Yo también fui inmigrante
Todos somos inmigrantes. Semejantes a los negros que vienen de Africa en las pateras, en su versión más cómoda. A los que cruzan la frontera mejicana de formas imposibles y a los que se embarcan en cáscaras de nuez.
Yo fui inmigrante en Alemania. Una inmigrante de lujo que convivía con el resto de los llegados en peor situación. Una inmigrante que aprendía un idioma enrevesado en poco tiempo, compartiendo historias de esfuerzo y guerras civiles, mientras atendía a su propio capricho de aventuras y aprendizaje.
Recién aterrizada en Dortmund, ciudad mediana en la Westfalia del Norte del Rhin, me apunté a unas clases gratuitas de alemán pagadas por el estado. Solo sabía decir mi nombre.
El primer día de clase, una sonrisa enorme en una boca llena de dientes blancos y nariz achatada de un joven polinesio se dirigió hacia mí preguntando " Are you from Fidji?. I'm from Fidji too". Es curioso hasta donde la melancolía y la morriña pueden llegar a distorsionar la realidad. El "no, I'm from Spain" me sono a jarro de agua fría, a una vulgaridad inmensa exenta de todo exotismo tras la previa visualización de mi persona morena, con poca ropa y mil collares de flores. Pero el joven polinesio, sonriente y afable, siguió tan feliz en su pupitre de clase de alemán.
En esa misma clase, los croatas eran alumnos aventajados. Recién emigrados de un país en guerra, aprendían alemán con un acento impecable, que me hacían sentir de Fidji. Su rostro era sombrío y plano. Rostro de sufridor. Ahora Croacia es tierra de vacaciones. De agostos de atascos en bañador y alegría de mar.
Unas chicas griegas hablaban como cotorras en un idioma que sonaba a castañuelas y a barullo.
Muy lenta. Esa clase iba muy lenta para esta emigrante malcriada.
Cambié de tercio y busqué clases reducidas de pago. Fui a una escuela privada en el centro de la ciudad. Había que aprovechar los meses allí, y yo tenía sensación que aprendía más de oido que en las clases.
Esta vez la selección fue igual de exótica. Aunque solo éramos cuatro en la clase, era casi imposible la comunicación; un coreano con la mirada baja y la voz inexistente asistía a las clases desde su más allá interno e inexpugnable. No sabíamos a ciencia cierta si estaba allí, si entendía algo o si era su forma de estar acompañado varias horas a la semana. Había un chico del Zaire, negro como el betún y de cuerpo atlético y entendimiento evanescente. Tenía una novia alemana y yo me montaba películas sobre su conocimiento. La vería a ella, pálida y desgarbada, con una máquina de fotos enorme, fotografiando a un cuerpazo con falda, bailando danzas africanas. Cuando la profesora le hablaba, él no entendía nada y yo tenía que traducíselo en francés. Cuando ví que en vez de aprender alemán, mejoraba mi francés, decidí que era momento para volver a cambiar de clase.
El alumno aventajado de esta clase, era de Costa de Marfil. No recuerdo su nombre, pero me gustaría. Era encantador. De una negrura menos amenazante para el blanco nuclear alemán, veía en mi una especie de café con leche inexplicable. Llevaba ya años en Alemania y parecía que salía adelante trabajando. Extremadamente ordenado y aplicado se esforzaba por aprender un alemán con el que peleaba a cara de perro.
Cogíamos el metro juntos. Una tarde que había un partido de fútbol importante en Dortmund, se ofreció a acompañarme hasta casa en el metro. Por si había skins.... Yo no sabía como decirle que no. Que si había skins, el peligro para mi sería él. Ironías de la vida, mi protector sería mi diana.
Todavía hoy me pregunto por ellos, sobre como habrán resuelto su vida. Si hablarán un correcto alemán, o lo habrán dejado por imposible y vuelto a su tierra natal. Historias humanas que te tocan de refilón en apariencia y luego te dejan un efecto secundario mucho más profundo. El de la capacidad de entendimiento. El de la solidaridad con los luchadores.
Y alguien esta semana me los ha recordado





laluzenmi dijo
hala!
eres un café con leche inexplicable. sí. qué certera definición!
19 Enero 2008 | 02:38 PM