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La Coctelera

Señorita Honeychurch

Como alguien que toca el piano con tanta pasión puede llevar una vida tan monótona (reverendo Beebe en "A room with a view")

Categoría: Metroflash

28 Diciembre 2007

Madrid

Y Madrid me recibe con virutas de luz,
corazones de colores y prisas.

Con árboles que germinan en el asfalto,
y autobuses navideños soñados en una cola.

Con compras que no esperan rebaja,
coches sin vacaciones y castañeras.

Con bromas sustitutas de figuras de Belén,
y cuernos de reno que coronan cabezas inauditas.

Con el metro en pie de mierda,
con correos repetidos, sin anuncio Freixenet.

Con borrachos en las calles, anticiclón en las Azores
con su cielo y con su sol.

Nada como volver a casa y a mi colchón de latex.

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3 Mayo 2007

Love Bus

A riesgo de perder el poco glamour que me queda, he de confesar que mi modo de desplazamiento de este puente ha sido el autobús. La Coruña ha sido el destino. La casa de una amiga de la infancia mi morada. Para otro momento dejaré los colores verdes y azules de las islas Cíes, los aromas frescos de los bosques, las profundidades del acuario y las costas agrestes. Obviaré centollos, pulpos y caldos gallegos que me hacen saltar lagrimones de emoción.

Porque la historia que nos ocupa, se trata de personas, se trata de conocimientos espontáneos, de personas que se encuentran e interactúan. Se trata de cómo siete horas se pueden convertir en dos y media sólo a partir de una especie de antena parabólica incorporada. En el bolso quedaron ipods y libros. Atrás quedó el paisaje verde, la sucesión de colinas y montañas, los puentes y viaductos milagrosos, las iglesias y pueblos de piedra. Porque curiosamente mi atención estaba dentro del autobús, de un autobús perezoso con aire cargado, repleto de personas.

Voy con una amiga en el penúltimo asiento. Detrás de nosotras un chico y una chica que no se conocen comparten metro y medio de confidencias inesperadas.

Primero el nombre, luego a dónde vas y más tarde dónde vives, se van desplazando a profundidades pantanosas con una naturalidad redentora. Conocemos sus orígenes, sus familias, el precio de los alquileres de los pisos que comparten. Pronto confiesan su edad; ella tiene 32 años y el 26. Ella le habla de un chico que le preocupa, que le da vueltas, que la enerva y apasiona. El escucha como terapeuta entregado, le pregunta, afirma y remarca detalles y encuentros.

Al fondo ponen " Antes del amanecer"; Ethan Hawke y July Delpy se conocen en un tren y mantienen diálogos encantadores.

En stereo tengo a Margarita y Pablo. El no quiere comprometerse, ni con la chica que sale ni con nadie. Es joven dice y quiere viajar. Ella le pregunta el signo de zodiaco y cuando él dice que Acuario, ella le hace un retrato a pincel. Independientes, viajeros, soñadores y tendentes a comprometerse con grandes causas como ONG's. El se ríe.

Ella continúa enganchada a su novio que no es novio porque tiene otra novia a la que engaña con ella. Se enerva y apasiona. El le dice que no se caliente que en el libro está todo escrito y que no le va a cobrar la sesión. Así se inicia otra conversación sobre el destino. Ella no cree en el destino. El después de pensarlo dos veces retira su primera frase.

Yo tengo la oreja metida en el hueco entre los dos sillones. Miro a Ethan y July pasear y besarsepor Viena a la luz de la luna.

La chica que sale con Pablo (que por supuesto no es novia, porque él no quiere) tiene 29 años. Es mayor que él. Ella como es mayor busca algo serio dice él. Margarita se cabrea, pero le dice que sí, que será la edad. Luego recapacita y le dice que todos son iguales, que en realidad no saben lo que quieren.

No sé como se centran en la historia de amor de los abuelos de él. Hablan de amor y de entrega. En la pantalla dos desconocidos se enamoran y desaparecen sin darse ni teléfono ni dirección. Atenta estoy a mis protagonistas en el mundo real. Si no se lo dan, estoy dispuesta a intervenir. Finalmente lo hacen.

July y Ethan, tendrán que esperar 10 años para volver a verse. Demasiado tiempo, pienso yo.

Cogen la maleta del autobús y cada uno sigue su camino.

Yo cojo la mía y recibo un mensaje de un desconocido.

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11 Marzo 2007

London Bridge

Estoy en Londres, escribo desde una triste habitación de hotel escuchando de fondo música de blues. Rodeada de cortinas de flores y moqueta en un cuarto más grande de alto que de largo mirando a un muro interior de ladrillos.

Aquí estoy dispuesta a escribir mi metroflash de cualquier parte del mundo, mi jet-flash de cualquier viaje por el aire, incluso mi train-flash cuando la ocasión lo requiera. Y es que cada día que pasa la sucesión de medios de transporte, se convierte en una especie de concurso deteletransportados frustados.

