Vueltas
Estar de vuelta, darle vueltas, vuelta al ruedo, dar la vuelta.
Me levanto descansada de una semana agotadora y alienante, de una semana de esas que me hacen reflexionar sobre cambios de vida y me interrogan sobre ambiciones y voluntades. Sobre esclavitudes y respetos personales.
Mi cuerpo pide un café en vena, o mejor varios cafés, para despejarme de un sueño largo y pesado, conseguido a golpe de martillos en la cabeza.
No tengo leche, mi nevera está vacía y hueca, no me puedo tomar mi café medicinal.
En el bar de enfrente me preparan dos tostadas enormes con tomate picado, aceite y sal. Un café ríquisimo con una pasta hace compañía a la lectura de un periódico y una revista femenina, detalle de la casa. En la gloria, tranquila y en la gloria.
Pido un segundo café, es dificil encontrar cafés de calidad en los bares madrileños. Los madrileños, en general, piensan lo contrario, piensan que sus cafés son los mejores del mundo. A todo nos acostumbramos. Pero el café torrefacto es una invención local y el gusto a requemado a mi me desagrada enormemente. En el bar de enfrente, el café es sabroso y natural, la leche forma una capa espumosa pero fina y una pastita de mantequilla le da el toque dulce a un desayuno salado.
Cuando me dispongo a pagar y a marcharme me dicen que ya está todo pagado. Me han invitado a mi momentazo semanal. Alguien se ha dado cuenta de mi disfrute y ha querido ser partícipe de mi primer instante feliz. Pregunto quien ha sido y me señalan a mi vecino del primero, un señor particular al que no le pega nada una mujer mezcla de Srta. Rottenmeier y pija del 1900. Salgo del bar y le doy las gracias; "pero hombre, muchas gracias, no tenias que...".
Su respuesta me encanta y me la apunto como parte de mi vocabulario urbanita, como parte de los tesoros que hay que preservar y trabajar para que no se pierdan, para que queden en el saber popular y, quien sabe, postular para que lo incluyan en la polémica asignatura de educación para la ciudadanía. Mi vecino me dice sin más pretensiones; "cultura de bar".
Me ha invitado a desayunar por esa cultura de bar tan madrileña, prima de esas maravillosas costumbres de pedir "lo de siempre", de hablar un rato sobre nada y de hacerse compañía entre extraños que cortan un rato su realidad más cotidiana.
Y de pronto me doy cuenta de lo bueno que ha sido quedarme sin leche, de amanecer pidiendo un café en vena y de aguantar con la vena protestando hasta bajar al bar. Pienso en los puntos de inflexión, en dar la vuelta a las cosas, en aprendizajes y reflexiones.
Y decido que hoy voy a dar la vuelta. Voy a valorar lo que aprendí la semana pasada, lo que adiviné en la última decepción y los ejercicios que ahora sé que tengo que hacer para relativizarlo todo. Para ser cada día más sabia.
Y la cultura de bar tiene mucho que ver con ésto. Porque más que de bar, es una cultura de vida, de solidaridad y de optimismo popular. Y eso es lo que importa.






Nadie Dice dijo
Tendrás que invitar a tú vecino a "lo de siempre", el domingo que viene.
Domingueando con el vermú.
Nadie
21 Octubre 2007 | 01:09 PM