Peregrinas en Koya-san
Temprano, por la mañana, iniciamos nuestro periplo en los transportes públicos japoneses. El día anterior, habíamos conseguido sacar los billetes, pese a que nos habíandicho que era imposible; hay varias compañías de ferrocarril y en Nara parecía que solo llegaba una de ellas. Finalmente, como preguntando se llega a Roma, conseguimos comprarlos por anticipado y con tarjeta en una agencia de viajes con una chica encantadora y entendiéndonos con monosilabos. Teníamos que hacer tres transbordos, uno de ellos de funicular y a la llegada coger un autobus hasta lo alto del monte Koya y buscar nuestro monasterio.
Los transportes japoneses marchan con la precision de un reloj suizo, miles de trenes se enlazan y coordinan con minutos de distancia unos de otros. Me gusta viajar en tren y mirar por la ventana.
Antes de partir, me doy una carrera a un banco que abre a las 9 para cambiar dinero, porque estamos a dos velas de yenes y es dificil encontrar sitios en los que pagar con tarjeta; el tema financiero lo llevan bastante mal. Cobran altas comisiones de cambio y tienen horarios muy cortitos. Pero consigo que me de tiempo e irnos tranquilas al monte. Eso sí, la panaderia no ha abierto todavia. No entiendo estos horarios tardíos de desayuno, cuando las cenas son tan tempranas: nos quedamos sin bocata de jamón ibérico para el trayecto.
Todo transcurre sin ningun problema, acostumbradas a la estación de Shinjuku las estaciones por las que pasamos son como de apeadero de pueblo. En el último tramo, todo empiezan a ser montañas verdes de árboles altos. Hace un día de perros, llueve a mares. Parece que cada vez que nos adentramos en las montañas nos jarrea.
Cogemos el funicular, casi me despeño con la bolsa para abajo.
Una vez arriba pasamos un momento agobiantillo en el autobús que sube arriba del todo; va repleto y nuestras maletas casi no entran por el pasillo que es muy estrecho. Otras bolsas entorpecen el paso y no nos dejan avanzar y dejar sitio a los siguientes que entran.
Finalmente llegamos a nuestro templo.
La puerta deja ver un farol de piedra y un precioso jardin japones.
Entramos y nos quitamos las zapatillas. Un monje joven nos saluda y pregunta nuestro nombre.
Coge mi bolsa en volandas y dice que le acompañemos. Antes nos enseña los baños comunitarios y nos dice los horarios.
Los pasillos son de una madera reluciente e impoluta. Hay galerias que dan a jardines perfectamente cuidados que te hacen sentir en un remanso de paz a pesar de la copiosa lluvia. Nuestra habitacion esta en el piso de arriba. Tras una puerta corredera, dejamos las zapatillas sin talon entre esa puerta y la siguiente decorada con dibujos, y entramos al tatami de la habitación; es espaciosa y tiene una mesa con dos cojines en el medio. Un ventanal enorme tipo galeria da al jardín principal y enfrente se haya el templo principal. Entre el ventanal y otra corredera de papel hay una mesita con dos sillas bajitas.
El monje nos indica las normas de los baños, las horas de las oraciones y las comidas. Le damos las gracias. Es monísimo y jovencísimo.
Decidimos salir a aprovechar un poco la tarde, a pesar de la lluvia y la oscuridad del día. Nos abrigamos un poco más y nos dirigimos al Okuno-in (santuario de Kukai), pasando por un cementerio de unas 200.000 tumbas en un bosque de árboles enormes (creo que cedros). Es impresionante; entre el día que hace, la niebla, las tumbas y el paisaje, nos dan escalofríos y nos sentimos impresionadas. Los encuentros con peregrinos y con un jardinero muy sonriente alivian un poco la impresión, aunque ponen banda sonora de campanitas a este cuadro.
Frente al mausoleo se encuentra el Toro-do, o pabellón de faroles; miles de faroles encendidos cuelgan por todas partes y dan un efecto mágico.
Un poco estremecidas y mojadas volvemos a nuestro monasterio a la hora de la cena, las 17.30. Nos ponemos la yukata para estar más cómodas y quitarnos la ropa mojada y esperamos otra sorpresa culinaria más.
A la hora en punto llega un monje y llama a nuestra puerta; pasa con cuatro bandejitas, unas encima de otras y nos coloca dos a cada una con multitud de platillos. La comida es toda vegetariana. Este tipo de comida se llama "Shojin Ryori" y es tipica de los budistas zen, totalmente vegetariana y basada en hierbas y tofu. Nuestro templo es budista Shingon, una escuela del budismo esotérico, que pone mucho énfasis en los mantras y en la meditación zazen. En nuestro monasterio es posible realizarla con ellos (pero hasta aquí no hemos llegado).
Leemos un rato, charlamos y cuando Blanche se va a dormir yo me cojo un libro para niños en inglés. Esfinito y está lleno de dibujos, tipo comic, yexplica la vida de Buda; tengo que entrar en materia de forma express antes de los rezos mañaneros.
Duermo cómoda en el futon, aunque con mil sueños extraños que bordean la pesadilla. A las 6 nos levantamos y salimos de nuestros aposentos. Bajamos hacia el pasillo principal a ver si vemos a alguien que nos diga donde dirigirnos. Vemos a nuestro monje simpático vestido de ceremonia que nos señala diciendo que le sigamos.
