De improvisación y otras virtudes
Hubo un tiempo en que fui socia del Alfil. Durante esa época se sucedieron pequeños estrenos, correos masivos a los amigos y reclamos-zanahoria de consumición incluida en la entrada del teatro (ya se sabe que a algunos hay que entrarles por lo más básico).
El plan estaba bien; nos reuníamos todos, y nos sentábamos con una cervecita en el patio de butacas a ver con que nos sorprendían grupos de teatro reducidos con escenografía minimal.
Lo cierto es que después de varias obras en las que lo escatológico, las pollas gigantes y las mismas bromas zafias y recurrentes por doquier, se empeñaron en aparecer una y otra vez, me aburrí. Con cierta decepción, me pareció ver vulgaridad en un medio para mi todavía ubicado en una especie de altarcillo.
Porque yo amo el teatro. Me enamoré de él en la adolescencia más temprana. Todavía recuerdo el momento exacto. Fue en un "Yerma" interpretado por Núria Espert, ahí es nada. Todavía, me veo a mi misma pequeña y remetida en una butaca del Español o el María Guerrero (ahora no recuerdo cual de los dos templos). Pequeña de edad y con los ojos cada vez más grandes. Los ojos se me iban abriendo a medida que un escenario lleno de telas y lonas mutaba de una forma abstracta y eficaz. A medida que Nuria interpretaba la desesperación de una mujer yerma, de una mujer que no podía concebir. No sé si fue la fuerza del teatro, la fuerza de Lorca, la fuerza de la Espert, la fuerza de la temática, pero recuerdo que no podía parar de llorar y que cuando llegué a casa me puse a escribir como poseída, como invadida por una corriente de sentimientos que iban a explotar si no los canalizaba por alguna parte. Fue un papel. Fue uno de los primeros papeles que plasmaron la explosión de una sensibilidad exacerbada. Garabatos de adolescente recorridos por un carroussel de emociones.
Desde ese día le di mi amor. Me enamoré del teatro para siempre. Por muchas obras malas que vea, intentos fracasados de innovar, bodrios-promesa, tendrá para siempre mi amor. Porque cuando cuaja compensa todas las demás veces. Es arte en estado puro. Es auténtico, una verdad incontestable que tienes a pocos metros de tu alma.
Pero es un medio que hay que mimar. En un panorama lleno de vulgaridad, en el que lo mediocre y chusco parece lo normal, deberíamos conservar este teatro del alma. Existe. Doy fé que existe. La cena, Plataforma, Tío Vania, otras made in Shakespeare y un montón de otras obras estupendas hacen justo honor a esa herencia. En todas ellas existe un factor común; un buen texto.
Por eso cada vez que voy a un espectáculo de improvisación como el que fui ayer "Musicall" siempre me quedo medio vacía. La improvisación será un recurso necesario del actor, una herramienta equivalente a la red del trapecista, la elasticidad del bailarín, pero por si sola no es nada. Igual que no tendría ninguna gracia ver a un trapecista saltando en la red como si fuera una cama elástica o al bailarín haciendo apología una y otra vez de su flexibilidad, la improvisación per-se se queda muy corta. Porque para eso están los buenos textos, los ensayos y la profundización en los personajes. Para crear teatro de verdad, en mayúsculas. Y si el contenido se improvisa a través de vulgares mensajes al móvil, lo que veremos no será nada más que contorsionismo. Mucho mérito, no se lo quito, pero exento de emoción y profundidad, llegando justito al entretenimiento. Y eso es un despilfarro de talento.
Y es que en este país, la improvisación está sobrevalorada.






laluzenmi dijo
yerma con nuria espert!!!
10 Febrero 2008 | 01:08 PM