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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

Categoría: Veladas

14 Septiembre 2009

Spoilt (Malcriada)

Dicen que los neoyorkinos son los seres más caprichosos del planeta, porque siempre encuentran lo que desean a la vuelta de la esquina. Cuando pasas por allí y te quedas, aunque sea unos días, empiezas a entender las razones. A golpe de tarjeta de crédito, uno puede conseguir cualquier cosa en Nueva York. Esto convierte a los neoyorkinos en seres que consideran que todo es posible a los que resulta dificil  de concebir que algo no se pueda conseguir.

Para vivir Nueva York hay que ser rico. Es cierto que no hace falta ser rico para vivir, pero es que ser pobre debe de ser como poner a un crío en medio de una tienda de golosinas sin darle la paga semanal. Los dientes se ponen largos si uno no puede ir a cenar a un sitio bonito, tomarse una copichuela con glamour, escucharse un concierto de jazz o asistir al Met a una Opera o un ballet.

Y así he estado yo esta semana, completamente malcriada en una ciudad que es atractiva y seguramente agotadora a partes iguales.

La primera parte de mi viaje, un fin de semana largo acompañada de mi querida Skyller, transcurrió entre paseos, conversaciones largas arreglando al mundo y a los hombres, y la superación de un jet-lag agravado por el calor húmedo de Nueva York cuando se pone pesado. Sky, se vino conmigo al hotel. Un hotelito bastante mono muy cerca de la New York Library, una biblioteca maravillosa abierta al público, donde casi se casa Carrie en Sexo en Nueva York y yo casi escribo un post en directo sino llega a ser por un programa malévolo que me rechazó las claves por ser un poco tarde.

El primer día paseamos Nueva York, de Bryant Park -patas arriba por la instalación de las carpas de la Fashion Week- a Times Square, de Union Square y su Farmer´s Market a la librería Strand donde Skyller me recomendó varios libros para llevarme. Adoro las librerías y parar a comer en un tailandés. Adoro que me dejen colarme en los autobuses con esa especie de camaradería entre los negros que me ha parecido percibir y de la cual he sido beneficiada varias veces. Porque mi Sky es negra del sur, y todo lo arregla con un "honey", un "darling" o un "sweety". Así consigue que me dejen colarme en el autobús porque no tengo suelto, me revisen el dinero de la tarjeta del metro y nos hagan un book fotográfico mientras posamos como modelos echándonos unas risas. Claro, que no hay más que ver su sonrisa para que te ponga de buen humor y eso se transmite. Nos reimos de todo, del fotógrafo profesional que nos hace una foto que solo saca el suelo, de la noche en la calle a las puertas del Metropolitan mientras una pantalla gigante retransmitía una opera que no pudimos escuchar porque siempre teníamos algo que decir, de la pareja que quería quitarnos nuestras "cup-cakes" que parecían atraer a cuanto viandante veía la caja.

El domingo nos embarcamos a Liberty Island, a ver a Miss Liberty recién abierta al público de nuevo,  y a Ellis Island a ver el lugar de llegada de los inmigrantes donde hay un museo y Sky estuvo buscando a sus antecesores. Un día muy agradable que terminó con un paseo hacia Wall Street, donde me comí mi primer "New York Dirty Hot Dog" y toreé con mi pañuelo multiusos al toro de Wall Street ante el estupor de todos los viandantes. Por la noche cena en West Village y música de R&B en Groove, ya en Greenwich.

El lunes un poco de Metropolitan Museum para ver belleza que siempre reconforta y comida en Amy Ruth's en Harlem para probar la comida "ligera" del sur. Para bajarla, nada como un buen paseo por Central Park.

