Spoilt (Malcriada)
Dicen que los neoyorkinos son los seres más caprichosos del planeta, porque siempre encuentran lo que desean a la vuelta de la esquina. Cuando pasas por allí y te quedas, aunque sea unos días, empiezas a entender las razones. A golpe de tarjeta de crédito, uno puede conseguir cualquier cosa en Nueva York. Esto convierte a los neoyorkinos en seres que consideran que todo es posible a los que resulta dificil de concebir que algo no se pueda conseguir.
Para vivir Nueva York hay que ser rico. Es cierto que no hace falta ser rico para vivir, pero es que ser pobre debe de ser como poner a un crío en medio de una tienda de golosinas sin darle la paga semanal. Los dientes se ponen largos si uno no puede ir a cenar a un sitio bonito, tomarse una copichuela con glamour, escucharse un concierto de jazz o asistir al Met a una Opera o un ballet.
Y así he estado yo esta semana, completamente malcriada en una ciudad que es atractiva y seguramente agotadora a partes iguales.
La primera parte de mi viaje, un fin de semana largo acompañada de mi querida Skyller, transcurrió entre paseos, conversaciones largas arreglando al mundo y a los hombres, y la superación de un jet-lag agravado por el calor húmedo de Nueva York cuando se pone pesado. Sky, se vino conmigo al hotel. Un hotelito bastante mono muy cerca de la New York Library, una biblioteca maravillosa abierta al público, donde casi se casa Carrie en Sexo en Nueva York y yo casi escribo un post en directo sino llega a ser por un programa malévolo que me rechazó las claves por ser un poco tarde.
El primer día paseamos Nueva York, de Bryant Park -patas arriba por la instalación de las carpas de la Fashion Week- a Times Square, de Union Square y su Farmer´s Market a la librería Strand donde Skyller me recomendó varios libros para llevarme. Adoro las librerías y parar a comer en un tailandés. Adoro que me dejen colarme en los autobuses con esa especie de camaradería entre los negros que me ha parecido percibir y de la cual he sido beneficiada varias veces. Porque mi Sky es negra del sur, y todo lo arregla con un "honey", un "darling" o un "sweety". Así consigue que me dejen colarme en el autobús porque no tengo suelto, me revisen el dinero de la tarjeta del metro y nos hagan un book fotográfico mientras posamos como modelos echándonos unas risas. Claro, que no hay más que ver su sonrisa para que te ponga de buen humor y eso se transmite. Nos reimos de todo, del fotógrafo profesional que nos hace una foto que solo saca el suelo, de la noche en la calle a las puertas del Metropolitan mientras una pantalla gigante retransmitía una opera que no pudimos escuchar porque siempre teníamos algo que decir, de la pareja que quería quitarnos nuestras "cup-cakes" que parecían atraer a cuanto viandante veía la caja.
El domingo nos embarcamos a Liberty Island, a ver a Miss Liberty recién abierta al público de nuevo, y a Ellis Island a ver el lugar de llegada de los inmigrantes donde hay un museo y Sky estuvo buscando a sus antecesores. Un día muy agradable que terminó con un paseo hacia Wall Street, donde me comí mi primer "New York Dirty Hot Dog" y toreé con mi pañuelo multiusos al toro de Wall Street ante el estupor de todos los viandantes. Por la noche cena en West Village y música de R&B en Groove, ya en Greenwich.
El lunes un poco de Metropolitan Museum para ver belleza que siempre reconforta y comida en Amy Ruth's en Harlem para probar la comida "ligera" del sur. Para bajarla, nada como un buen paseo por Central Park.
La segunda parte de mi viaje, siguió malcriándome de forma repetida. Aunque ahora tenía que trabajar, tener mil reuniones en un día y tener que guardar un poco esas formas ya perdidas durante el fin de semana, me trataron como a una princess. Entre ser transportada en coches gigantescos, cenas en sitios fashion, que si en el Meatpacking District, que si una brasserie japonesa en el Village, que si un super-chuletón... Saqué unos cuantos modelitos y me reí como loca ante la reacción de mi jefe al comer tofu y soba fríos ante el maitre más snob del sitio de moda más lleno de fashionistas en que he puesto los pies. Un vasco con hambre indignado con un menú de 85 dólares que terminó con pasta fría y una risa contenida de un camarero mexicano al que por fin alguien decía la verdad.
Reuniones con mil personajes variopintos, desde frikis de los números a ricachones con yate en Porto Cervo que se rien de nuestro nivel de inversión diciendo que es más baja que la de su mujer. De personajes con tics nerviosos a un australiano maorí relegado al mal tiempo de Boston por estar casado con una patinadora sobre hielo. Historias variadas, historias de gente, historias de altos de bajos, de ruinas y de éxitos que se perciben en días eternos de ocho reuniones en un día.
Tras el paso por Connecticut, cogemos el tren a Boston, donde nos espera un día lluvioso y un chuletón gigante. El día siguiente tras el enésimo madrugón y las enésimas reuniones quedo con un amigo.
Un amigo que me sigue malcriando, llevándome a cenar y de copas por la ciudad hasta que ésta se deja, hasta que cierran todos los sitios y nos echan a casa. Lloviendo, vamos andando hasta mi hotel, en un día turbio pero claro, cómodo a la vez que tenso. Finito pero con ganas de que fuera inagotable.
Y mandé un mensaje de órdago que no tuvo respuesta. En esta época en la que me encuentro en la que ya no me asusta exponerme y me lanzo al vacío. Pero respetando los espacios. Esos espacios cortos que a veces parecen tan lejanos y otras parecen desaparecer en un instante.
Y al día siguiente todo fueron paseos bajo la lluvia. Y vi el 80% de Boston, bajo un enorme paraguas de doble capa; negro y plata. Plata como el color del día, como el color de la bahía llena de gaviotas gigantescas.

fruteritoenforma dijo
http://villagevanguard.com/frames.htm
17 Septiembre 2009 | 02:06 AM