Hoy, sin ir más lejos, he utilizado el metro madrileño y el underground londinense, el autobús, el taxi y el avión, por no hablar de la sucesión de escaleras mecánicas y cintas transportadoras, auténticas alfombras mágicas subterráneas, indispensables para llegar a alguna parte en estos tiempos que corren.

El vuelo, por lo demás, tranquilo. Mi compañero, un chico de nariz puntiaguda y cara seria e inexpresiva ha fruncido su ceño estirado cuando le he rozado con los flecos de mi chal de lana peruana, al dejar la maleta en el maletero. "No soporto a estos hombres que mean colonia", me digo. A su lado, una chica mucho más empática me hace compadecer muchos matrimonios, hasta que percibo que su marido está sentado al otro lado del pasillo. "Qué alivio", la estaba imaginando ingiriendo colonia para poder mearla y emular los estiradísimos orines de su marido de nariz índice.

En contraste, un grupo de amigos dicharacheros y con pinta de simplones, hablan de las copas que se van a tomar durante el viaje con su petaca y de no sé que del Betis.

Al aterrizaje, en ese momento en el que se produce un silencio que lo invade todo. En ese momento en el que el volver a sentir la natural fuerza de la gravedad, o el aturdimiento de la falta de oxígeno o la sensación de velocidad mezclada con no alcanzar a comprender cómo ese bicho puede volar, justo en ese momento, un chorro de voz proveniente de la cola del avión entona de forma totalmente inesperada una canción de Raphael.

De pronto me veo con la tortilla de patata y el mantel de cuadros, imagino a Paco Martinez Soria desenvolviendo un bocata de calamares de un papel de estraza y me imagino cogiendo la pandereta para acompañar al Rapha.

Ingleses catatónicos por la intempestiva hora del viaje, hacen caso omiso de la inesperada Jam Session del avión, dejando sus babillas fluir por sus bocas abiertas y blandas, abandonadas a un sopor no oxigenado.

Yo me rio, otros se ríen, de pronto veo a "Mr Sharp Nose" dejar escapar una sonrisilla incontenible. "Si tiene la cara articulada" pienso.

Y salgo del avión, como si tal cosa, como si todos los días hiciera ese mismo camino, cojo el metro como autómata, me acoplo en la Piccadilly Line al lado de una chica de ascendencia india que podía ser mi prima. Llego a mi parada, busco el hotel y no lo encuentro.

Pregunto en una especie de seven eleven a unos pakistanies que me miran, me indican y me envían casi a Guadalajara, cuando no tenían más que señalar el hotel con el dedo.

Eso me permite hablar con dos tíos en la calle cuya procedencia sería incapaz de determinar; altos, grandes y oscuros. Ni idea tampoco. Un chico oriental en un sushi-bar me devuelve finalmente a mi punto de partida. Pregunto a un portero de discoteca en plena faena- you know it´s Friday Night-.Tiene pinta de matón y me lee el cartel que está justo encima de su cabeza para indicarme que esa no es la calle. Gran ayuda.

Decido no preguntar más, una intuición me lleva directa al hotel en dos minutos.

Ya estoy aqui, ya he llegado y resulta que ya es mi cumpleaños.
Me lo recuerda Maria que es la releche y la primera en felicitarme. Aquí es una hora menos, pero yo cumplo años en España, que es donde nací. Esta María es un amor,"la very best".

Y lo celebro...metiéndome por fin en la cama.

Escrito el viernes 9 de marzo a mi llegada a Londres, para pasar un fin de semana familiar de celebraciones.

Continuara...

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12 Febrero 2007

Móvil-Circuits

Tengo espíritu curioso. Reconozco que algunas veces me hace gracia introducir mi hocico en vidas ajenas, en vidas de gentes anónimas. Pero la inevitable presencia del móvil en espacios se supone silenciosos, me irrita sin remedio.

No sé si es por no poder poner cara al interlocutor que está al otro lado, o por la intrascendencia de la mitad de las conversaciones que se desarrollan a través de ese, a la vez práctico y molesto, aparatito pero reconozco que hay veces que reniego de tan milagroso invento.

Hoy voy en el tren con un libro de Paul Auster y un hilo musical que, curiosamente, no está nada mal (es lo que tiene carecer de Calamar). Pero mi vecina de delante se ha propuesto que escuche uno a uno, todos los detalles de una futura boda a la que acude de invitada. A estas alturas ya sé que es de Zaragoza (gracias Dios, ya queda menos para que se baje) que se ha comprado una falda en las rebajas al módico precio de 80 euros, y que esta noche tenía una cena con amigas que se ha cancelado. Sé que mañana irá a un rastrillo y el nombre de pila de las amigas con las que acaba de hablar.
Se empeña en que nos enteremos de todo, como los famosos con gigantescas gafas de sol. Gafas expresamente desarrolladas, no para esconderse, sino para reclamar toda la atención, gafas que no tienen luces y música de milagro, como un carnaval chuequero teletransportado a un tren.

Cuando ya estoy casi invitada a la boda, el señor de al lado discretamente pega un grito desatascador de líneas telefónicas, como pasando el "tres en uno" a cuanto metal oxidado se halle en las antenas móviles que nos rodean.