La segunda parte de mi viaje, siguió malcriándome de forma repetida. Aunque ahora tenía que trabajar, tener mil reuniones en un día y tener que guardar un poco esas formas ya perdidas durante el fin de semana, me trataron como a una princess. Entre ser transportada en coches gigantescos, cenas en sitios fashion, que si en el Meatpacking District, que si una brasserie japonesa en el Village, que si un super-chuletón... Saqué unos cuantos modelitos y me reí como loca ante la reacción de mi jefe al comer tofu y soba fríos ante el maitre más snob del sitio de moda más lleno de fashionistas en que he puesto los pies. Un vasco con hambre indignado con un menú de 85 dólares que terminó con pasta fría y una risa contenida de un camarero mexicano al que por fin alguien decía la verdad.

Reuniones con mil personajes variopintos, desde frikis de los números a ricachones con yate en Porto Cervo que se rien de nuestro nivel de inversión diciendo que es más baja que la de su mujer. De personajes con tics nerviosos a un australiano maorí relegado al mal tiempo de Boston por estar casado con una patinadora sobre hielo. Historias variadas, historias de gente, historias de altos de bajos, de ruinas y de éxitos que se perciben en días eternos de ocho reuniones en un día.

Tras el paso por Connecticut, cogemos el tren a Boston, donde nos espera un día lluvioso y un chuletón gigante. El día siguiente tras el enésimo madrugón y las enésimas reuniones quedo con un amigo.

Un amigo que me sigue malcriando, llevándome a cenar y de copas por la ciudad hasta que ésta se deja, hasta que cierran todos los sitios y nos echan a casa. Lloviendo, vamos andando hasta mi hotel, en un día turbio pero claro, cómodo a la vez que tenso. Finito pero con ganas de que fuera inagotable.

Y mandé un mensaje de órdago que no tuvo respuesta. En esta época en la que me encuentro en la que ya no me asusta exponerme y me lanzo al vacío. Pero respetando los espacios. Esos espacios cortos que a veces parecen tan lejanos y otras parecen desaparecer en un instante.

Y al día siguiente todo fueron paseos bajo la lluvia. Y vi el 80% de Boston, bajo un enorme paraguas de doble capa; negro y plata. Plata como el color del día, como el color de la bahía llena de gaviotas gigantescas.

  

  

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28 Julio 2009

De conciertos y desconciertos

Julio es un mes de conciertos, de movimiento, de mucho trabajo. Un mes de fines de semana en la playa y de domingos de "todo incluido"; paddle mañanero, playa, comida en la terraza de mi ático viendo el mar, tren a Madrid y fin de fiesta con algún concierto estival.

El pasado domingo fue Gilberto Gil. A un mensaje encargando cervecita y sandwich para amenizar la velada, mis queridos amigos me recibieron con un asiento en tercera fila con las viandas preparadas y un espirítu de buen rollo ya instalado en sus cuerpecillos. Porque Gilberto fue todo buen rollo, pero éste cala más o menos en función de la atracción que encuentre en el polo opuesto de los que están enfrente, en esas sillas de plástico en las que han convertido el patio de butacas aterciopelado de los teatros, en esas gradas empinadas cuyas tablas suenan con los bailes y la reclamación de los bises. Y entre nosotros Gilberto, con su cuerpecillo delgado de junco mecido por el viento, sus bailes arrítmicos y simpáticos, caló rápido con su buen humor. Nos habló, nos cantó, nos bailó, aunque no hablara tan bien español ni bailara como Madonna.

A ella fui a verla el jueves, con su parafernalia, su montaje alucinante, sus bailarines mágicos y sus audiovisuales fantásticos. Todo estudiado, todo programado, todo producido por una maga inteligente que sabe sacar siempre lo mejor de cada momento, de cada milisegundo de su vida que pudiera ser octogenaria si fuera por acumulación de lo vivido. Pero no hubo lugar a la química, ni a la simpatía, ni a la humildad. Madonna es una diva y eso es lo que hay. Ni lugar para un bis, ni saludar a los aplausos. Aplausos bastante más templados de lo que cabía esperar, en cualquier caso, o eso me pareció.  El Vicente Calderón no estaba lleno, las vacaciones, la crisis y el precio de una entrada cuyo precio mínimo eran 100 euros y que imagino dará derecho a bajarse toda su discografía. Ella potente, con un físico fuerte imprescindible para aguantar esas exigencias, impresionante para su edad y en términos absolutos, provocaba y reinventaba algunos de sus temas clásicos. Muchos empeorándolos, al menos para mí, pero Madonna está en el presente y en el futuro, el pasado le interesa poco o nada. Pero quizá debiera empezar a aprender de Gilberto y de otros viejos músicos, clásicos y simpáticos, comunicativos, y dejar su frialdad que le va a requerir bailes imposibles cuando pase de década, porque se está metiendo en un lío imposible de ejercicios, dietas y provocación cuando solo queremos que nos hable. Y hablar es más duradero que un buen cuadriceps, por fuerte que sea.

