En una nube con Antony
He venido flotando a casa. El taxista colombiano que me ha traido no ha existido, mientras hablaba y hablaba yo seguía en una nube de algodón de azúcar, etérea y frágil. Una nube de una sustancia espumosa, capaz de mantener tu cuerpo en estado de flotación, ingrávido como en un viaje a la luna.
Porque a la luna fuimos y volvimos, en una especie de sueño, a veces agudo y otras acompañado por un coro de mil voces mucho más densas y graves. Muchas voces que, en realidad, eran una; la de un Anthony que abarca todo el espacio con su 1,90 de voz. Con su corpulencia de pivot en el que retumba la sensibilidad de un poeta romántico, lleno de paisajes y seres pobladores de un mundo onírico lleno de hadas, faunos y seres extraños venidos del más allá.
Ni siquiera había escuchado su segundo disco, el primero lo machaqué hasta la extenuación, pero si te engancha una vez, lo hace para siempre, con su suavidad, sus lamentos que llegan al alma y su música que se siente en el vientre, allí donde dan ganas de reir o llorar cuando de verdad se hace con ganas.
Quise matar a cuantos entraban y salían sin parar en el circo Price. Estar al lado de una de las salidas, tuvo su precio. Despistados y tardíos buscaban sillas entre la pista del circo, en una configuración simpática pero poco práctica cuando se requiere silencio. Y yo quería silencio, sentirme arropada por su voz y por el atisbo de su alma, arrullada y abandonada a las melodías.
Al principio del concierto, una especie de danza extraña realizada por una anoréxica con coleta gigante embaduranda por un maquillaje corporal dorado, me dejó un poco descolocada, con esa sensación de no saber si abuchear por la parida o empezar a introducirme en la ensoñación personal de esta particular persona.
Qué dificil le ha tenido que resultar encontrar su camino. Tan especial, tan femenino, metido en un cuerpo gigante de imposible camuflaje. Imagino que la música y su mundo especial, debieron resultar un refugio precioso donde esconderse en las épocas de encuentro con uno mismo. Y todo esto me lo imagino yo, que también creo ser sensible y con mi casi 1,80 también me resulta, a ratos, dificil ser femenina. Y si no que se lo digan a mi profesor de baile. Entre todo ésto no puedo evitar que me recuerde a Falete.
De teloneros tuvimos un regalito; Russian Red, aunque yo creía que era más morena. Me gustaron. No desentonaba con la onda posterior. Resultaba un buen amansafieras para llegar al recogimiento final. Porque ya se sabe, nosotros las fieras, antes de semejante alimento para el alma, nos hemos puesto hasta las cejas de cerveza - con el circo convertido en una especie de café bar- de bocatas de lomo y de pinchos de tortilla.
Y aun asi sigo flotando en una nube con Anthony (& the Johnsons, off course!).

Maite dijo
No lo conocía... acabo de buscarlo por ahí... hasta música me trae la cocte!! ;-)
10 Julio 2009 | 12:50 AM