Taxista besucón
Me levanto resacosa tras una noche en la que un no salir se convirtió en un no acostarse hasta las séis de la mañana. Una noche en la que las casualidades y los nuevos conocimientos se juntaron con muchas risas, muchos bailes y algunas copas de más.
Primero la inauguración de un bar estilo setentero, que me hizo pensar que para ir por Malasaña en estos momentos, no puedes salir sin tacones. Ni rastro de los porreros de antaño.
Conocer a un chico interesante, con mucho que contar, al principio de la noche y volvérmelo a encontrar al final, ya de camino a casa, tras el recorrido particular de cada uno. Recibir su beso de buenas noches y su piropo de despedida a mi sonrisa ante su nuevo novio, ligue o compañero nocturno.
Muchos piropos ayer. Mi autoestima se vio impulsada por un chaval todavía acnéico que me dijo que irradiaba luz buscando mi cable de conexión a la corriente eléctrica. Por unos pezqueñines Erasmus holandeses a los que había que dejar crecer. Por un guionista que apareció acompañando a uno de mis reconocimientos insólitos; el de un cantante que colaboró hace exactamente hace un año en el concierto-refugio que nos protegió de la Noche en Blanco. A modo de aniversario, se me quedó pegado con un velcro, al más puro estilo profesional pescador de la noche. Lo reconocí y me dejó al amigo en depósito.
Allí estaban también el duo pelanas de Mallrats, desbordando buen rollo mientras bailaban absolutamente todas las canciones sin ningún fin pegajoso.
Y nosotras dos, sorprendidas por una noche en que tocaba pizza y peli pero se nos había ido de las manos.
Me levanto cabezona y corriendo para llegar a que me descontracturen.
Cojo un taxi para llegar a tiempo a los 45 minutos de masaje. Es hablador. Me habla de que ha salido con chanclas y hace frío. Dice que su mujer se va a reir de él cuando vuelva. No sé como hablamos de Madrid, de que la gente con salir de casa se apunta a todo. Y hablamos de los efectos del alcohol, de como nos sienta a cada uno. Mi jaquecón me quita las ganas de hablar. Pero parece que el buen rollo de la noche se prolonga a la mañana. Me cae bien. Me confiesa su particular efecto alcohólico. Se vuelve muy cariñoso. Va por ahí besando a todo el mundo, sin distinguir si es conocido o no, ni género, ni condición. Me cuenta que una vez se encontró besando a un señor que no conocía de nada. Y es que él quiere a todo el mundo, quiere a la humanidad. Y entonces quiere besar, quiere dar cariño. Es el taxista besucón. Se parte de risa con su particular efecto, aunque a su mujer no le hace ni pizca de gracia.
Pensamos como sería el mundo si a todos nos diera por ir por ahí besando a todo el mundo cada vez que nos tomamos una copa de más. Nos gusta ese mundo.
El cree que el alcohol desinhibe la naturaleza de cada uno. Yo soy cariñoso y por eso me vuelvo besucón.
Ojalá yo sea luminosa.








srta desconocida dijo
Venga, que sé que quieres que te lo digan. Tú eres luminosa hasta sin verte, sólo por lo que dices y como lo dices. Y punto.
bicos
13 Septiembre 2008 | 08:19 PM