Y entre concierto y concierto, mi desconcierto con los hombres no hace más que crecer. Reencuentros ilusionados, que pronto fueron desilusionados, personas que pasan de no saber qué quieren a no reconocer que tienen miedo a vivir. Que se instalan en lo vulgar porque es más fácil, porque lo valioso siempre cuesta más. También sabe más. Pero hay gente que prefiere ubicarse en lo insípido y pensar que no sabe lo que quiere. Como si fuera a tener una revelación por arte de magia. Uno se hace eligiendo. Uno elige como es y como no quiere ser. Y lo que no le gusta intenta cambiarlo. Con humildad y valentía. Reconociéndose en los errores y las debilidades. Decidiendo como quiere ser y como quiere estar. Y esforzándose aunque cueste. Y ante los bloqueos y el desánimo, 60 euros la sesión y no complicar a nadie. Y no ilusionar a nadie con milongas.

¿Se podrá elegir ser lesbiana?

 

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20 Julio 2009

Siempre supe que era negra

El miércoles lo corroboré en un concierto de esos que los veranos de la villa te regalan cada año. El homenaje a Nina Simone se convirtió en un derroche de voces y fuerza racial. No las conocía, pero unos amigos de los que me fio y otra negra maravillosa me lo habían recomendado.

Y allí me planté después de salir de trabajar, todavía con la cabeza llena de números y un agotamiento de esos que produce la regla cuando te exprime como una naranja.

Liz Wright es terciopelo, una caricia que huele a sándalo y a rescoldo de chimenea. Una voz profunda, en la que la frivolidad y los agudos desentonarían como unas tachuelas en su vestuario de diosa griega. Una diosa de ébano, nada de rubia descafeinada. Café muy cargado y aromático. Me relajo y me dejo llevar. Su música me hidrata y parece que hasta recupero líquidos. Ya me encuentro mejor.

Liz fue la primera que cantó, la primera que presentó un maestro de ceremonias con ese look simpático de blanco del jazz entrado en años. Un vejestorio entrañable que llevaba una camisa estampada en rojo, como africana y que hacía las veces de director de circo. Aunque aquí había solo leonas. Unas leonas poderosísimas.

Cuando la hija de Nina salió a cantar, metió un poco de gracia y simpatía. Canciones más conocidas y un cuerpazo que se movía con estilo y ritmo. Actuación alimenticia pero no delicatessen como la de Liz.

Y de pronto llegó Africa, con Angelique Kidjo bailando con esos saltitos contagiosos que te hacen desear saltar a la pista de baile y quitarte los zapatos; ponerte un turbante en la cabeza de muchos colores y sentir tus curvas más allá de los límites de una ropa lo suficientemente ceñida como para sentir las costuras de la tela.

Y en plena fiesta africana apareció Dianne Reeves, como una especie de tarzana de otro mundo, de ese del que saca su voz poderosa. Una caja torácica con resonancias tan sofisticadas y potentes como esas que manejan las nuevas tecnologías con sus amplificadores, sintetizadores y "cablerío". Pero ella con abrir la boca se basta. Ni más ni menos. De esas que al susurrar te levantan las pestañas como de un golpe de viento. Qué poderío, Dianne!.

