Very British
El sábado comienza con cambios de habitación. El chico de mantenimiento llama a mi puerta, por lo visto gotea mi ducha en el piso de abajo. No me extraña nada, cada vez que abro el grifo el cuarto de baño se convierte en un auténtico baño turco, que no sólo debe gotear sino chorrear en forma de lluvia en el piso de abajo. Me acompaña a otra habitación. Nada más entrar veo que todavía hay alguien ocupándola. No está, pero hay una maleta preparada. Por la forma en la que está todo dispuesto, sé que es alemán. Sé que el inquilino es alemán; tiene la maletita perfecta, unas zapatillas de estar en casa dobladitas encima y una etiqueta de Lufthansa que dan el sí definitivo. Se lo digo al chico: “It’s still occupied, a German is inside”. El chico se ríe.
Comienzo el sábado cansada, metiéndome un desayuno inglés entre pecho y espalda para recuperar energías. Hasta que me entono, estoy de bofetada. Todavía no sé como mis padres me soportan. Cualquier día me desheredan de hija. Luego me voy entonando. Paseamos por Chelsea y South kensington, llegamos hasta Knightsbridge y seguimos ruta hasta Buckingham palace. Recalamos en un pub donde quedamos con mi hermano y su novia.
Tomamos comida de pub, charlando y moviendo a un inglés majísimo que chapurrea español de un lado a otro en función del crecimiento del grupo.
Nunca he hablado de mi hermano. Le adoro. Es adorable, le tiene que adorar todo el mundo. Tiene un carácter templado y pacífico, es inteligente y cariñoso, gran conversador y de tolerancia infinita, siempre tiene el consejo adecuado, la visión positiva que me hace falta para coger perspectiva. Además, aunque eso sea accesorio, es muy guapo, y quieres ver sus pelos disparados, su remolino de frente despejada y su expresión franca en todo momento. Le echo de menos. Lleva unos meses trabajando en Londres y le echo de menos. Moriría por él y ese pensamiento hace que automáticamente me ponga a llorar como una boba. Es más joven que yo, el hermano deseado y amado. Me sentí hermana cómplice, medio madre, según la época. Ahora ya no siento la diferencia de edad. Me ha superado a pesar de los años; en sabiduría y saber estar, en conocimiento interno y en manejo de las palancas de su persona. Ya estoy chorreando lagrimones. Esa es una palanca que yo tengo, como un botón, como cuando al Baby-mocosete de mi infancia se le daba el biberón de agua para que hiciera pis y echase sus moquitos.
Me encanta verle con su novia. Me encanta la pareja que hacen. Me encanta ver que se quieren y comprenden y quiero que les vaya siempre muy bien. A ella también la voy a querer, lo sé.
Paseamos, nos hacemos foto todos juntos en Piccadilly y paseamos hasta
Comentamos avatares, buscamos escritores, arquitectos y filósofos. Nos encanta que no solo haya santos y monarcas sino profesionales de una u otra condición, testigos del tiempo que vivieron y supervivientes a él por sus aportaciones.
Por la noche, vamos a cenar a un restaurante inglés fundado en el siglo XIX, rancio y elegante. Nos ponemos de tiros largos y comemos roast-beef con mucho boato. El maestro cortador del bicho, nos habla en español. “Esto ya no es lo que era”, hasta los ingleses se esfuerzan en hablar español. Da gusto y se agradece. Maderas y lámparas de cristal nos envuelven en un salón que parece medieval, un salón de techos altos y camareros atentos y omnipresentes. Estupenda comida inglesa, aunque suene irónico. Llega el momento regalos; a mi padre le inundan los libros a mi un bolso precioso, un cenicero conmemorativo de la boda de Charles y Lady Di comprado en Portobello – si regalo freaky de mi brother, que cuando se pone tiene un sentido del humor…y lo que me voy a reir yo cuando venga un fumador a casa- y el regalo estrella: un ipod. Me quedo muda, yo no quería nada. Es demasiado.
Con una sonrisa de oreja a oreja y tras un achuchón eterno a mi hermano, que pulsa mi palanquita-botón de lágrima fácil, me voy a dormir.
Al día siguiente, solo nos da tiempo a darnos una vuelta por el Victoria & Albert Museum. Es una joya, tampoco lo conocía. Vemos alfombras árabes antiquísimas, cerámica maravillosa del imperio otomano, antigüedades japonesas para abrir boca y otras delicias de las exploraciones inglesas en el exterior. Un retablo sobre la vida de San Jorge, está perfectamente expuesto e iluminado. Proviene de Valencia, no sé cómo habrá llegado hasta allí, pero en este momento casi me alegro; está tan bien expuesto, entrada gratuita y por Londres pasa tanta gente… Volvemos al hotel y nos cruzamos con familias hindúes vestidas de gala, con sus mejores Sharis, pinturas y joyas. Aparecen por todas las esquinas, elegantes y coloridos, se saludan y entran por una puerta de un edificio. Me encanta la variedad cultural pacífica.
Vuelvo a Madrid, deshago la maleta y pongo una lavadora.
Ayer fue el cumple de mi padre; otro piscis maravilloso. Algún día os hablaré de mi padre, necesito el tiempo y el espacio adecuados.
Tengo una familia de enmarcar. La familia que me ha tocado en suerte es la más estupenda del planeta. Este very British week-end se lo agradezco, se lo dedico, se lo pinto en el recuerdo; en un recuerdo de mucho amor sin espacio y sin tiempo, un amor eterno y fuerte, referente de su propio significado para los otros.






lamazmorradelandroide dijo
Los hermanos son la polla, en general, no hacen más que incordiar, y luego se convierten en un pilar de la vida... Si es qeu al final somos de la vieja escuela, eh?
Fuerza y honor.
14 Marzo 2007 | 12:23 AM