Aprendiz
Mi amigo Rómulo me prepara la cita. Dirección, hora y nombre a preguntar. Antes he comido la oreja a mi jefe, para convencerle de que la solución a mi insomnio y a mis pegadas de sábanas constantes está en meditar. En conseguir dejar la mente en blanco, en liberarme de esos pensamientos que me persiguen. El me anima a que vaya, aunque tenga que salir un poco antes. Al día siguiente se le habrá olvidado. Le tendré que educar.
La dirección es incorrecta. Un piso de oficinas con un portero perfectamente uniformado carente de un "tercero centro". Intento preguntarle por el lugar. No sé como se llama. No sé ni como explicar lo que es. Solo tengo un nombre de mujer y un "tercero centro". Le pregunto por un centro de yoga o algo así y le digo el nombre de la mujer. Me mira divertido, como pensando "de dónde se habrá escapado ésta". Finalmente, tras una llamada, llego a mi destino.
Un piso en el que la gente se saluda y una mujer que inspira paz, te recibe con un abrazo maternal. Somos bastantes. Nos hemos juntado dos grupos y estamos en una especie de corro en la entrada del piso. Se aprende todos nuestros nombres y nos presenta unos a otros. Hay mucha mujer.
Mi actitudo es observadora, esperanzada y expectante. No sé muy bien donde me estoy metiendo, pero confío en mi amigo. Me gusta cómo es y su concepto vital. Si lleva varios años en ésto, no puede ser malo. El piso carece de cualquier elemento accesorio. Las habitaciones tienen sillas como de refectorio monástico, para comer recto. Hay un cierto aroma extraño. Esas salas con mesas en redondo esconderán muchas conversaciones y ejercicios. Filosofías vitales a las que uno habrá de mostrarse desnudo y sincero. Compartiendo con gente que acaba de conocer las más profundas cuestiones metafísicas que desde todos los tiempos acechan al ser humano. De pronto, me siento totalmente ajena al resto de mujeres de la sala. Me gustan la profesora y el ayudante. El resto me da pereza. Al pensar así me siento egocéntrica y engreída, pero no lo puedo remediar.
Nos enseña la casa. En la cocina varias teteras, galletas, frutos secos y chocolates aguardan el receso. Parece que lo que pensaba que iba a ser una hora se extendera a casi dos y media. Esto me supone un nuevo problema logístico que tendré que analizar más tarde.
Sentadas en círculo, con la profesora entre dos lámparas altas comienza la sesión. La profesora pregunta sobre los ejercicios de la semana pasada y si han reflexionado sobre el sentido de la vida. Así, sin anestesia. Curiosamente parece que casi nadie ha reflexionado y les cuesta hablar. Yo me lanzo. Llevo toda la vida reflexionando sobre el sentido de la vida. Solo tengo que sintetizar. Mi explicación no sé si va a ser la mayor estupidez de la tierra, algo que no tiene nada que ver con lo que hablaron la sesión anterior a la que yo no fui, o la explicación más común entre los mortales. En ese momento todavía no lo sé, pero para la sesión siguiente me llevo la sorpresa de que reparten unas lecturas que dicen casi exactamente lo mismo que yo. La opción es la tercera. Los mortales desde todos los tiempos tenemos los mismos problemas existenciales.
Hacemos ejercicios de relajación y de atención. Esos ejercicios que tan bien me van a venir. Esas formas de hacerte sentir aquí y ahora, sintiéndote en el presente de forma lúcida. Dejando el pasado atrás y el futuro para mañana.
En la pausa tomamos té. No tengo ni idea de qué tengo en común con el resto. Hablo un poco con el ayudante. Conoce a Rómulo. El resto me sigue dando pereza porque habla de gorduras y flacuras, algo muy banal para mí en este instante. Vuelvo al baño. Tengo un reglazo. Normal, ella siempre quiere estar en los momentos clave, es así.
Volvemos a la sala. Nos cuenta que el centro lo llevan por vocación. Los maestros han recibido enseñanzas de otros maestros y pagan la cuota igual que todos. Simplemente ayudan a otros transmitiendo su aprendizaje. En este punto, me planteo si me estaré metiendo en una secta y me veo sentada entre dos lámparas dentro de unos años.
La maestra sigue leyendo unas lecturas muy acertadas. Estoy de acuerdo en todo lo que dicen. Ahora habla de entendimiento, de sabiduría y de ser. De consciencia y de interiorización de lo aprendido. Nos pide interacción. Yo me lanzo con el primer pensamiento que tengo. Si el método es interactivo no tiene sentido callarse. Les doy una imagen un poco surrealista. El aprendizaje de una coreografía, su repetición una y otra vez, hasta que se interioriza en tu ser. Es en ese punto cuando al sonar la música realmente "bailas". No tengo ni idea de si alguien ha entendido ese simil. Probablemente no. Pero para mí tiene todo el sentido. Es algo que pienso tres días a la semana cuando estoy en clase de baile. Unos días conjugo saber y ser cuando bailo y entonces disfruto y transmito. Otros días correteo detrás del resto, bien porqué no he conseguido saber o porque mi consciencia está en otro lugar.
Hacemos más ejercicios. Nos indica que los practiquemos durante la semana. Me veo levitando en el metro.
Todavía no sé si volveré. Bueno, sé que volveré pero no sé cuando. Probablemente todavía no sea el momento adecuado para mí. Tengo otras cosas que resolver.
Vuelvo a casa en autobús. Al bajar meto un pie en un charco. Chapoteo. En lugar de cabrearme, me sitúo en el presente aquí y ahora. Bien, he metido el pie en un charco, ahora llego a casa y me quito los zapatos y el pantalón. Punto. Ni medio cabreo.
Calamara me está esperando en la puerta de casa. Tenemos cena después de mucho tiempo sin vernos. Un día completo.
Ayer me llevó a ver a Hidrogenesse para desengrasarme de tanta metafísica y flipar con los tacones de Genis.




Miss Calamar dijo
Ay Honey, cuantísimo te quiero. Y no es exaltación de la amistad porque ya sabes que he dejado de beber. Y de comer. Lo de pensar lo llevo más crudo. Lástima los horarios de las meditaciones, que a lo mejor, quién sabe, me ayudarían a ser menos yo y más aire o montaña o alguna de esas cosas extrañas sobre interior y exterior, sobre presente y adelante, sobre pájaros clarividentes o cebras de lunares, lo que sea que dicen en sitios como ése. Yo creo que hay que tener valor, y cojones, y ya que hemos descubierto que no eres tan alta (siete centímetros no son nada), unos tacones como los de Genís, y perder la vergüenza. Y digo yo que todo esto igual debería decírtelo en un mail. Pero ay, Churchil, lo que yo te quiero. Ni te lo imaginas.
25 Enero 2009 | 01:57 PM