Y tras varias actuaciones alternándose el final es conjunto. Los abuelitos de Nueva Orleans, musicazos que tocaron con Nina, defensora de los derechos de los negros, cantante, compositora y dueña de canciones fabulosas, junto con las cuatro panteras negras. Cuentan historias de mujeres, historias personales de desgracias, agravios e injusticias y entonan su blues en homenaje a las víctimas como bandera de lucha. De lucha por los derechos de los negros y de las mujeres. Y por eso yo me uno.

Porque hoy me siento más negra que nunca.

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8 Julio 2009

En una nube con Antony

He venido flotando a casa. El taxista colombiano que me ha traido no ha existido, mientras hablaba y hablaba yo seguía en una nube de algodón de azúcar, etérea y frágil. Una nube de una sustancia espumosa, capaz de mantener tu cuerpo en estado de flotación, ingrávido como en un viaje a la luna.

Porque a la luna fuimos y volvimos, en una especie de sueño, a veces agudo y otras acompañado por un coro de mil voces mucho más densas y graves. Muchas voces que, en realidad, eran una; la de un Anthony que abarca todo el espacio con su 1,90 de voz. Con su corpulencia de pivot en el que retumba la sensibilidad de un poeta romántico, lleno de paisajes y seres pobladores de un mundo onírico lleno de hadas, faunos y seres extraños venidos del más allá.

Ni siquiera había escuchado su segundo disco, el primero lo machaqué hasta la extenuación, pero si te engancha una vez, lo hace para siempre, con su suavidad, sus lamentos que llegan al alma y su música que se siente en el vientre, allí donde dan ganas de reir o llorar cuando de verdad se hace con ganas.

Quise matar a cuantos entraban y salían sin parar en el circo Price. Estar al lado de una de las salidas, tuvo su precio. Despistados y tardíos buscaban sillas entre la pista del circo, en una configuración simpática pero poco práctica cuando se requiere silencio. Y yo quería silencio, sentirme arropada por su voz y por el atisbo de su alma, arrullada y abandonada a las melodías.

Al principio del concierto, una especie de danza extraña realizada por una anoréxica con coleta gigante embaduranda por un maquillaje corporal dorado, me dejó un poco descolocada, con esa sensación de no saber si abuchear por la parida o empezar a introducirme en la ensoñación personal de esta particular persona.

Qué dificil le ha tenido que resultar encontrar su camino. Tan especial, tan femenino, metido en un cuerpo gigante de imposible camuflaje. Imagino que la música y su mundo especial, debieron resultar un refugio precioso donde esconderse en las épocas de encuentro con uno mismo. Y todo esto me lo imagino yo, que también creo ser sensible y con mi casi 1,80 también me resulta, a ratos, dificil ser femenina. Y si no que se lo digan a mi profesor de baile. Entre todo ésto no puedo evitar que me recuerde a Falete.

De teloneros tuvimos un regalito; Russian Red, aunque yo creía que era más morena. Me gustaron. No desentonaba con la onda posterior. Resultaba un buen amansafieras para llegar al recogimiento final. Porque ya se sabe, nosotros las fieras, antes de semejante alimento para el alma, nos hemos puesto hasta las cejas de cerveza - con el circo convertido en una especie de café bar- de bocatas de lomo y de pinchos de tortilla.

Y aun asi sigo flotando en una nube con Anthony (& the Johnsons, off course!).  

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28 Febrero 2009

Acelerada

Llevo unas semanas en las que todo me parece lento a mi alrededor. Semanas en las que el metro me parece un tren de la bruja sin escoba y sin feriante. Semanas en las que todo el mundo anda despacio menos yo, en la que mi vida se parece a un videojuego de esos de los primeros tiempos, en los que eras un coche adelantando todo tipo de obstáculos mientras acumulabas premios en cada hito.

Trabajo inagotable a contrareloj, acontecimientos a los que no renuncio porque para eso trabajo. Todo concatenado en un programa extenuante con descansos de dos minutos, en los que cualquier contratiempo hace que el puzzle se desmorone.

