Maletas
Estoy preparando la maleta. En realidad es una bolsa de viaje, de esas con ruedas para arrastrar por el mundo sin el peso de una mochila. Pero la palabra maleta me gusta más. Hacer la maleta es mucho mejor que preparar una bolsa. Hacer las maletas tiene connotaciones mucho más amplias que las de meter ropa y zapatos en un continente que llevar. Porque implica que te piras, que coges la cesta de las chufas, que abandonas tu vida por un tiempo para adentrarte en otra. Suena a estar harta y a ruptura. Suena a aventuras y a una nueva realidad.
Porque cada vez que hago un viaje espero llenarme de cosas nuevas, de gente que nunca olvidaré aunque coincida con ella solo unos instantes. Porque no olvido esas niñas de Mandalay ni esa pasta hecha con amor por una pareja encantadora en el lago Inle. Porque recuerdo a ese monje que hacia saltar a los gatos y a esa pareja de profesores que nos hacían probar una especie de chopitos en Nara.
Ni a nuestro segundo conductor de la India con su Ganesh en el salpicadero, ni al joven vasco en silla de ruedas en Benarés, ni la catalana que se quedó allí en un manicomio, ni a la italiana que nunca debió de salir él. Ni a los indígenas del Titicaca, ni al médico de Udaipur, ni las cuevas de Ali Babá con plata vendida al peso transformada en baratijas tiradas por colchones inmensos. Ni a las intrépidas Lulús de setenta años y estómagos a prueba de bomba rulando por el mundo. Ni a una guiri descalza y enamorada por Jaisalmer. Ni al portamaletas que se quedó sin cuello en una estación de tren. Ni a las gitanas vestidas de colores metidas en un camión en el desierto del Tar. Ni a Thein nuestro guía rockero, ni a Yuyu vestida con su uniforme escolar. Ni al crío sonriente moviendo su cubo de rubbik caído de un arca de Noé. Ni a los niños-ángeles que protegieron nuestros pies. Ni a las flores rosas más fotografiadas de Kioto. Ni a la geisha vieja dotada de shamisen y móvil con colgantitos de colores. Ni a la joven con otras artes en un Starbucks Café.
Ni a la señora leprosa con un cajetín al cuello. Ni al niño sarnoso que no podía mirar. Ni a los ojos entregados en un baño espiritual. Ni a los yonkis con perros bajo un puente de Bangkok.
Tanto bueno, tanto malo, tanto extraño, tanto para aprender. Porque cada viaje me hace un poco más sabia, me lo hace ver todo más gris. Me quitá hojarasca, centrándome en lo universal. Me acerca más al "solo sé que no sé nada" y me entrega un poquito de inmensidad. Llena en parte este vacío. Un vacío que parece no llenarse con nada. Qué parece ser voraz y no se conforma con estímulos constantes que me dejan agotada.
Y aquí estoy, de nuevo preparando las maletas.



am_zoo dijo
Volverás?
23 Noviembre 2008 | 05:36 PM