Besando el suelo de Madrid
El sol entra por mis balcones y la calle está tranquila. No tengo prisa y la ciudad se mueve perezosa. Estoy en mi casa, por fin. En mi casa luminosa al borde del corazón de esta ciudad que tanto me da y tanto me agota. Contenta y vaga.
Ayer cuando mi avión procedente de Dublín aterrizó, casi beso el suelo de esta ciudad, que es árida desde el aire y caliente desde la tierra. Después de una semana en la que al levantarme por la mañana ya casi no sabía ni mi ubicación. Acostumbrarme a esta sensación, dormir bien en cualquier lugar y estar contenta en el periplo, me ha llevado a sentirme más nómada que nunca, después de mi reciente paso por Estados Unidos.
El lunes dormí en Madrid y acudí puntual a mi clase de yoga, para estirarme un poco y cargarme de serenidad ante una semana que prometía ser agotadora. El fin de semana en la playa de septiembre, jugando a las palas como en las del norte, bañándome y comiendo paellas, también contribuyó a un inicio de semana lleno de energía aunque trashumante.
El martes ya dormí en Londres, en un hotel fashion, en el que ya había estado cuando era el más clásico de la City. Ahora, convertido en el más moderno, me reciben unos recepcionistas vestidos de traje, pasados por un casting y con portátil en la mano, como si se tratase de una tienda de Apple. No hay recepción como tal. El lobby parece un bar de moda de NYC, lleno de muebles modernos y luces de neon rosa. El check-in se realiza mientras te tomas algo en un sillón con uno de esos personajes de CQC y su portátil sentado enfrente tuyo en un puff. La habitación tiene conexión a internet gratuita a través de la televisión, chaise longe roja y una cama estupenda, además de minibar gratuito. El baño tiene productos de Spa que huelen de maravilla. Pero yo estoy derrengada. Es casi media noche y al dia siguiente tengo ocho reuniones seguidas desde primera hora de la mañana. Tras una ducha relajante me zambullo en la segunda cama de la semana.
Londres ni lo piso. No salgo del hotel en todo el día, donde también transcurren las reuniones. Un London Express, que sigue a un taxi express y a un Heathrow express que ahorra una hora de viaje al aeropuerto de esta complicada ciudad por la superficie. Adoro los taxis londinenses. Eso de poderse meter una casi de pie al coche y con la maleta puesta, me encanta.
Llego a Madrid a las mil. Cenada porque la Iberia, al menos nos trata bien y nos ahorra un trámite innecesario cuando una tiene sueño. Y vuelta a mi hogar, tras ver las mutaciones infernales de la Castellana y la búsqueda del tesoro de la calle Serrano. Tengo que preparar la maleta para marcharme al día siguiente a Dublin.
La preparo por la mañana y llego tarde a la oficina. LLego con los zapatos sucios, porque con la que está cayendo en Madrid, deberíamos hacer como los neoyorkinos y sus zapatillas de deporte si queremos llegar decentes a la oficina.
El aeropuerto está empezando a ser una especie de segunda casa para mí. La T4 es una especie de despacho gigantesco, por donde tengo que pasar de vez en cuando. Ya me siento agusto aquí, a pesar de los paseos largos que exige. Nada como estirar las piernas después de un viaje, debieron de pensar los arquitectos. Pero a Dublin solo nos cuadra Air Lingus, un vuelo que es más de turista y cervecero que de oficinero con pocas ganas de sufrir incomodidades. Y esta vez me tengo que zampar un guarri-wrap para salir del paso y dejar atrás la cena. Porque Dublín nos vuelve a recibir a nuestra media noche. La hora de diferencia horaria, me decide a darme un paseo por una ciudad que estuve ya hace más de 10 años. Para reconocerla en mi memoria.
Dublín está cambiada y llena de adolescentes borrachos que celebran el 250 aniversario de Guiness. Es el Arthurs Day y la ciudad ha estado llena de eventos durante todo el día. Llego unas cuantas copas de menos, a una ciudad en la que las niñas van todas con zapatos de tacón altísimo y vestiditos escotados a pesar del frío. Zapatos de los que se bajan, descalzas cuando la Guiness decide hacer perder el equilibrio y duelen los pies.Vomitonas, gritos y colas en los bares, me hacen sentirme muy fuera de lugar con mi vida de ejecutiva en la mochila y mi espíritu bohemio luchando para no hacer novillos por la mañana. Intento entrar al Trinity, pero hay una fiesta solo para alumnos. La pinta que quiero tomarme se convierte en imposible en una ciudad patas arriba con carteles de Guiness por todas partes y adolescentes cocidas sentadas en las aceras.
Decido irme a dormir. Esta vez el hotel no me gusta. Me colocan en una habitación que debió de ser sala de reuniones en la época del boom irlandés, ahora reconvertida en habitación trotera (vale, me estoy volviendo muy exigente, lo sé...pero todo cambia cuando es un viaje de placer).
Después de un día de reuniones, un chófer me lleva al aeropuerto. Los chófer de las ciudades se están convirtiendo en mis termómetros del lugar. Este es un tipo divertido con un gran sentido del humor. Ha visto que yo le rio las gracias y se pasa todo el camino contando chistes. Fundamentalmente de su mujer y sus compras compulsivas. Los irlandeses tienen un gran sentido del humor y un hedonismo bastante básico. Creo que ésto les une bastante a los españoles. El despiporre dublinés de la noche, me podría recordar a cualquier sábado noche de jovenzuelos en Alonso Martinez.
El avión va lleno de tíos que podrían ser de un equipo de rugby o algo así. Pelaos, coloraos y más bastos que el papel de lija. Hablan alto, eructan y juegan a la PSP a todo volúmen. Me pregunto a qué vendrán a Madrid. A pesar del follón el agotamiento me hace dormirme casi todo el viaje.
Tengo ganas de volver a mi Madrid, a mi rutina de baile, yoga y reencuentro con los amigos.
Hoy es sábado y hago la compra en este día soleado con mi carrito. Bromeo con el frutero y con la de la tienda de congelados, pregunto al hijo del tendero de la tienda de alimentación como se encuentra despues de su operación de neumotorax. Le han dicho que tiene que hacer ejercicio para ensanchar y le animo a que lo haga. Me encanta mi barrio y parece que algunas aceras han cerrado sus excavaciones.
Asentándome en Madrid.



Ardid dijo
A ver si es verdad... te echo de menos!!
30 Septiembre 2009 | 08:18 AM