La vida fuera de mí parece a cámara lenta, los libros se alargan sin llegar al final y las películas son un chicle de minutos largos en los que no pasa nada. La gente que me acompaña tiene que ir corriendo detrás de mí y mi agenda parece la de un ministro un poquito marciano.

El martes conseguí llegar a la peli de Mario, haciendo encaje de bolillos. Juntando un grupo variopinto, que no sabía si iba a encajar o a repelerse como polos opuestos. Iba también a encontrarme con gente querida a la que tengo más cariño que veces la he visto la cara. Cocteleros ilustres que ya son más que un blog o una relación casual. Mi panda, un grupo que empieza como esos chistes de "un alemán, un americano y un español..." acabó en un lugar mítico tomando una copa mientras pasaban por allí la Terremoto de Alcorcón y su bailarín barbudo y se tomaba algo tranquilo Julio Medem.

Con Mario no pude casi hablar de la peli, una peli en la que estaba él detrás de cada palabra, y yo veía en cada personaje, en cada frase ingeniosa, en cada giro de humor. Aunque le oía poco. Aunque yo fuera más rápida que la película porque ahora voy más rápida que el mundo. Me gustó. A mi amiga americana también le gustó, aunque creo que se montó su propia peli porque no habla mucho español. Al final de la peli, me preguntó "algo le ha pasado a los padres del protagonista, verdad?", lo que me hizo reir y constatar que tuvo que montarse su propia versión.

Hubiera querido quedarme un poco más, haber hablado más con él, con mi Calamarita querida, con Lucía, con Gonci, que estuvo genial en su actuación, totalmente medido y controlando su gran expresividad natural. A Nick  y a Mr Zebra siempre me entran ganas de abrazarles y Raúl y Amparo me parecen la pareja heterosexual más mona que conozco, en un momento en que veo mucho más amor entre mis amigos gays.

Todavía no sé si me tiran la casa, el miércoles no pude ir a una reunión, en la que se debatió nuestro futuro, mientras peleaba a altas horas con el último documento en el trabajo. El jueves después del stress matinal, me fui al teatro a ver "El enfermo imaginario" representado por un pequeño grupo en una sala pequeñita. En mi ajustada programación llegué corriendo y crucé los dedos para no dormirme en la silla. No lo hice, semejante tema, daba para reirse de una misma, enferma imaginaria, en muchas ocasiones.

Ayer viernes, harta de entregas y obligaciones, le solté a mi jefe "estoy harta, la semana que viene me voy a Puerto Rico".  Y me contestó "vale". El conoce mi naturaleza. Sabe que soy capaz de rendir más que nadie si me deja espacios de libertad. Sabe que estoy a medias sin mi otra mitad bohemia, viajera y saltarina. Alguna vez me ha dicho "cualquier día me abandonas por el baile", después pensó que le "abandonaría por la escritura", después vio mis fotos de Bután y pensó que estaba encontrando otro filón en la fotografía. Así que sabe que me tiene que dejar aire y últimamente se lo pido.

Hace unos días mi compañero de vuelo de vuelta de Katmandú, me escribió diciéndome que si me iba a Africa con él. Un mes en 4x4 desde España a Senegal y Mali. Y  yo me pregunto qué tengo yo para que me salgan estos planes. En el vuelo me dijo que tenía que hacer lo que quisiera en la vida, lo que me gustase sin más.

Por eso me voy con mi Blanche a Puerto Rico. La semana que viene. Me ha invitado. Vuelo y hotel gratis. El qué hacer ya lo pensaremos. Un poco de sol, un poco de relax y un poco de turismo. Para volver de nuevo a mis normales revoluciones. Encontrar la paz y la armonía. Bañarme en el Caribe y llenarme de sol y de energía.

Volver renovada para el siguiente "round".

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15 Febrero 2009

Razón, pasión, existencia y ruidos

Ayer fui al teatro. En el Español ponían "El encuentro" , el nuevo montaje de Flotats que siempre es una garantía de calidad y contenido interesante. En la obra, se representaba un diálogo entre Descartes y Pascal en su época de juventud. El dramaturgo, Jean-Claude Brisville, ya me había convencido en "La cena", la mejor obra de teatro que había visto en mucho tiempo.

