Sevilla de caramelo

Llovía a mares. Una lluvia poco habitual. Las luces navideñas se tambaleaban sorprendidas y temblorosas ante semejante torrente de agua. Noche de Reyes. La cabalgata se resistía a interrumpir su camino. Una sucesión de carrozas hacía su aparición. Una tras otra, con las telas y los dorados empapados, con los Reyes y pajes goteando y deshaciendose en agua.
"Quedamos en la esquina de la calle X con la Y" le dice el paje de Melchor a mi amigo por teléfono.
Yo, con dos bolsas de caramelos en las manos y un paraguas milenario, sigo a mi amigo sevillano, sorprendida de haberme convertido en proveedora real.
Pocos días antes, el 31 de diciembre, yo estaba pintándome el ojo antes de la cena de Nochevieja, corriendo, con el tiempo pegado, como suele ser habitual.
Suena el móvil:
- Hola qué tal, Feliz Año!
- Feliz Año, dónde andas?
- Aquí en una casa rural, con unos amigos.
Suena tremendamente aburrido, como deseando compañía.
- "Por qué no te vienes en Reyes a Sevilla a hacerme una visita?" me dice
- "Bueno, lo pensaré", le digo un poco sorprendida de tal atrevimiento y valentía.
Nos habíamos conocido ese verano. Uno de esos días mágicos, que suceden cuando menos te lo esperas. Uno de esos días que se recuerdan tras el paso del tiempo con una sonrisa en los labios.
Ese año habíamos alquilado una casa en Caños de Meca, tres o cuatro parejas - según la fecha- otra amiga y yo. Esa noche acabamos en la jaima sobre la playa, las dos solteras, bebiéndonos nuestra soledad en mojitos y bailes de esperanza.
Un alemán borracho de unos sesenta años se sujetaba al palo de la tienda, mientras nos sonreía con cara amable e intentaba hablar con nosotras. Como disculpándose de semejante osadía, enseguida vino "el sevillano" , como se empezó a llamar desde ese momento.
Hablamos, bailamos música étnica y adoramos al alemán, educadísimo a pesar de su intoxicación etílica.
Copa tras copa, canción tras canción, reflejo de luna tras reflejo de luna, ola tras ola, estrella tras estrella, empezamos a sentir que nos conocíamos desde hacía lustros. Eramos dos viejos amigos que se encuentran tras un largo viaje. La fiesta continuó en la playa. Luego el sevillano me llevó a casa y me dio un beso de despedida.
Mi tradicional suerte logística, hizo que no nos pudiéramos volver a ver, pero conservamos nuestros teléfonos.
Los siguientes tres meses, pasamos de los mensajes enviando puestas de sol, a los mails cargados de detalles prácticos de nuestra vida. Se fraguó una relación escrita, totalmente novedosa para mí.
Hizo una visita de inspección a Madrid en la que no saqué sobresaliente, pero tampoco suspendí del todo.
Creo que en Reyes todavía seguía sin entender que nos pasaba. Por qué esperábamos ansiosos correos del otro, porqué moríamos por un mensaje. Yo tampoco lo entendía, pero lo disfrutaba tal cual, con la sencillez de quien tiene un nuevo amigo que solo sabe como se llama.
Y pasó el tiempo. Y tras pensarme suspendida, recibo esta llamada sorprendente. Y decido ir a ver quien es y como piensa. Decido comerme el miedo y transformar las palabras en valentía. Decido ir a revisión de examen.
Y allí me encuentro, convertida en proveedora real, corriendo de un lado para otro, empapada hasta los huesos, para dotar de caramelos a mi Rey Mago. Curioso devenir, surreal descubrimiento.
Y seco mi cuerpecillo mojado, y me pongo el pijama, y hablamos hasta la madrugada, y duermo. Una sucesión de amigos, de amigos de amigos, de amigos, de amigos, de amigos, de primos, de sobrinos, de hijos, de amigos y amigos, me marean, me aturden, me entretienen hasta el fin de la oposición. La oposición que finalmente suspendo.
Ahora lo entiendo todo. Eramos dos blogueros frustrados por la no existencia del invento. Estábamos enganchados a las palabras.
Una vez convertí Sevilla en caramelo... y fui valiente.

Nick Furia dijo
Bufff, casi todos los sevillanos son lo peor, no todos, vease a maria, a mi fati, a mi luismi, pero pocos más.
Fuerza y honor.
4 Enero 2007 | 12:10 AM