Ultima crónica nipona
Escribo la crónica del último dia de viaje, ya desde el avión. He dormido una pequeña siesta después de comer y ver nevadas las impresionantes montañas siberianas.
Ahora rememoro mi último dia en Kioto.
Nos levantamos temprano a desayunar. Al doblar la esquina de nuestra calle vemos apostados en la puerta de un local a un grupo de chicos de la banda "no sin mi peluquero" riendoy hablando. Esta tribu urbana, está extendida en todo lo que hemos visto de Japón, aunque su sede principal es Tokio. En Kioto parecen tener delegación. Frecuentan asiduamente la peluquería y se hacen todos el mismo corte; capeado, con algunos pelillos hacia arriba a lo Rod Stewart y con mechas color bronce. Hace tanto furor este pelo, que estoy empezando a dudar de si no se trata de una peluca como la de las "fake-geishas".
Por lo visto, tenemos un "after" a la vuelta de la esquina del hotel. También se pasan de rosca los japoneses, por lo que veo, y Kioto parece ser un buen lugar para ello, aunque el programa estrella sea la comida Kaiseki servida por geishas o maikos, en lugares privados de dificil acceso.
El dia esta tontorrón, de pronto se nubla, de pronto sale el sol; segun el Ryokan, 50% de probabilidad de lluvia.
Dirigimos nuestros pasos al parque Maruyama y a los templos de Chion-in y Shoren-in, aunque empezamos a notar la saturación de tanto templo.
El parque está lleno de casetitas que todavía están cerradas; invadido de plásticos en el cesped que no conseguimos adivinar para que son, pero que convierten el parque en un escenario más bien urbano. Más adelante vemos los puestecitos abiertos vendiendo comida y la genta tumbada haciendo pic-nic en los plásticos azules.
Un cerezo enorme preside la plaza central del parque, subido a un montículo cual pedestal de estatua o monumento. El cerezo, monumento de Kioto a la belleza efímera, es fotografiado por todo el mundo ahora que empieza a lucir flores rosas en sus ramas. Pera incrementar la sensación de temporalidad, varios cuervos enormes se posan en sus ramas y emiten unos graznidos desagradables, como implacable representación de la de la guadaña.
Todavía hay poca gente.
Vemos el templo de Chion-in. No nos cobran entrada. Habitualmente cobran unos 500 yenes en cada templo. No parece que les haga falta, se nota poderío. Excursiones de señoras mayores, como si fueran de alguna "parroquia" visitan el lugar.
Vemos Shoren-in, que tiene unos jardines preciosos, en los que conseguimos tener un rato de contemplación silenciosa. Hay poca gente y nos podemos sentar en el entablado del templo a mirar el precioso jardín que transmite paz y serenidad. El mundo se ha parado.
Después cogemos un autobús hasta el templo de Ginkaku-ji, donde iniciamos nuestro "paseo del filósofo", desde el punto más alejado de Gion. Por lo visto, Nishida Kitaro, profesor de filosofía de la Universidad de Kioto de principios del siglo pasado, solía recorrerlo cada día para mantenerse en forma. Hoy la procesión de turistas harían imposible cualquier ritmo atlético o cualquier atisbo de meditación en el camino.
Vemos Ginkaku-ji, el Pabellón Plateado y su hermoso jardín zen. Me encantan los jardines zen, llenos de grava rastrillada, con piedras armónicamente colocadas y formas representando elementos de la naturaleza. Hemos visto la mayoría de los que hay en Kioto. El más grande lo vimos en Koya-san que nos sorprendió mucho por ser el primero que veíamos y por verlo en mayor soledad. Son jardines para ver en soledad, sentarse y dejarse invadir por la serenidad de los elementos. A mi me producen una sensación especial, como de humildad, como de ver el mundo pequeño, reducido a una maqueta.
Este de Ginkaku-ji, destaca por la enorme variedad de musgos cortados al uno, que producen alrededor del jardin seco un jardin húmedo que parece una alfombra de pachwork, una alfombra de distintas texturas en verdes y pardos.
Proseguimos el paseo muy acompañadas y haciéndonos fotos como todo el mundo. En plan gansas, nos metemos detrás de una rama en flor de cerezo a modo de mandorla y le pedimos a un chico que nos haga una foto. Tiene cara de no entender nada y cuando acaba nos dice "please, check it", como preguntando "seguro que es esta la foto que queréis hacer, estáis quitando toda la poesía al paraje?". "Arigato, arigato" contestamos nosotras riéndonos. Un ciclista occidental mira divertido la escena.
Ya en Nanzen-ji, seleccionamos uno de los subtemplos a visitar, para no terminar de empacharnos de templos; vemos otro jardín zen y unas bonitas pinturas de tigres del maestro Kano Tanyu.
Volmemos a nuestro barrio, Gion, después de dejar unas compritas decidimos volver las calles del viejo Gion, que son tan bonitas y animadas.