No sé si las altas expectativas despertadas por "La cena", el sueño, o mi pensamiento saltarín, hicieron que pese a que me gustó mucho, se me quedara un poco corta. Corta en tiempo fue, pero aquí hablo de corta en contenido. Un Pascal convertido en un talibán de la religión católica, no consiguió adentrarme en su pensamiento, en su ciencia, en su naturaleza superdotada que hubiera captado mi interés al instante. Un Descartes práctico y con la lucidez de la ancianidad prematura de esas épocas, resultaba bastante más creíble y agradecido. Imagino que Pascal pasó por esos momentos; de naturaleza enfermiza, su mente le hizo una pirula para buscar en la Fe, una creencia indemostrable que trascendía cualquier tipo de logro de su portentoso cerebro. En el fondo, una forma de abandonarlo, de dejar esa trabajo incesante que persigue a las mentes privilegiadas por el hecho de serlo. Un despilfarro. Eso es lo que sientes en toda el texto. Pascal va a despilfarrar su talento a merced de ideas que provocan otros tantos despilfarros menores en otras mentes. Pero estas no importan tanto. 

Me faltó más rango de contenidos. Un paseo por otros aspectos de sus vidas y pensamientos. El encuentro fue histórico y según la cronología pudo ser así. Pascal tenía 24 años y ya había hecho grandes descubrimientos matemáticos, pero ahí se encontraba en su época jansenista atormentado y radical. Quizá fuera así, el texto dentro de este contenido no podía ser mejor, pero mi entelequia esperaba un encuentro distinto. Un encuentro en el que Pascal no fuera un talibán, y Descartes ahondara más en sus teorías y descubrimientos. Se me quedó todo muy centrado en un solo tema, discutido además por un ser absolutamente enajenado y tembloroso. Actorazos, en cualquier caso. 

Es posible que en ese dilema, entre razón, pasión y existencia, yo me hallara un poco cegada por un reencuentro reciente. Un reencuentro de hace quince años que se me cruzaba entre estrofa y estrofa y me hacía perder por unos segundos el hilo de un texto que no permite pestañear mucho. Porque entre razón, pasión y existencia, ayer estaba yo en la segunda, un poco desconcentrada para lo que mi mente cartesiana evanescente suele ser. Porque yo soy cartesiana. O más bien, yo he sido cartesiana mucho tiempo. Después de la obra de ayer, me veo acercándome al Descartes viejo. Mucho más sentimental y cercano de lo que pudiera parecer. Me veo dispuesta a adentrarme en el mundo de las emociones. A crecer dentro de un área abandonada por un cartesianismo mal entendido, que no me ha permitido madurar en un terreno de arenas movedizas, en las que solo uno puede salvarse por la experiencia.

Y en esas estaba, cuando después de tomar algo, me fui a dormir. Agotada caí en un sueño profundo relajante que fui interrumpido de nuevo por unos tacones. De los tacones, pasamos al movimiento de sillas, del movimiento de sillas pasamos al de muebles más pesados, de eso a conversaciones en tono alto, de ahí a la música. Cinco de la mañana, seis de la mañana, siete de la mañana. Con el pelo revuelto, en pijama y con las babuchas cuya existencia ignoran mis vecinos de arriba, he subido un piso por las escaleras. Después de llamar al timbre, casi poniéndome de rodillas les he dicho "me estáis matando". Con un ya acabamos, se han recogido. No sé si han hecho más ruido, pues he recurrido a los tapones. Aunque los odio.

¿Por qué cuesta tanto el silencio?.    

 

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25 Enero 2009

Aprendiz

Mi amigo Rómulo me prepara la cita. Dirección, hora y nombre a preguntar. Antes he comido la oreja a mi jefe, para convencerle de que la solución a mi insomnio y a mis pegadas de sábanas constantes está en meditar. En conseguir dejar la mente en blanco, en liberarme de esos pensamientos que me persiguen. El me anima a que vaya, aunque tenga que salir un poco antes. Al día siguiente se le habrá olvidado. Le tendré que educar.

