Vendimia
Aparecimos un octubre de hace años como una invasión urbana y fresca. Las ganas de pasarlo bien y tener nuevas experiencias se juntaban con nuestra juventud y energía. La amistad lo impregnaba todo de un aire mágico creando un mundo en el que todo era posible.
Era la vendimia de un pequeño pueblo de Orense. Nosotras vendimiadoras a tiempo parcial en las viñas de Godello de nuestra Sofia.
Nos repartimos camas y habitaciones en la casa familiar. Nos organizamos la comida y fuimos conociendo nuestras discrepancias, las particularidades que harían posteriormente nuestra amistad más grande y particular.
Nos lo comimos todo. Nos lo bebimos todo. Nos lo bailamos todo. Nos lo ligamos todo. Eramos "las madrileñas" y aparecíamos como una corriente de energía invadiendo el pueblo más cercano, haciendo auto-stop para volver a casa, consiguiendo chóferes que se hacían fijos y se convertían en anexos coyunturales de nuestra alegría.
De mañana, ataviadas con ropa vieja de los hermanos de Sofía, viejos pijamas, viejas botas, viejas camisetas, nos llevaban en un tractor como a las gitanas del desierto del Tar a echar una mano en la vendimia. Los jornaleros nos explicaban como cortar los racimos, mientras escuchábamos atentas y divertidas. Para ellos era trabajo, para nosotras nuestro último juego.
"Ahí vienen las madrileñas" nos decían al aparecer el tractor con nuestros cuerpecillos disfrazados en el campo. "Ay míralas, qué pronto se cansan las madrileñas" nos decían cuando se nos empezaba a convertir el juego en trabajo y nos empezabamos a escaquear.
Y mírabamos un paisaje abierto y limpio. Un paisaje de uvas frescas a punto de estallar, pidiendo a gritos ser cortadas de sus ramas.
Algunos días estuvimos solas, encargamos empanadas deliciosas, bailamos sin parar, nos enamoramos un poco, fuimos al río y cocinamos mientras aprendíamos a pintarnos el ojo. Otros días los compartimos con los padres y los hermanos de Sofía.
Nori, despedía fuerza por los cuatro costados. Mujer de gran carácter, soportaba en sus espaldas de gallega la crianza de cinco hijos seguidos. Acostumbrada a una familia numerosa, la madre de Sofía, cocinaba pucheros increíbles y abundantes. Llenaba nuestros estómagos adolescentes siempre hambrientos con menús muy lejanos de la nouvelle couissine de espumas livianas y platos para colgar en la pared con alimentos de muestra. Lo suyo era comida de verdad. Raciones increíbles pese a la numerosa tribu. Conquistarnos por el estómago fue tarea fácil.
Una noche nos invitaron a cenar a un restaurante. En una mesa larga, como de boda, se situaba esta peculiar familia numerosa. Después de casi reventar a comer, una queimada sin quemar puso el broche de oro a la cena.
Solo Nori hacía los honores. Fuerte, guerrera, anfitriona hasta las últimas consecuencias. Como aquello parecía alcohol de quemar yo me hice la loca y no bebí nada, como la mayoría de mis amigas.
"Tus amigas comen y beben como tíos" fue la frase estrella de uno de los hermanos de Sofía. Pasó a los anales de la historia del grupo y se recuerda en cada atracón colectivo.
Llegada la madrugada, volvimos a la casa. Un ruidito se oía en el jardín. Era Nori tomando el aire debajo de una higuera, librándose del calor de una queimada asesina.
Entre pucheros, debajo de una higuera, muy enérgica, así recordaré siempre a Nori, la madre de Sofía, aunque hoy esté muy malita tendida en la cama de un hospital. Porque lo siento en el alma, porque quiero a Sofía, porque somos una gran familia.
Porque ya no hay vides, porque ya no hay racimos de uvas frescas, porque ya no hay vendimias en octubre.




srta desconocida dijo
empecé leyendo toda emocionada, con la sonrisa puesta, casi imaginando esa casa y esas vides, ¡que en parecidas he vendimiado yo! y después ya con la queimada, que yo tengo una "cunca" aquí al lado (hoy tocaba fiesta) me he quedado pensando que también voy a bebérmela por ella, en su honor, que seguro lo merece...
bicos
25 Julio 2007 | 11:53 PM