El diluvio universal
Salgo de trabajar, cuando voy camino del autobús, un coche me pita.
“te llevo?” me pregunta una compañera
“voy hacia Arapiles, te viene bien?” le pregunto yo.
“venga sube” me dice.
Y entro en su coche, para adentrarnos en el gran atasco de la carretera de La Coruña.
Me empieza a contar su vida. Que si qué tarde salimos, que si la vida personal, que si yo salgo siempre a esta hora. “Hoy es pronto” le contesto.
Decide tomar un camino que yo no controlo. De pronto salimos por un túnel al Palacio Real. Por segunda vez en una semana empieza a ser ante mis ojos como la catedral de Rouen para Monet. Pienso que mi conductora está perdida, no sabe donde está Arapiles.
Me cuenta que es psicóloga, que antes pasaba consulta después del trabajo, pero que desde que nos cambiamos de oficina ha tenido que dejarlo. Por eso ahora trabaja en recursos humanos, me dice, porque es más de lo suyo.
Aprovecho para que quede clara mi filosofía sobre la gestión de personal, sobre los horarios, sobre el teletrabajo, sobre la absurdez de fichar. Le pregunto que si es ella la que controla eso, porque yo no lo hago. No sé si esperan que yo lo haga. Pero me niego. Yo voy a mi aire y creo que a nadie le importa. Ya les he educado a que yo soy así. Le dejo claro que no pienso cambiar. Que yo hago el horario que quiero y puedo. Le digo que voy a pedir teletrabajo para las madres de niños pequeños. Por si se tienen que ir a casa por algo se organicen como quieran. Que a mi no me hace falta verles el careto, con el trabajo bien hecho tengo más que suficiente.
Afortunadamente está de acuerdo conmigo en todo.
De pronto estamos entrando en Opera. No sabe salir. Cogemos una calle y aparecemos en Mayor delante de una señal de prohibido como una casa.
“Estooo, creo que lo que estamos haciendo está un poco prohibido” le digo.
“Uy sí, es que no sé como salir, la verdad es que hay muchos coches, no?” me dice ella.
Ya en la Puerta del Sol, en teoría cerrada al tráfico, tengo que dirigirla para que no acabemos en Mostoles sin darnos cuenta. Cruzo los dedos para que no nos pare la policía.
“Oye, de verdad, déjame aquí que cojo el metro que no tardo nada” le digo.
“No, no, te he dicho que te llevaba y te llevo” me dice.
Pienso en la vuelta al mundo que estamos dando, en el momento en que me momento en su coche...
“No te tienes que comprar ningún librito, lo digo por si quieres que pasemos también por libreros” le digo.
“Vamos que estamos dando un ligero rodeo, una visita turística por Madrid” remarco.
Ella suelta una carcajada. “Y lo que nos estamos riendo” me dice.
Avanzamos por la calle San Bernardo, me cuenta su vida, me dice que por ahí dicen que soy maja, que se puede hablar conmigo, que no soy una creída y que no tengo problemas en mantener las distancias. “Mantener las distancias??” le pregunto sorprendida.
Luego hablamos de su pareja, de Francia, de caerse o no los anillos.
“Que no se te caigan los anillos es la garantía más segura de que nunca vas a pasar hambre, porque harás cualquier cosa” le digo.
Ella suelta unas carcajadas enormes, como si descubriera América en cada frase.
“Déjame aquí, y nada, suerte hasta tu casa. Ponte música o algo” le digo.
Partida de risa se acerca al semáforo para que me baje del coche finalizada la excursión.
Más adelante salgo a la calle camino de mi casa. Empieza a llover a mares. Me guarezco en una tienda y salgo con tres camisetas, unos pendientes y unas gafas de sol. Una tromba de agua un poco cara. Decido coger un taxi. Bajo el diluvio universal, pero ya sin granizo, saco la mano del paraguas.
Milagrosamente, un taxi conducido por una mujer me ve y para.
Intento subirme, pero un río mucho más grande que el Manzanares se interpone entre la puerta y la acera. Hago alarde de mi flexibilidad y mi gadgetobrazo y consigo abril la puerta. Se me engancha el paraguas con el asiento. Lo cierro y en ese momento me sale un anillo disparado y acaba en mitad de la calle. Decido quedarme unos minutos “singing in the rain”, dejo el paraguas en el asiento de detrás.
“Te subes delante y acerco el coche, vale?” me dice la taxista.
“De acuerdo” le digo.
Voy a la pesca de mi anillo. Lo recojo y usando la acera como embarcadero me subo a la góndola blanca con raya roja y con taxímetro.
Hablo con la taxista que recibe una llamada del marido para que se vuelva a casa.
“Me da cosa irme en estos días porque se queda la gente tirada, pero no me gustaría que me mandaran a Pozuelo o algo así” me informa.
Por segunda vez en mi vida percibo el concepto de “servicio público” en un taxi. Otra vez otra taxista (también mujer, qué casualidad), me llevó a que me cosieran un dedo que me corté, pero eso ya es otra historia...
Y así es como llegué en góndola a mi casa, calada hasta los huesos y con tres inesperadas camisetas, unos pendientes y unas gafas de sol.






Miss Calamar dijo
A mí la gorda me cayó conmigo en la tienda, casi cerrando, y trescientas personas cobijándose dentro de ella, porque somos lo último que cierra por allí. Luego me mojé bastante, lista de mí, que pensé que no llovería aunque el cielo estaba negro y amarillo y llevaba unas zapatillas llenas de agujeros y un jersey de punto blanco. Y sin paraguas, claro. Dicen que hoy se repite.
Jo.
23 Mayo 2007 | 03:07 PM