Siempre supe que era negra
El miércoles lo corroboré en un concierto de esos que los veranos de la villa te regalan cada año. El homenaje a Nina Simone se convirtió en un derroche de voces y fuerza racial. No las conocía, pero unos amigos de los que me fio y otra negra maravillosa me lo habían recomendado.
Y allí me planté después de salir de trabajar, todavía con la cabeza llena de números y un agotamiento de esos que produce la regla cuando te exprime como una naranja.
Liz Wright es terciopelo, una caricia que huele a sándalo y a rescoldo de chimenea. Una voz profunda, en la que la frivolidad y los agudos desentonarían como unas tachuelas en su vestuario de diosa griega. Una diosa de ébano, nada de rubia descafeinada. Café muy cargado y aromático. Me relajo y me dejo llevar. Su música me hidrata y parece que hasta recupero líquidos. Ya me encuentro mejor.
Liz fue la primera que cantó, la primera que presentó un maestro de ceremonias con ese look simpático de blanco del jazz entrado en años. Un vejestorio entrañable que llevaba una camisa estampada en rojo, como africana y que hacía las veces de director de circo. Aunque aquí había solo leonas. Unas leonas poderosísimas.
Cuando la hija de Nina salió a cantar, metió un poco de gracia y simpatía. Canciones más conocidas y un cuerpazo que se movía con estilo y ritmo. Actuación alimenticia pero no delicatessen como la de Liz.
Y de pronto llegó Africa, con Angelique Kidjo bailando con esos saltitos contagiosos que te hacen desear saltar a la pista de baile y quitarte los zapatos; ponerte un turbante en la cabeza de muchos colores y sentir tus curvas más allá de los límites de una ropa lo suficientemente ceñida como para sentir las costuras de la tela.
Y en plena fiesta africana apareció Dianne Reeves, como una especie de tarzana de otro mundo, de ese del que saca su voz poderosa. Una caja torácica con resonancias tan sofisticadas y potentes como esas que manejan las nuevas tecnologías con sus amplificadores, sintetizadores y "cablerío". Pero ella con abrir la boca se basta. Ni más ni menos. De esas que al susurrar te levantan las pestañas como de un golpe de viento. Qué poderío, Dianne!.
Y tras varias actuaciones alternándose el final es conjunto. Los abuelitos de Nueva Orleans, musicazos que tocaron con Nina, defensora de los derechos de los negros, cantante, compositora y dueña de canciones fabulosas, junto con las cuatro panteras negras. Cuentan historias de mujeres, historias personales de desgracias, agravios e injusticias y entonan su blues en homenaje a las víctimas como bandera de lucha. De lucha por los derechos de los negros y de las mujeres. Y por eso yo me uno.
Porque hoy me siento más negra que nunca.



Maite dijo
:-) Y, según el msn, "ayer fuiste rubia". A tí lo que te pasa es que no te acabas el mundo, de tanto que lo absorbes.... Besos dulce Honey... :-)
20 Julio 2009 | 11:34 PM