Blasfemia

Tras ver Cyrano, nos dirigimos a tomar algo por el Madrid del centro olvidado, el Madrid escondido tras los arbustos. Pegadito a la Gran Vía, hay un sub-mundo de prostitutas y drogadictos con papel de plata. Un último cine X pervive sin limpiar el polvo de sus mugrientos carteles de películas para adultos. Carritos de la compra, se cruzan con individuos con mirada vacía que andan como programados. Inmigrantes de todos lugares, fundamentalmente negros, simplemente están, velando el paso de los que van a alguna parte.
Entramos a la Pipa, uno de esos lugares que conservan el ADN de una ciudad cada día más globalizada y construida.
Croquetas, bravas y tortilla, pasadas con cañas. Todo en veinte minutos. “A las doce cierro” dice la mamma cañí. Y allí, nos encontrábamos, engullendo croquetas con Christian, mientras Roxana se zampaba un pincho de tortilla en la otra punta de la barra.
Entre palillo y palillo, entra un negro alto y perdido. Pide algo en la barra y “doña Pipa”, le dice que no, que se pasó la hora. El madrileño de importación, se enfada, le llama racista y forma barrillo ahí al final del otro lado de la barra, donde nosotros estamos equidistantes del sujeto de los amores de Cyrano. La Pipa, mujer cañí, de barrio complicado, le pregunta a él “¿tú eres racista?. A ver si el racista lo vas a ser tú. Yo no soy racista, es que se ha pasado la hora. A éstos les acabo de decir lo mismo”.
Africa entra en cólera, se pone a gritar, a blasfemar en no sé qué idioma. Grita y se queja, indignado. Lleva una identificación de no sé qué en la solapa, pero se le ve un poco tocado. Mientras, la Pipa y marido ni se inmutan, siguen tras la barra mirando al individuo indignado gritar, que cada vez se mueve más cerca de nosotros. Yo vigilo mis espaldas y estoy por darle la tortilla para que se calle.
Por un momento sale, pero el llamemos “portero” es demasiado lento para cerrar la puerta. Parece que el alcohol, un mal golpe dado a un ex-boxeador de barrio, o algún tipo de retraso de nacimiento, le hacen permanecer como anestesiado, con una cara inmutable e inexpresiva, una piel gorda como de careta de guiñol, con un labio que se cae porque pesa demasiado y un pelo graso para atrás.
Vuelve a entrar. Sigue blasfemando, como extendiendo una especie de maldición a los que no le han querido servir.
Mientras la Virgen del Carmen, nos protege desde un calendario del año 2007 colgado en la pared junto a un cartel de “Vigilad vuestros bolsos”.

maria dijo
Ay... vigilad vuestros bolsos, tarde me llega...
Besitos y buenos días (tardes)
:)
20 Enero 2007 | 01:06 PM