La dirección es incorrecta. Un piso de oficinas con un portero perfectamente uniformado carente de un "tercero centro". Intento preguntarle por el lugar. No sé como se llama. No sé ni como explicar lo que es. Solo tengo un nombre de mujer y un "tercero centro". Le pregunto por un centro de yoga o algo así y le digo el nombre de la mujer. Me mira divertido, como pensando "de dónde se habrá escapado ésta". Finalmente, tras una llamada, llego a mi destino.

Un piso en el que la gente se saluda y una mujer que inspira paz, te recibe con un abrazo maternal. Somos bastantes. Nos hemos juntado dos grupos y estamos en una especie de corro en la entrada del piso. Se aprende todos nuestros nombres y nos presenta unos a otros. Hay mucha mujer.

 Mi actitudo es observadora, esperanzada y expectante. No sé muy bien donde me estoy metiendo, pero confío en mi amigo. Me gusta cómo es y su concepto vital. Si lleva varios años en ésto, no puede ser malo. El piso carece de cualquier elemento accesorio. Las habitaciones tienen sillas como de refectorio monástico, para comer recto. Hay un cierto aroma extraño.  Esas salas con mesas en redondo esconderán muchas conversaciones y ejercicios. Filosofías vitales a las que uno habrá de mostrarse desnudo y sincero. Compartiendo con gente que acaba de conocer las más profundas cuestiones metafísicas que desde todos los tiempos acechan al ser humano. De pronto, me siento totalmente ajena al resto de mujeres de la sala. Me gustan la profesora y el ayudante. El resto me da pereza. Al pensar así me siento egocéntrica y engreída, pero no lo puedo remediar.

Nos enseña la casa. En la cocina varias teteras, galletas, frutos secos y chocolates aguardan el receso. Parece que lo que pensaba que iba a ser una hora se extendera a casi dos y media. Esto me supone un nuevo problema logístico que tendré que analizar más tarde.

Sentadas en círculo, con la profesora entre dos lámparas altas comienza la sesión. La profesora pregunta sobre los ejercicios de la semana pasada y si han reflexionado sobre el sentido de la vida. Así, sin anestesia. Curiosamente parece que casi nadie ha reflexionado y les cuesta hablar. Yo me lanzo. Llevo toda la vida reflexionando sobre el sentido de la vida. Solo tengo que sintetizar. Mi explicación no sé si va a ser la mayor estupidez de la tierra, algo que no tiene nada que ver con lo que hablaron la sesión anterior a la que yo no fui, o la explicación más común entre los mortales. En ese momento todavía no lo sé, pero para la sesión siguiente me llevo la sorpresa de que reparten unas lecturas que dicen casi exactamente lo mismo que yo. La opción es la tercera. Los mortales desde todos los tiempos tenemos los mismos problemas existenciales.

Hacemos ejercicios de relajación y de atención. Esos ejercicios que tan bien me van a venir. Esas formas de hacerte sentir aquí y ahora, sintiéndote en el presente de forma lúcida. Dejando el pasado atrás y el futuro para mañana.

En la pausa tomamos té. No tengo ni idea de qué tengo en común con el resto. Hablo un poco con el ayudante. Conoce a Rómulo. El resto me sigue dando pereza porque habla de gorduras y flacuras, algo muy banal para mí en este instante. Vuelvo al baño. Tengo un reglazo. Normal, ella siempre quiere estar en los momentos clave, es así.

Volvemos a la sala. Nos cuenta que el centro lo llevan por vocación. Los maestros han recibido enseñanzas de otros maestros y pagan la cuota igual que todos. Simplemente ayudan a otros transmitiendo su aprendizaje. En este punto, me planteo si me estaré metiendo en una secta y me veo sentada entre dos lámparas dentro de unos años.

