New York, playa y dormir en diagonal
Hay veces que volver resulta complicado. Volver y retomar este espacio testigo de mi vida. Sobre todo cuando en varias semanas pasan tantas cosas. He tenido tantos altibajos estos días, que no sé si montarme en uno de esos carricoches de feria y pasar por cada uno de esos picos a los que se llega despacio para luego desplomarse por una cuesta empinada a toda velocidad. Montañas rusas que en la vida también deberían tener la opción de subir muy rápido, de forma desmesurada para después ir cayendo despacio hasta llegar en un suave descenso al punto inicial. La otra opción es trazar una línea media, quitar los máximos y mínimos y quedarme con la media aritmética, la media ponderada, la media móvil o cualquier otro tipo de parámetro que tienda por definición al equilibrio. Un equilibrio donde yo me siento mucho mejor. Un equilibrio que añoraba desde hace meses. Ahora, fuera del carricoche, me doy cuenta.
He estado en Nueva York. Casi una semana en la que combiné paseos, soledad y placer con reuniones, cenas de trabajo en sitios de moda y compras express. Eché de menos a mis amigas para recorrer la ciudad al más puro estilo Sex & City, cotillear, ir de compras y ligar tomando un Cosmopolitan.
A la vuelta, me compré una casa en la playa, porque yo lo valgo y ya estaba cansada de tanta ciudad. Comí paellas para volver al país y sentí la brisa marina del Mediterráneo.
Hablé con Juan pensando en retomar todo donde lo dejamos. Regalarle un par de camisetas de la tienda de moda de NY y un Omega traido de la mismísima Canal Street. Pero mientras yo luchaba por concentrarme con la talla en una tienda con la música a tope, dependientes con el torso desnudo y una música atronadora, él había decidido dejarme. Después de hacer feng shui con casi todo, había llegado mi turno. Así que tras saludar a mi querida Madrid, dije adiós a Juan. Good bye Juan. Ya puedo dormir en diagonal, estar en silencio cuando quiera y no preocuparme por su bienestar.
Y aquí estoy de nuevo, en casa. Sola con mi ordenador, mis eternas amigas que nunca fallan y pensando en qué muebles poner en mi terraza de la playa. Me debería tomar un Cosmopolitan "right now" y pensar en comprarme por primera vez unos taconazos. Y quien no alcance que se suba a una escalera.
De regalo me dejó su propuesta para el club de lectura; "El libro de los amores ridículos". Genial ironía. No pude ir a comentarlo. Demasiada subjetividad. El próximo día volveré con fuerzas.
Así que un mes más tarde, he cruzado el charco, me ha dejado el novio, y tengo un bonita casa en la playa. A la puesta de sol, invito a mojitos.
PD: He decidido usar el humor para iniciar el proceso de recarga. He decidido sufrir lo menos posible y tomar la perspectiva necesaria como para darle las gracias por dejarme seguir a mi aire.
Creo que en el Conde Duque me voy a convertir en activo fijo los próximos conciertos. Hoy he comprado mil entradas.







Maria dijo
Pues si...con humor se toman mucho mejor las cosas.
Me ha encantado tu post...voy a darme una vuelta ;).
1 Julio 2008 | 12:13 AM