Verdín
Después de descontracturar mi cuellecillo de jirafa, nos dirigimos a la sierra con el resto de la ciudad. Todo el mundo ha decidido coger el coche.
Comemos en un restaurante serrano una buena carne, deseando que Herodes se hubiera convertido en camarero o que en los restaurantes haya una especie de guardarropa de niños que los haga desaparecer. Uno es una monada, cuando son veinticinco en una mesa, se convierten en peligro público y en una banda sonora de decibelios imposibles.
El paseo posterior por el monte, nos quita un poco el mono de aire puro y fresco. Un poco al azar nos adentramos por un camino en un pinar. El primer intento se acaba pronto, nos encontramos al borde de un precipicio que nos lleva de nuevo a la carretera. Otro intento nos adentra un poco más. Pronto perdemos el camino, pero una verja muy cutre continúa demarcando no sé que territorio. Alambres, maderas, palos y hasta restos de colchones se convierten en una limitación que pone puertas al monte. Al otro lado un valle inmenso y precioso. Los pinares se relajan y van disminuyendo a cuentagotas hasta convertirse en piedras de granito y en cesped natural de un verde pálido. Estamos en las cumbres y debajo se adivina un valle que queremos ver. Se adivina la inmensidad de la libertad y del viento. Del aire puro con oxigeno fértil y virgen. Y rodean más montañas.
Camino con mi padre. Las liebres hemos dejado atrás al resto del grupo, porque queremos más. Queremos correr al infinito y subirnos a las rocas para respirar y sentir la inmensidad. La puñetera verja sigue separándonos del infinito. Bordeamos y bordeamos buscando una de esas puertas que dejan paso al hombre y se lo impiden al ganado. No entendemos quien puede querer delimitar las montañas. Nos llama el monte y el precipicio del valle soñado, nos hace querer acudir al vértice del viento.
La verja no da tregua, continúa irregular hacia no se sabe dónde, hacia el infinito de la inmensidad. Cutre como ella sola sigue avanzando integrando cuanto obstáculo posible resulte útil.
Los Honeychurch siempre hemos tenido problemas con las normas. No el que se considera problema habitual, cuando se habla de este tema, que consiste en no respetarlas. Simplemente el contrario. Nuestro exceso de respeto por la ley y lo que suponemos ha de estar basado en la lógica y el respeto, nos hace seres a veces intolerantes con el que no lo hace. También nos constriñe en determinados momentos. Mi padre lo lleva mejor. A él le gusta ser así. A mi me supone muchos más problemas y, a veces, tengo admiración por conductas más laxas.
La verja era la norma, la montaña la libertad. Mi padre y yo caminábamos juntos por el pinar y queríamos acercarnos al precipicio, al valle deseado, al aire fresco, al oxígeno puro que impregna las cumbres y llena el vacío de las inmensidades.
De pronto mi padre empuja la verja hacia arriba. Se mueve y deja un espacio debajo por el que vemos posible reptar. No entendemos el porqué de la verja, nuestro alma de cabra nos pide pasar al otro lado. Un "pero no vamos a hacer ésto" surje de su boca. Un "por qué no" surje de la mía. De pronto nos vemos reptando por debajo de la verja en busca del precipicio. Un camino serpentea las cumbres y nos pide más. El valle es nítido y nos hace estar en silencio unos minutos, simplemente respirando.
No entendemos la delimitación. Si hay camino, ha de poder cogerse en alguna parte. Reptamos de nuevo y volvemos con el resto del grupo.
Tras pillar con las manos en la masa el sitio secreto de un conocido buscador de setas, al que nos encontramos por casualidad y descubrir que mi madre las encuentra mejor que él, desandamos el camino.
Cuando salimos de él, descubrimos el misterio de la verja. Nuestra osadía no fue la de entrar en un lugar prohibido, sino que se limitó a salir de el mismo camino por el que habíamos entrado. Simplemente para evitar que vacas en "modo aventura" se asomaran al precipicio como nosotros. Nos miramos y nos reímos de la "gran aventura de los Honeychurch".
Esta mañana, se me ha escapado una sonrisa cómplice con mi padre, una sonrisa malévola de chaval travieso de doce años. Una sonrisa de aceptación y de rebeldía. Un sonrisa provocada por el verdín de los vaqueros.





másfruteroymenoscachasquenunca dijo
Dunkle Tannen, grüne Wiesen im Sonnenschein,
..... ....., brauchst du zum glücklich sein.
http://es.youtube.com/watch?v=nwLEGLXOqok
:-)
9 Noviembre 2008 | 04:23 PM