Con el coqui en Puerto Rico, con “los malos” en Londres y sin Internet
Llevo un mes sin Internet. Mi barrio parece una trinchera, en la que alguna excavadora se ha debido de llevar mi cable de conexión. Una de mis ventanas al mundo, cerrada.
Eso y mi nivel de actividad han provocado esta prolongada ausencia. Para ponerme al día no sé por donde empezar.
Imagino que el orden cronológico siempre es una buena idea. En este tiempo, he estado en Puerto Rico como os anuncié, ha sido mi cumpleaños y lo he celebrado, he estado en Londres trabajando, en una casa rural respirando y he currado hasta la extenuación. Bordeando mis límites, como siempre.
Puerto Rico, fue una escapada en "artículo mortis", porque yo llevo las cosas al límite y hago huecos donde apenas los hay. Hasta el último momento estuve a punto de quedarme en tierra. El día anterior, una llamada impresentable que rayaba el insulto y la misoginia, me puso en el brete de deshacer la maleta que todavía no había preparado. La desfachatez del poder de la administración una vez más. Seres impresentables que por circunstancias llegan al poder y lo usan de forma arbitraria, maleducada y machista. Por no hablar del alcohol, claro. Gracias a Dios, mi jefe lo percibe y me apoya, bandeando el temporal como un torero. Hay esperanza, me digo. Estos personajes son un resto en vías de extinción. Quiero ser optimista al respecto, pensar que cuando lleguen a la edad de jubilación, se habrá acabado un vestigio impresentable y empezarán otros tiempos en los que, aunque aparezcan individuos puntuales, no habrán de llegar a nada por rechazo del resto; de la mayoría civilizada. Hasta entonces, aguantoformo.
La tripulación fue encantadora, el hotel estupendo, y el tiempo malo. Nos llovió como pocas veces debe llover. Una borrasca recorrió la isla de norte a sur, protegiéndonos de estropearnos la piel tersa, esta que tenemos (he decidido ser muy optimista, se nota?). Hicimos excursiones para recorrer la isla de norte a sur, visitamos el Yunque - el bosque tropical- y dimos un paseo precioso antes de que otra nueva lluvia nos duchase vestidas. Clima tropical. Calor y lluvia. Visitamos playas tropicales en estado semi-invernal y comimos comida criolla en chiringuitos fuera de temporada. Como no paraba de llover, deshicimos las tarjetas de crédito en un outlet gigantesco, que aunque estaba algo mejor de precio que aquí, no justificaba tanto entusiasmo. Y es que Blanqui y yo, cuando estamos juntas, nos lo pasamos genial. Nos hace falta poco. Si hay que tumbarse al sol, una se tumba al sol. Si hay que mojarse o subir un monte, una se moja o sube un monte. Y si hay que machacar la visa, pues va una y la machaca. Así, tenemos la seguridad de que nos lo pasaremos bien en cualquier caso. Las dos despelotadas en un probador comprando sujetadores de Calvin Klein, probándonos todas las camisetas de oferta medio surferas, que les encantarían a cualquier adolescente, o teniendo discusiones sobre el champú que finalmente nos dejamos en la tienda.
Los últimos dos días (sobre cuatro, en total) pudimos ir a la playa, pasear y relajarnos al sol. El mar estaba revuelto y no nos bañamos, pero nos reconcilió con el relax playero, que era lo que más nos apetecía. El último día fuimos a cenar con mi amiga Rosana (en otro momento escribiré un post sobre ella y un viaje anterior a PR). Embarazada de 8 meses, seguía tan marchosa como siempre. Nos llevó al restaurante de moda del Viejo San Juan y nos pusimos al día. Al marido lo había dejado cenando en una pizzería con su otra niña, un clon en versión rubia de mi amiga, y después nos recogió y nos llevó al hotel. No hay nada que me guste más que tener amigos por todo el mundo. Me encantan estos reencuentros.
La vuelta fue dura, un montón de trabajo aguardaba amontonado. Mi cumpleaños, que siempre me resulta un poco agridulce, porque una siente que se hace mayor, esta vez me ha pillado bien. He decidido que todo hay que celebrarlo. Porque estamos aquí, porque cumplir años significa que los has vivido y que estás aquí para celebrarlo con los que quieres. Así que hice fiestuqui en casa. Vino mucha gente estupenda. Sin ADSL y a tope de trabajo, me costó un poco organizarlo, pero elegí bien y estaba todo riquísimo y la gente de muy buen rollo. Faltó uno y me entristeció un poco. Veía mi salón llena de gente maravillosa e intenté que no me importara. Intenté ver lo que tenía y no lo que me faltaba, pero llegué a una conclusión. Quiero gente que sume, no que reste. Así que dí un portazo a la indefinición y volví a empezar por enésima vez en solitario. Sabré estar acompañada alguna vez, me pregunto. Supongo que cuando se decida alguien a acompañarme de verdad, sí lo estaré.
