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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

1 Mayo 2008

Empatía urbana

Ultimamente vivo en un taxi. Por una u otra razón, esos artefactos con luz verde ejercen de héroes al rescate de un cuerpecillo agotado por metros e intercambiadores.

He tenido todo tipo de experiencias con este gremio, algunas de ellas ya las he contado, otras me las callé por no rebosar su anecdotario con más datos que alimenten un concepto lleno de prejuicios negativos. Las más recientes, sin embargo, parecen sacadas de una versión del Madrid más actual de una futura película de Almodóvar. En cualquier caso, con varios de ellos, me dieron ganas de dar un par de vueltas más con el taxímetro puesto.

Ayer, sin ir más lejos, todavía con el ojo pegado después de una noche casi en blanco repleta de trabajo y con un día infinito por delante, me recogió casi con pala un taxista que claramente venía de empalmada, lo noté porque tenía ese filo de la ventana abierto por el que entraba un aire vespertino helador. Un aire que hacía las veces de palillos en los ojos. Yo, congelada, decidí hacerme ovillo en el asiento de atrás a ser conducida por un taxista ciego. Las calles todavía no estaban puestas y se iban asfaltando a nuestro paso, por lo que no percibí peligro.
Este era el taxista mudo, el contraste necesario a los otros dos personajes geniales que me encontré en días anteriores.

El primero, era un ser naranja, un individuo alegre y parlanchín con el que entablé conversación de forma casi inmediata. Sin saber cómo, logré que me contara sus experiencias más curiosas; las nocturnas y las diurnas. Me contó la noche de los verdaderos noctámbulos, la de aquellos que viven por la noche, los que no te encuentras en fin de semana porque ya han quemado todas las mechas antes del viernes. Me contó su drama; el drama de los solitarios que dejan el taxímetro correr por conversación, por compañía. Me lo contaba orgulloso de su otra profesión; la de escuchador profesional, la de rechazador tranquilo de sustancias ofrecidas por yonkis solos y generosos. Me habló de que el tiempo se detiene, de que la gente no tiene prisa y de que hay situaciones de riesgo. Pero me lo contaba con el aire de nostalgia del que algo obtiene cuando se enfrenta a un riesgo. Me lo contaba harto de las prisas de la mañana, harto de los claxon asesinos que intentan cargarse nuestros tímpanos y siempre despiertan al pobre vecino del cuarto. Harto de los ejecutivos que siempre quieren ir por otro camino y viven colgados de su teléfono móvil. Me decía que tenía historias para escribir un libro y apunto estuve de pedirle el teléfono para que siguiera alimentándome. "Lo más gordo que me ha pasado ha sido una denuncia por secuestro", me dice. Yo le tiro de la lengua, por supuesto. Me cuenta que una vez, después de una carrera hasta Alcalá de Henares, una mujer le dejó a la hija en depósito mientras iba a buscar dinero. Después de dos horas esperando, se dirigió a la comisaría donde descubrió que le habían puesto una denuncia por secuestro. Y es que la gente está fatal, uno no sabe qué hacer por ahorrarse una carrera. Por supuesto, lo logró. En comisaría, le aconsejaron que le perdonase la carrera si quitaba la denuncia. En un juzgado se le podía caer el pelo. Cuando llegué a mi destino, le desee un buen día y que escribiese ese libro.

El segundo, era un ser sensible. Tenía aspecto relajado y conducía sin sobresaltos. En seguida me sentí agusto en ese coche grande y cuidado, con un profesional educado e impoluto. Era un señor de mediana edad que iba escuchando la radio al volúmen justo para no molestar al pasajero. El problema era que el pasajero era yo, y el programa que iba escuchando me estaba resultando interesante. Afiné el oído para escuchar la historia de un periodista apellidado Gurriarán. Un periodista que fue malherido por una bomba de activistas armenios. Un periodista que había escrito un libro y había hecho tal catarsis de su desgracia que nos dejó temblando. Había contactado con sus agresores y su libro recordaba la causa armenia. En su testimonio había algo que nos conmovió a mi taxista y a mi al unísono; la absoluta falta de odio. Tras una conversación con una enfermera que le atendió después de la explosión, me encuentro de buena mañana con un nudo inmenso en mi garganta. "Al final nos van a hacer llorar" le digo al conductor. "Sí", me dice. "Y yo soy de lágrima fácil", continúa.

Cuando llegamos al destino, miro sus ojos reflejados en retrovisor; dos lagrimones le caen por el rostro. Recogiendo con la manga de la camisa su sensibilidad, me hace un recibo antes de devolverme a mi realidad con una sonrisa.

Y es que la sensibilidad está en todas partes. Solo hay que saber distinguirla entre la jungla de asfalto. Aunque me pregunto que tendré yo para que me pasen estas cosas de forma tan frecuente. Por la tarde, un conductor de autobús, me contó que ya no había quien ligara con tanto gadget urbano. Que los móviles y los ipods hacían imposible cualquier conversación con las tías. También me habló de inmigración, de que estaban todos equivocados en venir, que seguro que se vivía mejor en sus países sin Burgers y teléfonos móviles (este tema parece que le obsesionaba). Que aquí estamos todos gordos y que allí seguro que no necesitaban Naturhouse. Al pasar por un barrio rico de Madrid, me habló de la crisis que percibía entre la gente que se movía con bolsas de cartón llenas de ropa de temporada. Y al llegar al Auditorio - mi destino final- me señaló el ambiente jovial y desenfadado que veía por allí.

Y yo me pregunto si dispondré de un receptor integrado para escuchar vidas ajenas. Si tendré un captador especializado en filósofos urbanos.

servido por Honey 5 comentarios compártelo

5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

laluzenmi

laluzenmi dijo

sí, tienes un captador de filósofos urbanos. y además sabes y te gusta escuchar, cuando merece la pena escuchar.
besos.

1 Mayo 2008 | 11:24 PM

Dadá

Dadá dijo

Totalmente de acuerdo con tu autobusero, Honey.

No se me ocurre ningún motivo para que alguién abandone la República Dominicana (es un poner) para vivir en Usera.

Pero en fin, yo es que tampoco entiendo gran cosa de lo que pasa a mi alrededor.

2 Mayo 2008 | 04:18 PM

Honey

Honey dijo

Besos, casquito!

Dadá, si es que hay unos filosofos urbanos por ahí que dan ganas de pedirles el telefono e inaugurar tertulia o consultorio...

Besos a los dos

4 Mayo 2008 | 11:32 PM

yocreoquesi

yocreoquesi dijo

Seguro que si, guapa, escuchar es un don.
Muchos besos.
Lucia.

5 Mayo 2008 | 11:00 AM

Honey

Honey dijo

Lucia: guapa!

6 Mayo 2008 | 09:54 PM

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Sobre mí

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Señorita Honeychurch

madrid, España
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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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