Paseamos, nos metemos en tienditas de artesania y dulces, compramos algunas cosas, tenemos nuestro momento "Biru" acompañandola con alubias de wasabi y decidimos irnos a cenar a la parte nueva y comercial de Kioto, para hacer alguna compra de última hora, como aperitivos japoneses que nos encantan.
Todavía en Gion, nos alejamos por una calle angosta y nos encontramos con una escena de encargo. Una escena representativa de este particular barrio de Gion. De este barrio del siglo XXI, que mezcla tradición y modernidad de una forma sorprendente y dificil de creer.
Vemos a una chica vestida de kimono, muy agitada, que busca un taxi. A su lado una señora, ya de edad, en kimono, lleva un instrumento en la mano. La chica muy servicial con la señora, le abre la puerta del taxi y le dice al taxista su destino. Se despide de ella. La señora entra en el taxi, muy seria, como si fuera en limousina. Es una geisha, las mayores suelen ser muy apreciadas porque alcanzan gran maestría en el arte del Shamisen.
Estamos convencidas de que hemos visto a la geisha de las geishas, dirigiéndose a amenizar una velada. No lleva el pelo especialmente abultado, ni va pintada como un personaje del Kabuki. Es mucho más discreta, pero su casa está en lsa callejuelas de Gion, lleva un shamisen en la mano y tiene una ayudante que le muestra gran veneración.
El taxi nos rebasa y vemos que saca un teléfono móvil y va mirando la pantalla, como hace medio Japón cada vez que se sienta en un transporte público. Y me pregunto si jugará al solitario ajena al souvenir que acaba de conceder a este par de turistas de retirada. No lo sé, pero la escena, en una solitaria callejuela de Gion, me la llevo conmigo, para imaginarla en un mundo fascinante donde perviven de forma anacrónica profesionales tan singulares como ésta.
Cruzamos el puente, peregrinando por tiendas de aperitivos. En una de ellas, dos abuelitos adorables venden miles de variedades de aperitivos sin tanta parafernalia como otras tiendas que parecen vender encurtidos y "panchitos" en cajas de Channel nº5. Les compramos varios tipos y les pido una foto porque me parecen adorables y uno de mis abuelos era tendero. Se la hago a ellos y a los aperitivos y les dejamos un regalito de aceite y brandy.
Tras cruzar el puente nos invaden los neones, los tintes en el pelo y los fashionistas. Tras una última compra, acabamos en una barra de sushi. El local está animado, con bastante gente. Hablan en alto, como recitando la comanda y se ve muy bien como preparan el sushi un grupo de 5 o 6 chicos vestidos todos iguales con pinta de simpáticos. El que nos toca a nosotras es un cachondo y bromea con nosotras. Le pedimos también una foto y posa como la mayoría de los japoneses, con los dedos en forma de "V" (en nuestras fotos del fotomatón de ayer, también posamos así, por supuesto). Sirve una cosa que no sabemos lo que es al señor de al lado. Le preguntamos qué es y como es imposible entenderse, el señor de al lado nos da un trozo para que probemos. Lo hacemos y nos damos cuenta de nuestra metedura de pata; es una de esas pastas gelatinosas de arroz que no nos gustan nada. Nos ha estropeado el sabor del exquisito pescado que acabamos de tomar, pero la simpatía de ambos se merece sendos packs de souvenir español (me pregunto, si la Cámara de Comercio, no debería haber patrocinado nuestro viaje).
Volvemos al hotel y dejamos una buena movida en las calles de Kioto, es viernes noche.
Tengo que hacer un puzzle para meterlo todo en la bolsa antes de irme a la cama; odio este momento, pero lo consigo. Saco todo y empiezo con mucho cuidado a rellenar cada mísero hueco para que quepa todo.
Ahora estoy en el avíon, a falta de 5.307 kilómetros para llegar a Paris, a una altura de 31.500 pies, sobrevolando Siberia y saboreando todavía las impresiones del pais de los cerezos. Un país que me costará olvidar. El pais de las estaciones, la honestidad, las contradicciones y los detalles.
Haikus nostálgicos:
El sol naciente
se despide florido
hacia poniente
La retina en flor
wasabi en el paladar
y sin zapatos
Mil reverencias
tradiciones que ciegan
calles de neón
Llevo un shamisen
palillos en el bolso
veo un jardín zen.
Próximamente, corrección de textos e incorporación de fotos.
Cuando aterrizo en Paris, enciendo el móvil, maravillosamente apagado durante 15 días y recibo este mensaje: " Marta, espero que estés bien y lo estés pasando genial. Me acaban de decir que el día 3 tienes que estar en Milan, así que te voy a sacar un vuelo para el 2 por la tarde, no deshagas la maleta". Así, que el primer día de trabajo, todavía con jet lag, me envían a Milán...pero eso ya es otra historia...




laluzenmi dijo
wasabi en el paladar
y sin zapatos...
:)
pero donde estén los boletus, donde estén los boletus...
5 Abril 2007 | 07:11 PM