La Vedette
Pasada la curva de los suspiros, ya se ve de lejos, bajando la escalinata con sus marabús blancos llenos de cristales de swarovsky.
Caminito al Perito por la carretera un "ohhh" colectivo nos indica su primera aparición. El día está de perros, frío, lluvioso, gris. Con todo el kit polar al completo - pantalones impermeables, chubasquero, gorros y botas de montaña- nos embarcamos de nuevo rumbo a las faldas del Perito.
Un poco decepcionados por el día, por la falta de luz, por una capacidad de sorpresa a prueba de bomba ya vacunada frente a glaciares y navegaciones entre témpanos gigantes, pronto terminamos esta excursión marítima.
Calados hasta los huesos nos llevan a comer a un chiringuito enano y mal preparado. Allí transcurre un buen rato del día, demasiado rato. Un día un poco decepcionante hasta el momento. Mucho tiempo perdido en logística varia, poco tiempo observando las maravillas.
Pronto todo iba a cambiar.
Como si hubiésemos pasado el día entre bambalinas y ahora, por primera vez, nos situásemos en el patio de butacas a ver la representación, vamos a caminar por las pasarelas situadas frente al glaciar, a su misma altura en la falda de una montaña.
Aquí el suspiro pasa a ser falta de aire, como si se tratase de una pieza musical que te elevase al firmamento, la vista de la vedette desde este patio de butacas es lo más parecido a estar suspendido en el cielo, a estar flotando en un sueño de nubes, en un cuento de Navidad en el que los hielos hablan y te llevan volando a algún inexistente donde todo parece funcionar con armonía.
Es la belleza más pura que he visto jamás. Una belleza antigua y lejana que nos lleva a épocas remotas de glaciaciones y dinosaurios. A épocas donde la tierra y los fenómenos naturales tenían la última palabra y ponían el punto y final. Esta belleza ancestral permanece todavía viva, presente y vigorosa. Con su canto, con sus quejidos nos lleva a laas profundidades de la tierra, nos recuerda que no somos nada y que nos puede derrumbar de un soplido.
Exultante y digna, la vedette nos deja vivir, pendiente de sus marabús y sus diamantes, de sus zafiros que talla con presión.
Y de nuevo, hipnotizada y pequeña, me tengo que ir. Pero no puedo, su magnetismo me atrapa y succiona, quiero quedarme con la lluvia en la cara escuchando su melodía; la canción del glaciar. Como una apoteosis de trombones y timbales, tubas y demás percusión, el glaciar cruje con sonidos que vienen de lo remoto, de los confines de la tierra.
Hipnotizada, con los ojos abiertos hasta doler, vuelvo al autobús prometiendo volver alguna vez para quedarme horas y horas delante del mayor espectáculo del mundo, que hace tiempo que dejó de ser el circo.
Y digo adiós, mientras me alejo y veo a la vedette subir la escalinata y perderse entre las montañas.
PD: En el aeropuerto, compro infusión de calafate y un alfajor con calafate, para volver. Se dice que comiendo calafate se vuelve a Calafate y yo quiero andar con crampones sobre el Perito alguna vez, si la vedette me da permiso.




laluzenmi dijo
yo quiero infusión de ésa para volver...
para volver no sé adónde. el caso es volver.
17 Diciembre 2007 | 09:44 PM