Champagne en el Pont des Arts

Bengalas, champagne y luna en el Pont des Arts,
así terminó una noche sorprendente, una noche mágica que siempre recordaré de mi estancia en Paris, esa ciudad bella y altanera, dura y exigente.
La primadonna de las ciudades, la más bella, la más diva, la más divina, siempre pidiendo más, exigiendo más a sus habitantes, seres que reniegan de ella y dejan de ver su belleza para ver su crueldad.
Rue des Rosiers, distrito cuatro, estudio antiguo en un cuarto piso sin ascensor de un barrio bohemio y gay, judío y cosmopolita. Vivía yo allí, cuando un día abrí la ventana y conocí a Ludovica, mi vecina de enfrente de ventana en una calle estrecha y especial.

Reconociéndonos mutuamente, percibimos olor latino, olor a aceite de oliva y calor de gente cercana.
Por la ventana me invitó a la velada, al cumpleaños de mi vecina de arriba, una tal Anna que vivía en la buhardilla del último piso con su novio, personaje entrañable e italianísimo que había fundado el club de "les quatre vents", no sé muy bien con qué objeto ni por qué, pero tampoco viene al caso.
Confesándome el código de entrada a su casa - en París en vez de portero automático, las casas funcionan con códigos que sólo conocen los vecinos- quedé en aparecer por allí sorprendida por tan casual encuentro.
Entre curiosa y nerviosa, aparecí por allí, cortada e inquieta, deseosa de conocer a gente en una ciudad hostil y sin alma. De pronto me encontré con un grupo de italianos, bohemios de alma y con spaguetti en sus platos como es de rigor.
Ludovica era actriz, acababa de hacer una película cuyo nombre nunca conseguí saber, y se había comprado esta casa en su París diferente. Un francés con barba elogiaba los poderes de la misma, que le había ayudado en un casting y dado un papel con qué comer.
Poetas, escritores y artistas de alma sin profesión, formaban el club de los invitados.
La homenajeada fue regalada con una obra de teatro interpretada por los amigos sobre su vida y su futuro. Yo entre tanto despliegue artístico, me fui a por un cassette de Lole y Manuel y me marqué un flamenqueo sin anestesia y sin escuela. Con un par, quería aportar algo a una velada artística a la que me había llevado el azar, la fortuna de haber abierto una ventana en un momento preciso.
Era verano y hacía calor, así que decidimos lanzarnos a la calle de una bella ciudad de la que solo disfrutan los extranjeros. Y así fuimos, en comitiva, parecíamos un grupo circense, una tribu de latinos en busca de calor. Y allí acabamos, en el maravilloso Pont des Arts, uno de mis lugares favoritos de París, lugar de encuentro de enamorados, encendiendo bengalas que iluminaban la noche de siluetas de edificios que son mitos perennes de la historia de las ciudades. A un lado el Louvre, al otro el Institut de France, enfrente el Pont Neuf y Notre Dame, al otro la Torre Eiffel.
Un sorbito de champagne y otra foto mental, para no olvidar mientras me quede memoria este lugar y esta velada maravillosa.
PD: Pronto iniciaré una sección dedicada a buscar personas que conocí y perdí en el tiempo, por si algún día me encuentran ellas por la red. Ludovica es una de ellas.

sansar dijo
hace poco oí que París es la ciudad que todo turista querría para vivir, pero que a los parisinos nos les ocurre lo mismo. Tú que has estado allí, ¿puedes confirmarlo?
A mí me gustó mucho, pero, eso sí, fui de turista.
La fiesta esa que te cuentas mola. Bohemio total. ¿Dónde debe estar la Ludovica ahora?
sitos
4 Noviembre 2006 | 09:34 PM