Porros de pan rallado
Salgo por fin de casa. Los domingos son días en los que apetece quedarse en la cueva sin necesitar nada, como en una fortaleza, sin tener que poner un pie fuera de los pocos metros cuadrados de algodones y vagancia.
Me dirijo a Chueca, camino en dirección del bullicio, de la senda que dejan los transeúntes, los que se encuentran, los que se toman la caña, los que deambulan.
Al llegar, un olor embriagador invade mi pituitaria.
Nunca un lugar abierto y público se había convertido en una nube de humo como aquella. El aroma a porro es tan intenso que convierte en caritativo su disfrute.
Exposición olfativa. Drogas gratuitas.
Entro en el chino de la plaza. Un grupo de adolescentes llenas de piercings apuran sus últimas caladas antes de traspasar el umbral. "Una litrona?" pregunta una. "Sí, y yo quiero un regaliz" dice otra. Sus tangas asoman por encima del vaquero y tienen una actitud de malotas en la mirada.
Miro a una de las chinas y le pregunto si tienen pan rallado. Sonrie y me dice "Sí, sí". Va a buscarlo a una de las recónditas esquinas del establecimiento, entre los frutos secos y la comida para gato.
"Soy la única que compra estas cosas tan raras, no?" le pregunto, mientras miro el público del establecimiento. Son una prolongación del futuro ambiente chuequil, los que todavía no han podido sentarse en una terraza.
Me pregunta si quiero una bolsa, y le contesto que sí; verme con una bolsa de pan rallado en medio de la nube de porro me hace sentirme muy maruja, extremadamente maruja.
Y me voy, aspirando como loca porros de beneficencia, a terminar mis croquetas.
PD1: Yo no fumo, que conste.
PD2: Las autoridades sanitarias...bla,bla,bla...






Gonzalo Darko dijo
La droja e güena.La verdad esque me gusta mucho el olor a porro,pero me sienta regulero al cuerpo.Yo soy más de cervezuskis.
3 Junio 2007 | 10:35 PM