La semana siguiente, entre horas y horas de revisiones de miles de páginas de documentos, me fui a Londres. Visita a todos los valedores de la crisis. La City y los Docks, están llenos de edificios gigantescos medio vacíos. Edificios en los que han despedido a la mitad de la plantilla y hacen eco entre las paredes. Fuimos a meter a caña. A intentar que la razón y la coherencia primasen sobre algunos intereses. Salió bien. Al madrugón de las 6 de la mañana para coger el primer vuelo, se unió un día de reuniones en inglés con analistas de los bancos de inversión que salen en los periódicos naranjas y una espera en un restaurante japonés de moda a la llegada de mi jefe para cenar. Nos acostamos a la una y pico de la mañana y nos recogían a las siete del día siguiente. Todo el día de reuniones y llegada a Madrid a las doce de la noche. Al día siguiente más trabajo. Y yo sin enterarme de que era puente.
El sábado me oxigené en el campo. Mis amigos habían alquilado una casa rural en un pueblo precioso cerca de Riaza. Gracias a Dios, los padres de Peilán me recogieron en casa y llevaron mis deshechos a recuperarse al aire serrano. El viaje con Peilán me apetecía mucho. Es tan mona. Pequeño paseo por la mañana, cordero, morcilla, torreznos, ensalada y postres para 15 más niños y paseo por la tarde regeneran a cualquiera. Despertar con las vistas de un almendro en flor y el sonido de los pájaros te reconcilian con la naturaleza. Ser Blancanieves y dormir en una cama grande y antigua teniendo a mis cinco enanitas en la habitación de arriba, da mucha tranquilidad. He descubierto que duermo mejor acompañada de mis amigas. Qué curioso. Tendré una especie de soledad en estado de alerta y por eso duermo tantas veces mal?. Recapacitaré sobre ello.
Después de comprar una hogaza de pan, volvimos a Madrid.
La semana pasada fue espantosa. Todavía no me he recuperado. Trabajar hasta la madrugada día tras día, dormir poco, y poner el cerebro a tope, han hecho que adelgace un par de kilos de pura actividad mental. Todavía estoy agotada. Me cuesta hasta hilar las palabras y no tengo ganas de hacer nada. Está claro, que cada apretón de estos me pasa factura y cada vez necesito más tiempo de regeneración. Ya estoy soñando con la Semana Santa junto al mar. Sin hacer nada más que lo que me pida el cuerpo. Aunque el pobre ya no sabe ni lo que pedir. Le hago tan poco caso...
Ayer fui a El Escorial a dar un paseíto por el monte, comer carnaza y recibir la bronca de uno de mis lectores sobre lo poco prolija que estoy con el blog. Dicho y hecho, hoy me he puesto las pilas, aunque todavía no sé si seré capaz de subir el texto que estoy escribiendo en Word. Sigo sin ADSL y voy a usar un modem usb que no funciona muy bien.
Después del campo fui al cine, a ver "Slumdog Millionaire". Me dejó con mal cuerpo. En esta película, sí siento bien representado lo que yo sentí en mi viaje a la India. Poco tiene que ver con esas películas bucólicas, llenas de colores y filosofía buenrollista. Yo sentí la miseria, la supervivencia, el machismo, la suciedad y la gentuza. Por eso me dejó revuelta. Aparte de la historia de amor "made in Ho-Bo.lliwood", todo lo que allí se muestra es espantoso. Y lo peor de todo, mi percepción me dice que real. Mi madre dice que tengo que volver a la India para quitarme el mal sabor de boca y verla de forma distinta. Que mucha gente que va, no vuelve con esa percepción. Quizá tenga razón. Quizá no. Quizá los viajes organizados en autobús y protegidos por guías y veinte compañeros de viaje, no tengan nada que ver a un viaje de tres chicas con un conductor. A pie de calle, se ven demasiadas cosas feas y se intuyen otras peores. También hay colores maravillosos y edificios preciosos, vale. Pero a cada uno le llegan más unas cosas que otras y a mí siempre me llega la gente. Esa que dicen que es feliz con poco porque se conforma. No sé, la cara de las mujeres picando piedra no era de felicidad, eso os lo aseguro.
Y creo que por el momento, me he puesto al día. Mi ritmo de escritura ha sido rápido y resumido. Sin detenerme en los detalles, sin describir mucho, con poca reflexión. Como mi vida estos días, atropellada y rápida.
Esperando la contemplación meditativa del mar.


frutero_cachas dijo
Me recomiendas llevar bombín en Londres?
29 Marzo 2009 | 02:21 PM