultar una tarea complicada. Así me hallo en este momento; en medio de una vorágine de trabajo, responsabilidades y logísticas tratando de ponerme al día de una forma lenta y pausada, mientras aparece Sandra Bullock en la pantalla de esa televisión que es mi única compañía del día.
Ayer conseguí silencio y decir que no. Decir que no al último acontecimiento social para reconectarme en casa, tranquila y sin planes esperándome a cada hora. Y hoy estoy mejor, más descansada y lista para la fiesta brasileña de esta noche, que será muy brasileña. Antes un café con mi último desamor, porque yo soy así y nunca cierro puertas.
Hablando de puertas y ventanas, quizá esté llegando la hora de cerrar algunas, de ubicarme en la soledad del jefe y distanciarme de la implicación de las personas que trabajan para mí. Porque mi empatía me está matando. Pretendo ayudar a todo el mundo y es siempre a mi costa. Como me dice mi padre, "esas cosas te pasan por buena", y quizá tenga razón, quizá tenga que empezar a ser más egoista y ponerme orejeras cuando no me interese ver, tapones cuando no desee escuchar problemas y desatinos de la gente, sobre todo en esos días en los que parece que tengo una consulta gratuita de psicoterapia y más me valdría tener un divan que una mesa de reuniones.
Tener unos valores muy exigentes conmigo misma y un sentido de la responsabilidad que excede a veces mi propia capacidad, me genera en ocasiones estados de stress. Compatibilizar comprensión con exigencia hace que finalmente yo me cargue con todo, hace que yo sea el engranaje que se estira y estira para dar respuesta a cualquier demanda multilateral. Y en eso estoy trabajando, en dar a cada cual su responsabilidad y su decisión, sin que me carguen a mí con su vida.
En esas cavilaciones estaba yo el otro día, cuando al final de uno de esos días agotadores y resuelta a bajar mi nivel de responsabilidad moral, cogí el último autobús para llevarme a mi casa y relajarme en el sofá. Un trecho de escasos minutos fue suficiente, para que se pusiera a prueba mi teoría. De pronto oigo a un señor gritar. Miro atrás y veo unas piernas tiradas en el suelo entre dos asientos. El señor está tirado en el suelo y lanza gritos de dolor como si le estuvieran matando. El conductor de autobús para. Se forma batiburrillo en el autobús. Todo el mundo mira y el conductor deja parado el autobús en mitad de uno de los carriles de la Castellana. El señor grita. El autobusero se acerca. El señor increpa al conductor diciéndole que conduce fatal. Realmente parece que se ha hecho daño. Mientras, la gente del autobús pregunta al conductor que si va a seguir su ruta, y ante su negativa, deciden largarse a por otro autobús en masa, pasando olímpicamente de la situación del señor postrado dando alaridos. La que está dejando de ser responsable no tiene más remedio que tomar las riendas y llamar al Samur. No me puedo creer, que tan solo cinco minutos de analizar con mi loquera mi tendencia al exceso de responsabilidad, esté tomando las riendas de la salvación de un señor al que no conozco de nada. Me pregunto si yo tendré exceso de responsabilidad o si el resto del mundo tendrá demasiado poca. Alucino con la falta de solidaridad. También alucino con la falta de inteligencia, empatía y sentido común, de un conductor que se ponía a discutir con el herido y al que me tuve que llevar hacia delante diciéndole que no merecía la pena la discusión con alguien que está dolorido, apelando a sus pocas entendederas. Tuve que dar mis datos a la policía y declarar que el conductor conducía normalmente. Así fue mi análisis: herido atendido y ni un nuevo parado más en las listas del Inem. El surrealismo se acrecentó, cuando el señor me preguntó quién demonios era yo, y yo le dije que una pasajera preguntándole si quería que avisase a alguien de su familia. El humor negro se acrecentó al decirme que no tenía a nadie y al darme cuenta de que había otro señor a su lado que pensé que era también pasajero y resulta que era un amigo que parecía o borracho o retrasado mental, porque no solo no se le ocurrió llamar una ambulancia sino que su sentido común le hizo comentar la suerte que había tenido de que una costilla no le hubiese atravesado el pulmón. Qué gente!.
Menos mal que ese fin de semana me fui a Canarias con Blanqui y María. A casa de Juan y Héctor, una pareja que desde que llegas hasta que te vas te dan ganas de achuchar, estrujar y llevártela a casa de regalo. El estrés se me fue en Canarias. Dormí bien desde el primer día, no sé si por el nivel del mar o por la compañía. Ultimamente percibo que cuando duermo con mis amigas o gente que me transmite buen humor duermo mucho mejor. Y en esa casa todo transmite paz y buen humor. Hasta la gata Tina (de Tina Turner, con quien comparte look), que no me dio apenas alergia. Nos cuidaron, nos mimaron y nos hicieron sentirnos en una pequeña familia. Una familia en la que el desayuno es como de brunch de gran hotel y por la noche se hacen barbacoas en la Eva Solo, un artilugio de diseño que parece una maceta plateada gigantesca. Y fuimos ratitos a la playa a ver un poco el mar y las dunas giganes de la playa de Maspalomas. Y fuimos de excursión hacia la montaña y por el centro a tomar tapas. Y bailamos en el "Inolvidable" un garito con música bailonga de grandes éxitos bailongos de hace lustros, aunque al final lo mezclaron un poco con música choni contemporánea. Y para acrecentar la familia, apareció Maite y su Yiyo trajeado. Maitexu guapa y achuchable también. A la que pronto iré a ver a Barcelona, para que me enseñe su casa nueva, su vida nueva y su hijo maravilloso que tanto se parece a ella.
Y es que estoy rodeada de gente maravillosa, pero tanta tanta, que no tengo tiempo para darme de sí. Y cuando el trabajo agota y exige todo el tiempo, me estreso porque no llego, porque no me da mi ser para dar a cada uno lo que se merece y lo que yo les quiero dar.
Quizá tenga superávit de amor. Genero tanto que si no lo doy se me pone agrio dentro. Y genero y genero. Genero tanto que necesito darlo, pero para darlo necesito tiempo. Ese bien del que ahora no dispongo. Y energía, esa que se me acaba por mi estrés y por todo lo que hago. Quizá solo necesite recibir, minutos y amor a partes iguales. Minutos largos y tranquilos, minutos donde sentir el aire, el sol y un sonido relajante como el del mar. Y que me abracen.


misscalamor dijo
Aaaaaaaaaay tu amor, amor, churchill, joer, que leo esto y me pongo a suspirar de amor por ti, luego te llamo a ver qué me cuentas de los cafés y las teorías, que yo quiero darte amor y abrazarte mucho, sin parar.
Y que te digo yo que a veces te topas con gente que sí mola y sí agradece y sí siente como tú, que algunos quedan que no sólo son insolidarios, gritones y demás. Desconocidos y no desconocidos. Pero te entiendo. Yo a veces odio a todo el mundo, y a veces me odio a mí con todas mis fuerzas, parece una cuestión aleatoria, casi, la de los afectos. Pero no. Ya hablaremos del amor. Dios mío, cómo divago. No me estoy explicando nada. Quiero abrazarte yo a ti, coño, que no te enteras.
Y la próxima remesa de galletas en forma de corazón irá para ti. Te mereces más, de los demás y de ti misma. Amor, amor, amor, aaaaaaaay, que si eres más guapa y más encantadora revientas.
Luego te llamo, reina mora.
25 Octubre 2009 | 08:29 AM