Y en mi memoria, una voz metálica dice " rogamos usen sus teléfonos móviles en los espacios entre vagones".

Y no sé que dirá Paul Auster de todo ésto.

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1 Febrero 2007

Metroflash

Esto es una pincelada de mi vida subterránea,
de mi devenir de topo urbano.
Podría dejarlo, salir a la superficie,
motorizarme, vencer mi miedo a pilotar.
Pero ahí voy, subidita, somnolienta, abandonada al divagar.

Con un libro de poesía, un períodico y mi poder de observar.

Un mendigo al tetrabrik, va y viene sin ir.
Calorcito humano le cobija,
el tinto reposa sobre sus piernas ante su mirada perdida.

Jenny no se sienta,
se apoya en ese lugar privilegiado con espacio para el trasero,
se estira en sus tacones de vértigo dorado plastificado,
que alargan sus piernas cortas en su minifalda esquiva.

Intercambio de línea; me cruzo con una ironía de acertijo infantil,
una señora muy enseñorada, con abrigo de piel y labios fabricados a su libre albedrío, a su libre elección de billetero suficiente.

Línea circular; bajo y escucho música.
Ayer escuché música brasileña sin necesidad de ipod,
hoy un negro se ha hecho fuerte en una esquina y ha formado
uno de esos tenderetes de músico playero,
mesa con teclado y altavoces permiten escuchar hasta la superficie
terrestre su música marchosa.
Me hace reir, y pienso en sentarme allí y pedirme una piña colada con sombrilla...y con bengalas, por favor.

Tags: metro, madrid, ciudad

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13 Enero 2007

Flashes cotidianos

Ayer la volví a ver. En la parada de metro de Callao. Llevaba su abrigo de piel cubriendo medio cuerpo, pequeño, metido a presión, en un volumen amplio y orondo. Sentada en un banco, se rodeaba de bolsas de caracol, a modo de morada ambulante. Me pregunto qué llevará en esas bolsas de plástico.
Su cara ancha y gorda está pintada como un graffiti, lleva orquillas y diademas como adornos de un árbol de navidad. Se ha gastado el colorete de una atacada, los ojos los lleva pintados como las mujeres de Picasso en la etapa del Guernika. Y grita. No se lo que dice, pero sus gritos son de enfado. Un enfado mañanero que rompe mi sopor de rebaño amaneciendo. A pesar del café mi tensión se mantiene baja hasta media mañana y sus gritos resuenan como dentro de un campanario. Los viajeros se amontonan antes de la frontera que traza su cuerpo. Una línea vertical entre su cuerpo y el andén, forma noventa grados de miedo. El miedo que dan los impredecibles, los enajenados que vagan por las ciudades con una historia de terror a sus espaldas que no queremos saber. Historias que hablan seguro de dolor e incomprensión, de todo lo que no queremos ser y de esos mundos que no querremos explorar jamás.

Llega el tren, me siento al lado de un chico que no creo que llegue a los cuarenta. Abro mi periódico y me dispongo a leer. Un movimiento eleva mi hombro y hace recomponerse a mis ojos en las letras. Una especie de tic nervioso exageradísimo hace a mi compañero de viaje mover la mitad de su cuerpo y transformar su corriente en mi corriente, hasta llegar a un agitar de papel. Hago que no siento nada, con esa especie de no sorprender que llevamos todos en el rostro cuando viajamos en metro. Esa especie de rostro frontal e impenetrable con mirada vacía e inhumana. Lo vuelve a hacer, ya es evidente. Me levanto y bajo en Moncloa.

Hoy he ido al fisio, de mañana, tempranito para ser un sábado, a un masaje de mantenimiento de mi cuello de jirafa elástica. Y hablo con él mientras me tortura. Un chico encantador. Y me cuenta que trata a una niña-gimnasta de un tobillo. Que duda en ir a competir al campeonato de España. Que su madre piensa en su salud y dice que no. Que ella piensa en muchas cosas y dice que no. Que su padre dice que sí, que no se puede dejar el campeonato de España. Yo le pregunto, seguro que el padre es un gordo con barriga cervecera, ¿verdad? (nada que objetar contra los gordos, pero tengo una teoría que luego os explico). Y me dice: “pues sí, era muy gordo”. Y me lo imagino comiendo palomitas y bebiendo cerveza, mientras su hija se estira y estira hasta romper.
Y es que parece que en los hijos muchas veces se reflejan nuestras frustraciones. Hay que tener cuidado.

En fin, todo esto para decirte Srta. desconocida, que no te va a faltar trabajo.

Y hasta aquí mi glasnot particular.

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Señorita Honeychurch

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Soy la versión madrileña de Lucy Honeychurch, desde mi ventana veo un cuidado jardín, transito por las calles más exclusivas de mi ciudad y llevo una existencia "comme il faut"; trabajo en un lugar respetable, visto de forma respetable, pero...me "aburre" tanta contención: me rebelaré algún día?

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