Medio gas
Me encanta Madrid a medio gas. Medio vacía, medio vaga, medio relajada. Madrid a medio gas es el verdadero Madrid, el que reconoce su espíritu de antaño, el que acepta y acoge sin preguntar, la ciudad que ayuda al paseante e indica al turista. Eliminados el estrés y la desazón de no llegar nunca a nada, recupera su espíritu pueblerino y hedonista, su vida alegre, sus calles y su cielo azul lleno de luz.
Al bienestar vacacional eliminador de tensiones se une la urbe ralentizada, los deseos de hacer cosas y los planes para el nuevo curso escolar. Entre lavadora y lavadora, me voy a hacer la compra. Chueca es un hervidero de encuentros y terrazas, de charlas animadas contando las vacaciones, de besos y cervezas. Con las bolsas cargadas de naranjas y melocotones yo también tengo un reencuentro inesperado. Acabo tomando la caña de la puesta de sol con las bolsas de fruta haciendo guardia en las puertas del bar. Medio fuera, medio dentro. Charlamos del Club y de libros, del verano, de nuestros bailes. Me encantan los encuentros inesperados con gente que me gusta. Adoro mi barrio, aunque la puesta de sol no sea más que un reflejo en una bandera multicolor. Prolonga mi estado vacacional.
Un poco antes otro encuentro me hace pensar que vivo en un pueblo, que Madrid es el pueblo más grande de España. Pero hay que vivir en él, dentro del anillo que forman carreteras, túneles y circunvalaciones, de lo contrario, se convierte en ciudad imposible y agotadora, pierde su espíritu.
Al día siguiente otra caña, otro encuentro, otra conversación de bailes y de vida, de amores frustrados y de viajes. Me deja un libro. El libro a comentar en la próxima reunión del Club de Lectura. Tengo que apurar o no me dará tiempo.
En casa se me suicida un armario. Se cae de cuajo la barra de arriba y toda la ropa cae en la de abajo provocando un segundo derrumbamiento. Lucho con la barra, con la ropa, sudo la gota gorda, necesito un marido de alquiler. Remodelaré el armario como el mercado de San Antón, siguiendo el mismo eufemismo que ha hecho que no quede del mercado más que un hueco enorme y vacío. Tirarlo todo y construirlo con buenos cimientos. El Corte Inglés está detrás. Me da miedo. Mi barrio no es de hipercores y corticoles, espero que lo sepan. Mi casa parece habitada por Diógenes y su síndrome, hay ropa colgada por todos los picaportes, perchas que buscan cuanto elemento prominente soporte su peso y colada por planchar. Vivo en un campamento gitano, en una tintorería.
En la oficina me invade la abulia. Lo he olvidado todo y tengo una pereza enorme por empezar con el estrés que me arrebata. El estrés que me deshace y me anula, el que me exprime hasta sentirme como las naranjas que exprimo cada mañana.
Tendrá que esperar al lunes.





srta desconocida dijo
es que a medio gas, a media velocidad nos da tiempo a ver mejor todo, hasta a nosotros mismos, aunque sea a costa de un campamento gitano en casa
:)
30 Agosto 2007 | 10:09 PM