La maestra sigue leyendo unas lecturas muy acertadas. Estoy de acuerdo en todo lo que dicen. Ahora habla de entendimiento, de sabiduría y de ser. De consciencia y de interiorización de lo aprendido. Nos pide interacción. Yo me lanzo con el primer pensamiento que tengo. Si el método es interactivo no tiene sentido callarse. Les doy una imagen un poco surrealista. El aprendizaje de una coreografía, su repetición una y otra vez,  hasta que se interioriza en tu ser. Es en ese punto cuando al sonar la música realmente "bailas". No tengo ni idea de si alguien ha entendido ese simil. Probablemente no. Pero para mí tiene todo el sentido. Es algo que pienso tres días a la semana cuando estoy en clase de baile. Unos días conjugo saber y ser cuando bailo y entonces disfruto y transmito. Otros días correteo detrás del resto, bien porqué no he conseguido saber o porque mi consciencia está en otro lugar.

Hacemos más ejercicios. Nos indica que los practiquemos durante la semana. Me veo levitando en el metro.

Todavía no sé si volveré. Bueno, sé que volveré pero no sé cuando. Probablemente todavía no sea el momento adecuado para mí. Tengo otras cosas que resolver.

Vuelvo a casa en autobús. Al bajar meto un pie en un charco. Chapoteo. En lugar de cabrearme, me sitúo en el presente aquí y ahora. Bien, he metido el pie en un charco, ahora llego a casa y me quito los zapatos y el pantalón. Punto. Ni medio cabreo.

Calamara me está esperando en la puerta de casa. Tenemos cena después de mucho tiempo sin vernos. Un día completo.

Ayer me llevó a ver a Hidrogenesse para desengrasarme de  tanta metafísica y flipar con los tacones de Genis.

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18 Enero 2009

Peylan

Tiene unos mofletes sonrosados y tersos como la manzana de Blancanieves. Una nariz de botón evanescente carente de cualquier materia dura en su interior. Sus ojillos se transforman en dos líneas horizontales cuando le entra la risa. Y una boquita de fresa que le gusta pintarse con carmin. Peylan se rie mucho, cuando hace una pausa en su tarea de observación.

Tiene un pelo tieso como el de las muñecas de mi época y una pelusilla que juguetea en el nacimiento de su frente. Peylan te mira y te extiende los brazos para que la cojas. Se parte de risa comiendo mandarinas y mirando su imagen en un espejo.

Come concentrada como si fuera una señorita educada en un internado inglés. Porque con la comida no se juega. Con los móviles sí. Todavía una escala de valores inalterada proveniente de un mundo en el que está claro lo importante.

Agasajada con regalos enormes, le damos la bienvenida a Occidente. Al mundo capitalista de papeles de colores y juegos que no dejan lugar a la imaginación. Y Peylan lo mira con menos interés que su papilla de frutas.

Somos por lo menos 20 personas entre adultos y niños. No cuento los tres perros. Yo estoy aturdida del follón. Peylan se levanta de la siesta un poco adormilada y nos mira por el rabillo del ojo. No se asusta, tampoco se emociona. Observa porque parece lista. Muy pronto ya está en su terreno.

Lleva 20 días en España y ya entiende todo lo que le dicen. Dice algunas palabras. Ha dejado de insistir con el chino porque ha visto que es poco efectivo; nadie la entiende. Es lista la condenada.
Diego juega con ella como si fuera un trilero. Le esconde una bolita de papel debajo de una chapa y juega con otras dos a descubrir el escondite. La enana que no llega a dos años la descubre.

Parece presumida. Le encanta hurgar en los bolsos y tener su propio gloss. Los espejos le vuelven loca, al igual que ver su imagen retratada en una cámara de fotos. Dice mamá cuando ve a su madre de hace 20 días en la pantalla digital.

Tenemos la barriguitas china. Una muñeca achuchable que se nos ha metido a todos en el bolsillo esta noche. Una manzana reineta traida de oriente por los Reyes Magos de regalo de Navidad.

Esta noche casi cometo un delito de rapto.

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Sobre mí

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Señorita Honeychurch

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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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