Fantasmas, ángeles y demonios
Llego a casa con la imagen del espectro en mi retina. El ángel que se volvió fantasma.
Noche de jazz y blues, noche de amigas incondicionales, de charlas animadas engullendo comida árabe amenizada con danza oriental. Nos escuchamos, nos queremos, nos respetamos.
Exijo mi dosis olvidada de ritmos que te llevan. De ritmos a los que abandonarse mientras todos se abandonan, mientras pasas de los problemas cuando todos pasan, sin identidades que no existen mientras ninguna existe, de profesiones que a nadie importan, de detalles que olvidas con solo dejarte guiar por los ritmos y la oscuridad.
Llego a mi catedral del ritmo. Saludo al portero, un poco bobo para ser de toda la vida. Pedimos la primera, mientras el local está vacío y el aire todavía está limpio y nitido. Me invade la música, me dejo arrastrar por el ritmo y la cadencia. Las conversaciones me atrapan. Hoy somos multitud; una multitud maravillosa que ha hecho lo posible por reunirse y por verse. El tiempo todavía no nos ha cambiado mucho, nuestra esencia sigue intacta, fiel a todos los tópicos sobre nosotras mismas.
Pronto el hogar se puebla de los habitantes habituales del planeta; el mulato de dos metros y coleta inalcanzable me saluda con su sonrisa de chiste y sus ojos tristes. Me gusta verle. Tengo sensación de que le gusto. No sé si es cierta o o si tiene esa generosa cualidad de hacer sentirse deseado a quien le mira. Es un tiarrón que me provoca ternura y melancolía. Con su aspecto divertidísimo es la persona más triste del lugar, como esos payasos que han de hacer reir aunque tengan una depresión de caballo. Bailamos, charlamos cuatro palabras y desaparece. Pulula como una pulga gigantesca que tiene miedo a posarse en alguna parte. Nosotras aceptamos su condición. Le dejamos que se pose hasta que decide dar otro salto.
Fauna variopinta. Un rasta colgado, un espontáneo barbudo, un guitarrista con hoyuelos engatusador.
Miro a la puerta y veo la entrada de dos chaquetas disonantes. "Esto se va a la porra, mucha chaqueta por aquí", digo a mi amiga. Mi voz no le llega al oído. De pronto me quedo lívida.
He visto a un ángel. No, he visto un fantasma.
Hay cosas que es mejor dejar donde se quedaron, hay cosas que es mejor no volver a recordar, no volver a dotar de luz ni de importancia. Ver un fantasma no es plato de gusto. Y menos si una vez fue ángel, entonces da pena y nostalgia de lo que fue.
Hablo con el fantasma, no sé que va a pasar. Decido que nada. Le pregunto sobre su paradero más allá de la tierra. Tiene dólares en la mirada y ha perdido el corazón que quizá nunca tuvo. Ruta inversa. Caminos que se cruzan cuando una va a marte y el otro al infierno. Una curva les aproxima una vez más para que se despidan y se vean. Me despido con nostalgia. Nostalgia de naturalidad y verdad, de luz y palabras francas. Yo ya no juego, digo lo que pienso, lo que necesito decir. Paso de todo. Le digo adiós porque lo siento. Ese adiós que él nunca me dijo, que prolongó hasta desaparecer de la faz de la tierra. Hoy la faz de la tierra me lo trae, lo vomita y lo pone delante de mí esta noche de reencuentros. Y yo se lo devuelvo. No lo quiero, me quedo con la idea que una vez me inspiró, con la sensación que una vez tuve, y rechazo la de ahora. La olvido, la devuelvo. Un ángel o un demonio. Supongo que ninguno. Pero ninguno se presenta como un fantasma al que despido por insolvencia, por malhacer, por torpeza.
Y derrotada y vacía os lo cuento a vosotros. Porque escucháis, porque os interesa algo más que mi cuerpo.
Escrito a las 7 de la mañana un poco perjudicada
A leer con esta música(Gracias Am_zoo)







Miss Calamar dijo
Ay Honey, despedido, rechazado, como debe ser... (que le den, con perdón). Espero que no tengas mucha resaca hoy, que te levantarás a mediodía, como si lo viera. Y que te quedes con lo bueno de la noche, que según cuentas, fue mucho.
Un besazo de domingo.
22 Abril 2007 | 11:34 AM