Cosas que hace una princesa en su torre de marfil
Veo el mar al fondo que se confunde con el horizonte, palmeras frondosas acá donde canta el gallo y una taza de café en primera plana.
Me he traido el ordenador y un par de libros, por eso de abandonarme a la lectura y tener armamento necesario en caso de que me entren ganas de vomitar palabras al exterior.
Estoy en mi casa, agradable y espaciosa, con una azotea enorme en la que hago yoga a la puesta de sol mientras veo el sol que se mete tras las montañas y el cielo se queda rojizo. Al relax final ya llego viendo las estrellas y completamente comida por los mosquitos que vienen de los campos de naranjos de alrededor. Tengo todas las tardes un momento místico de comunión con la naturaleza que se ve interrumpido por abones como pelotas que empiezan a picar y que me hacen no fundirme con la esterilla y las estrellas en el relax final.
Porque a eso de las ocho de la tarde, la menda se sube por una escalera de caracol a la azotea con una esterilla de yoga y un loro con un CD de una clase completa de mi centro de yoga. Y es estupendo. Pero tantos viajes a Asia, no evitaron ayer que se me olvidara la vela de citronella para que esos insectos asesinos se dieran ese pedazo festín. Mi culo parecía haber pasado por una operación estética de infiltrado de silicona, para aparecer más redondo y lustroso, pero picaba sin parar lleno de abones redondos y rojos mientras algún mosquito se tomaba sal de frutas para evitar una indigestión.
Y es que esta vida de princesa en su torreón, que a veces se transforma en maruja cuando hay que limpiar las terrazas o ir a la compra, tiene esos pequeños inconvenientes de pequeños seres incontrolalbles, ora un gallo cantarín, otrora unos mosquitos asesinos, allá unos perros-patada ladradores, acullá unas palomas en fase de ligoteo ruidón. Y es que el campo tiene estos ruiditos que nada tienen que ver con los pitidos de borrachos que salen de las fiestas de Chueca, de cánticos regionales animados por el alcohol o de conversaciones de barrenderos aburridos sobre su vida.
Tengo a Liz Wright sonando, mientras una brisita fresca anuncia un día de playa espectacular. Son días de aguas transparentes en los que llevo tubo y gafas. Ayer un amigo cogió dos pulpos que luego soltó. Y el tiempo va lento y cunde. Y ya no puedo correr a ninguna parte, porque no tiene ningún sentido. No hay prisa, no hay tiempo, no hay nada importante que hacer. Y el ser humano se acopla a todo; unas veces corre sin parar y otras se recrea en su propia indolencia, en su lentitud más placentera.
Y hoy comeré fideuá al borde del mar. Y daré paseos sin rumbo. Y avanzaré en mi libro. Y respiraré despacio. Y me estiraré despacio.
Y saludaré al sol.
Embadurnada de eau de rélec.



tuvida sin mi dijo
buaaa que tranquilidad da leerte en serio!!!!que maravillos vida!
19 Agosto 2009 | 12:40 PM