Caracol col col...
"Caracol col col, saca los cuernoooos al sooool..."
Esa canción infantil se me repetía una y otra vez cuando mi avión sobrevolaba Madrid, apunto de aterrizar entre una nata fina de nubes y veintisiete grados centigrados de maravillosa temperatura.
Con mi maleta pequeña y mi cartera de documentos en el compartimento situado encima de mi cabeza, el sopor había conseguido invadirme después de dias con la casa a cuestas, mientras me protegia del aire acondicionado con una chalina importada de Ecuador.
Frankfurt-Ginebra-Zurich. Dos días de trabajo que empezaron con un viaje de pesadilla un domingo de resaca del último carnaval chuequero.
Maletas rápidas y mínimas. Deseo de ahorrar minutos, tiempo de tu propia vida que se consume en taxis, coches de los que te esperan con cartel y aviones con retrasos imprevisibles.
Domingo perdido en la T2, en lo que se ha convertido en una terminal tercermundista. Salvese quien pueda. Tiendas cerradas, colas interminables, huelga de Spanair. Tres horas de retraso y pérdida de maleta por un rato, por un rato mucho más largo que otros ratos, por la hora, por tener que esperar. Doce de la noche de lo que deberían haber sido unas nueve sin facturar. Caprichos insolentes.
Por un momento pienso que mi jornada de trabajo va a convertirse en un relajado día de SPA absolutamente desnuda por falta de equipaje. Y no me disgusta la idea. Pero una vez puesta la reclamación aparece mi maletita azul tan campante dando vueltas por la cinta transportadora. Hora y media más a añadir al periplo. Retiro la reclamación. Gracias a Dios tengo mi maleta.
No hubiera sabido hacia donde dirigirla en caso de no aparición. "Si llega mañana, envíela por favor a mi hotel de Frankfurt, si llega al dia siguiente a Ginebra, pero mire usted que lo mismo me interesa ya que no me la mande a ninguna parte o que haga el camino inverso y se vuelva a Madrid. Mejor le doy mi móvil, OK?".
Llego a las mil. Al dia siguiente tengo que estar currando a las 8.00, así que pido el desayuno a la habitación. Asi podré desayunar mientras me visto. No llega. Retraso del desayuno. Retrasos, retrasos, retrasos.
De flor en flor, el caracol se convierte en abejita, y vuela y salta y se posa en la reunión siguiente, en la pregunta siguiente, en el coche siguiente, en el siguiente avión.
Veo el lago de Ginebra, con su chorro potente y alto. Un campeonato surrealista de una especie de voley playa se disputa en la orilla. Mesas desangeladas de madera, esperan esos divertidos comensales dispuestos a beberse miles de cervezas. Pero no aparecen.
Cenamos en una Brasserie. Todo muy rico; mejillones, berenjenas, lenguado y un sorbete de frambuesa. Se nos hace tarde, una vez más es terriblemente tarde y mañana hay que madrugar de forma inhumana.
Desayuno de trabajo, avión y en Zurich comida de las de hablar mientras se come. Tarea complicada. Equilibrios imposibles bordeando las necesidades de la propia naturaleza. Y la educación.
Paseamos un Zurich, frio y lluvioso. Bonito, pero gélido para esta época, aséptico para mí.
El caracolillo vuelve al aeropuerto dispuesto a llevarse su casa a cuestas, con sus dibujos, sus capas y sus babas.
Un niño con varicela es expulsado del vuelo junto a su familia. Riesgo de contagio masivo. Otro pequeño retraso. Por fin en casa.





The Devil Rules the World dijo
Miles de negocios y tratos millonarios los que habrás cerrado en estos dos días de viajes intensos y retrasos sistemáticos, pero estoy seguro que para todos nosotros, lo mejor ha sido que al volver te hayas sentado a describirnoslo en este maravilloso post.
Lo que hace conocer mundo.
Bienvenida de nuevo al calor, guapa.
4 Julio 2007 | 02:36 AM