Le seguimos por pasillos y galerias que llegan al edificio que está enfrente de nuestra habitación pero sin tener que pisar la calle - se agradece, porque cada vez que pisas la calle es un trajín de quita y pon de zapatos-. Otras dos señoras se unen a la procesión.
Abre las puertas del templo y nos dice que nos sentemos frente al altar.
El va junto con otro mas gordito y tambien muy simpático, que nos ha servido la cena, preparando todo lo necesario para la oracion; los inciensos, colocando los instrumentos e incluso poniendose otra vestimenta encima de la que lleva.
De pronto, un monje más mayor y vestido de una forma más solemne se desliza enfrente del altar, donde hay un sitio preparado para él. Se arrodilla y empiezan al unísono a rezar. Son unos rezos rítmicos y repetitivos que de vez en cuando se acompañan de instrumentos. Mantras, creo que son mantras (pero Nora, nos lo confirmará, verdad?). Poco a poco se va llenando el templo detrás de nosotras. Tras un buen rato así, el monje joven se acerca y nos dice algo que no entendemos. La gente se empieza a levantar y se dirige a un incensiario que tiene al lado una caja. Abren la caja, cogen algo de dentro - unos polvos, unas hierbas, no llegamos a saber- señalan su cabeza ligeramente y lo echan al incensario. Yo estoy sobrecogida, quiero tener mucho respeto, pero también tengo mucha curiosidad. Tengo ganas de rezar a Buda o a quien sea que ojalá exista y que seguro será bondadoso como Buda. El budismo me da buen rollito. Me inspira paz.
De pronto, el sacerdote mayor se va y nos saluda. El joven nos hace un gesto de que podemos pasar al recinto reservado para ellos donde se encuentra el altar principal. Nadie pasa y Blanca no tiene mas remedio que pasar la primera. Pero nosotras no tenemos ni idea de que hacer. Como él ha pasado antes y ha reclinado la cabeza con las manos en posición de orar, Blanca hace lo mismo. Yo hago lo mismo detrás, pero esta a punto de entrarme una risa nerviosa por la situación. Con todos los budistas que hay en la sala, hemos tenido que pasar nosotras las primeras.
Después en procesión, salimos a la puerta principal. Nos ponemos los zapatos y vamos hacia otro templito aledaño del monasterio. Es una sala pequeña en la que el sacerdote mayor está sentado en un alto que parece como un hogar con una chimenea arriba.
Nos situamos a su alrededor, empieza a hacer una hoguera hasta que el fuego sobrepasa su cabeza y produce un efecto mágico. Mientras el monje joven sigue recitando mantras y dando a una especie de gong (disculpad mi incultura, pero no sé como se llama nada, y aquí es difícil comunicarse para que te lo expliquen).
El efecto es sobrecogedor. El fuego es altísimo. Luego lo apaga y deja el hogar humeando. La gente empieza a circular alrededor y saluda a tres figuras que hay detrás.
Una vez acabado salimos del templito y nos vamos a la habitación a esperar el desayuno.
En este viaje queda corroborado; soy capaz de comer casi cualquier cosa y a cualquier hora. El desayuno también es vegetariano, consta de sopa, encurtidos, hierbecillas varias, una especie de tofu tipo tortilla que está muy bueno, y arroz. Por supuesto té.
"Mi reino por un café con leche", eso si. Yo con este té no me despierto.
Despues de desayunar, nos vamos a dar un paseo a ver los templos mas recomendados deKoya-san. El día está mejor que ayer, y se respira aire fresco serrano. Los vemos, respirarmos y nos volvermos a por las maletas. Pagamos con visa. En una salita pequeña hay tres monjes, entre ellos el abad o como se llame que es muy sonriente y afable. Les preguntamos cuantos son y nos dicen "monjes, cuatro". Nos quedamos estupefactas. La verdad es que en el monte hay cientos de templos, pero nos parecen muy pocos para un templo tan grande. Los monjes jovencitos son una monada. Totalmente achuchables. Les pedimos que nos hagan una foto a la salida y nos la hace fatal, pero yo le plantaria dos besazos con abrazote de todas formas.
Una experiencia inolvidable.
Cogemos de nuevo las mil modalidades de transporte: autobús, funicular, tren rápido, metro en Osaka, tren super-rápido y taxi y llegamos a nuestro Ryokan en Kyoto.
Aunque son ya mas de las 15.00 todavia no tienen lista nuestra habitación. Dejamos las maletas y nos vamos a dar un paseo.
Haikus del dia
Rezos y mantras
con la lluvia caliente
nos acostamos
Aire serrano
tímido sol de invierno
que en mi aparece
Continuará...
(proximamente: floreceran los cerezos, gheisas verdaderas y falsas por Gion, la Gran Via japonesa...)





nora dijo
Hola Honey!!
Ese rezo rítmico que dices, se le llama "okyó". y es acompañado por un instrumento que se llama "mokugyo".
Las panaderías abren tarde, pero el horario normal del desayuno es a las 6 ó 7, y generalmente se como arroz. Las personas que comen pan en el desayuno, compran el pan el día anterior.
Honey, no es "yakata" sino "yukata". (yakata significa otra cosa)
Un abrazo para las dos!!
28 Marzo 2007 | 03:38 PM