Afonía
Perdí la voz de tanto usarla.
De tanto buscar palabras suaves con las que realizar valoraciones obligadas.
Como maestra de escuela, dar notas a alumnos obligados. A alumnos matriculados por comida. Que asisten puntualmente a su asiento, por mantener una familia, por comodidades, por dejar de beber.
Mil razones para acudir a un trabajo siempre igual, siempre lleno de una monotonía de un gris adormecedor. Y cogen el metro, el autobús o el tren y fichan un día tras otro para que a fin de mes su vida pueda seguir adelante. Y cuando llevan treinta o cuarenta años metidos en esa espiral anestesiante, viene servidora a despertarles, a darles las notas. Y busco palabras y explicaciones. E intento ser generosa, mirar baremos con perspectiva. Valorar el estar aquí. Y, en el fondo, pienso que dará igual lo que les diga. Como vehículos que se mueven por inercia, un cambio de rumbo podría resultar tan dificil como inoperativo.
Por eso pongo ejemplos, cuento anécdotas, intento contagiar entusiasmo. Hablo y hablo. Hasta quedar sin voz. Les escucho. Les conozco más. Así hasta quedarme muda, sin voz y sin palabras.




laluzenmi dijo
ya era hora de que actualizases! desde que volviste de argentina estás engandulada... bueno, currando y tal, vale.
valeeeee...
haz gárgaras, honey, que tu voz (y tu risa) es muy chula, sale de muy dentro, vibra muy bien, hace cosquillas.
cuídate.
11 Enero 2008 | 12:05 AM